La invasión de Ceuta por parte de Marroquíes está siendo presentada como una emergencia humanitaria. Sin embargo, es otro episodio en la estrategia de larga data de Marruecos de utilizar la migración como un instrumento de coerción geopolítica.
La tragedia en Ceuta durante los últimos días no tiene precedentes en su magnitud, pero sí en su naturaleza. Más de 50 000 migrantes cruzaron hacia territorio español a través de Ceuta, una ciudad con apenas 80 000 habitantes en menos de 48 horas, desbordando a las autoridades locales y desencadenando una de las mayores crisis fronterizas de la historia moderna de España.
Cuando las relaciones bilaterales se deterioran, la migración ha reaparecido de forma reiterada como uno de los instrumentos de presión preferidos de Marruecos.
El episodio sigue un patrón histórico en el que Marruecos ha desconocido los controles fronterizos y ha generado movimientos de multitudes durante momentos de tensión diplomática con Madrid.
A diferencia de la presión militar, la migración instrumentalizada ofrece negación verosímil e impone costos políticos, económicos y humanitarios inmediatos sobre el Estado objetivo. Marruecos ya ha ensayado variantes de esa fórmula. En los años cincuenta, la corona marroquí movilizó a su ejército entre civiles hacia el Sahara Occidental, invadiendo de facto y tomando el control del territorio para posteriormente llevar a cabo prácticas genocidas contra los saharauis.
Según informes medios marroquíes han estado difundiendo que las autoridades españolas reciben a los migrantes con flotadores y asistencia una vez alcanzan aguas españolas, incentivando así nuevos cruces.
Además, se informa de la presencia de espías de los cuerpos de inteligencia marroquíes entre los migrantes en Ceuta. La gestión de la frontera se convierte en una palanca geopolítica capaz de extraer concesiones diplomáticas sin disparar un solo tiro.
Los propios migrantes se convierten en las principales víctimas de una disputa geopolítica más amplia en la que funcionan como instrumentos, y no como beneficiarios.
Es poco probable que el momento en que ocurre esta crisis sea accidental. Los recientes esfuerzos de Pedro Sánchez por reconstruir las relaciones con Argelia el principal rival regional de Marruecos han introducido nuevas tensiones en la ya frágil relación entre Madrid y Rabat.
Al mismo tiempo, Sánchez llega a esta confrontación con un margen de maniobra internacional mínimo. La política exterior de su gobierno ha generado fricciones con varios socios tradicionales, reduciendo su espacio diplomático.
El resultado es una España que se encuentra cada vez más aislada. El delicado equilibrio diplomático de España entre Argelia y Marruecos se ha vuelto cada vez más difícil en medio de rivalidades regionales más amplias.
El Gobierno de Sánchez llega a esta crisis después de años de decisiones controvertidas en política exterior que han debilitado su capacidad para movilizar respaldo internacional.
Si la migración puede emplearse con éxito para obtener concesiones políticas de un Estado europeo, el precedente alcanza a todo el continente. Estos flujos descontrolados amenazan todos los aspectos de la cultura de la civilización occidental.
Si Marruecos invade Ceuta y Melilla, el mundo islámico controlará el punto de estrangulamiento que representa el estrecho de Gibraltar.
La migración instrumentalizada se suma cada vez más a la energía, los ciberataques y la coerción económica como uno de los principales instrumentos del poder híbrido.
La respuesta de España moldeará la forma en que futuros episodios de coerción serán interpretados tanto por aliados como por adversarios.
La incapacidad para imponer costos significativos a los Estados que emplean la migración como herramienta de presión corre el riesgo de normalizar esta táctica en otros escenarios geopolíticos.
Ceuta no debería ser recordada, simplemente, como otra crisis migratoria. Representa un nuevo capítulo en una larga disputa geopolítica en la que Marruecos ha demostrado repetidamente su disposición a transformar los movimientos de población en herramientas de presión diplomática. La lección de fondo trasciende a cualquier gobierno en particular.
La historia sugiere que, cuando la migración se convierte en una herramienta de coerción en lugar de un fenómeno social espontáneo, el debate deja de ser sobre inmigración y pasa a ser sobre soberanía.
Y si Europa no logra reconocer esa diferencia, Ceuta podría demostrar no ser un episodio aislado, sino el anticipo de una nueva era en la geopolítica del Mediterráneo. (Centro de Estudios BMO)
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