Imagine una sociedad mínima pero ilustrativa: un empresario posee 300 unidades, consume 200 e invierte 100; un trabajador produce 100 y consume 100. Si buscamos igualdad absoluta y le quitamos 100 al empresario para entregárselos al trabajador, ambos quedan con 200 y consumen 200: igualdad completa pero sin inversión y, por tanto, sin crecimiento futuro. En cambio, si no hay redistribución y la inversión del empresario rinde 10% anual mientras la productividad del trabajo aumenta 5% anual debido a la inversión y la complementariedad a nivel agregado entre capital y trabajo, la acumulación conlleva crecimiento: después de 10 años, el empresario acumula 459,4 y el trabajador recibe 162,9; tras 20 años, el empresario alcanza 872,7 y el trabajador 265,3; y a los 30 años, el empresario llega a 1.944,9 mientras el trabajador percibe 432,19. La desigualdad crece con el tiempo (razón entre la riqueza del empresario y la del trabajador: de 3 a 4,5 en 30 años), aunque el ingreso absoluto del trabajador supera el del escenario igualitario a partir de la década inicial. Lo primero se debe al retorno de la inversión y lo segundo al aumento de la productividad.

Una alternativa intermedia a las anteriores consiste en gravar la renta del empresario con una tasa del 25% y redistribuir el 20% neto al trabajador, reservando el 5% para servicios productivos que benefician a la empresa. Con este esquema, el trabajador llega a 214,7 al cabo de 10 años, a 390,7 a los 20 y a 780,8 a los 30, mientras que la desigualdad se reduce respecto al caso sin impuestos debido a que el empresario obtiene menos que en el caso sin impuestos, pero mucho más que en el caso de igualdad total.Play Video

Esta dinámica resume los debates teóricos y empíricos sobre crecimiento y redistribución. La literatura sobre crecimiento endógeno (Romer, Aghion & Howitt) demuestra que la inversión en capital físico y humano no solo genera un mayor stock, sino que impulsa la innovación tecnológica. Estas externalidades y el progreso técnico (como advierte el modelo de Solow) son los verdaderos motores del crecimiento a largo plazo, elevando los ingresos mediante mejoras en la productividad agregada. A su vez, investigaciones recientes de organismos internacionales evidencian que una redistribución moderada no frena este dinamismo. A diferencia de los impuestos expropiatorios que estancan la economía al destruir la inversión, una tributación progresiva, bien pensada, y predecible financia bienes públicos y preserva los incentivos para innovar, mitigando la desigualdad sin ahogar la acumulación productiva.

En conclusión, la aritmética simple aquí presentada confirma lecciones teóricas y empíricas: dañar la inversión en nombre de la igualdad perpetúa la pobreza; permitir la acumulación sin correcciones redistributivas aumenta la desigualdad y afecta la movilidad social; pero un régimen fiscal que combine incentivos a la inversión con redistribución focalizada logra conciliar crecimiento y equidad. Una política pública bien diseñada evita extremos: no elige entre crecimiento e igualdad, sino que construye instituciones que permiten acumular capital protegiendo al mismo tiempo el bienestar de quienes más lo necesita, no de quienes más los solicitan. (La Tercera)

Felipe Balmaceda

Economista.