Hace tres décadas, Chile tomó una decisión que cambió la forma de desarrollar infraestructura pública. El sistema de concesiones permitió sumar capacidades y recursos privados a una tarea que, por su magnitud, el Estado difícilmente podía abordar solo.
Tuve la oportunidad de conocer de cerca el desarrollo de este modelo y comprobar sus resultados. No fue únicamente una fórmula de financiamiento. Permitió adelantar inversiones, distribuir riesgos y concretar obras que el país necesitaba, transformándose con los años en una política de Estado que trascendió gobiernos.
Por eso preocupa la situación de los corredores de transporte público de las rutas 160 y 150 y la Autopista Concepción-Talcahuano. Sus procesos concesionales están avanzados y existe trabajo técnico ya desarrollado.
Si hoy enfrentamos restricciones presupuestarias, la primera respuesta no debiera ser abandonar ese camino. Antes corresponde preguntarse si es posible optimizar los proyectos, revisar sus alcances y buscar eficiencias que permitan hacerlos viables sin sacrificar sus objetivos esenciales.
Ese es, precisamente, uno de los atributos de las concesiones.
Chile sigue teniendo enormes necesidades de infraestructura y recursos públicos limitados. En ese escenario, resulta difícil entender que prescindamos de una herramienta creada justamente para complementar la capacidad del Estado y acelerar inversiones.
El sistema puede perfeccionarse, como toda política pública. Pero cuando existen proyectos avanzados, inversión privada disponible y alternativas para optimizarlos, parece más razonable aprovechar lo construido que volver al punto de partida.
Herman Chadwick Piñera
Expresidente de COPSA
