El debate contemporáneo sobre el control de las redes sociales, la manipulación informativa y la propaganda no es un simple déjà vu del siglo XIX con la prensa o del siglo XX con la televisión. En aquellos casos, el problema principal era quién controlaba la difusión de la información. Con las redes, en cambio, el salto cualitativo es otro: no solo distribuyen contenidos, sino que moldean los criterios mismos con los que interpretamos la realidad. La economía de la atención, los algoritmos de recomendación y la circulación emocional de mensajes construyen un tipo de pensamiento con parámetros distintos —y a menudo contrarios— a los que ha promovido el proyecto ilustrado durante dos siglos: verificación, debate razonado, confianza en intermediarios epistémicos (prensa, ciencia, instituciones) y aceptación del pluralismo como norma.
Una de las consecuencias es el aumento del pensamiento conspirativo en una parte importante de la sociedad. Funciona como pensamiento crítico con el establishment y como una disposición sistemáticamente distante y desconfiada de las instituciones, de los expertos y de los medios de comunicación tradicionales. Este cambio, como no puede ser de otra manera, trae consecuencias considerables para nuestro modelo de vida y de pensamiento ilustrado.
“Cuando la actualidad se consume de forma intensiva por redes sociales, especialmente bajo exposición a desinformación, se consolida una cultura política más compatible con el populismo”
La evidencia apunta a un mecanismo claro: cuando la actualidad se consume de forma intensiva por redes sociales, especialmente bajo exposición a desinformación, no solo aumentan las creencias conspirativas; se consolida una cultura política más compatible con el populismo y con la aceptación de líderes que mienten sin pagar necesariamente un coste reputacional.
Los datos lo ilustran. La exposición a noticias falsas actúa como un acelerador: estar expuesto a fake news duplica la propensión al pensamiento conspirativo elevado. Solo uno de cada cinco entre quienes no se exponen presenta niveles altos, mientras que entre los expuestos lo hace casi la mitad, según datos del CEO. Además, informarse principalmente por redes sociales incrementa en ocho puntos la propensión a conspiracionismo alto. Este patrón no se explica por una brecha demográfica simple: no hay grandes diferencias por edad o sexo, aunque los jóvenes son ligeramente menos conspirativos. Donde sí aparece una barrera relevante es la educación: la educación universitaria reduce en torno a diez puntos la propensión al conspiracionismo elevado; entre quienes tienen educación universitaria, la proporción con conspiracionismo alto baja hasta situarse alrededor del 23%. En suma, el vector decisivo no es “quién eres”, sino cómo te informas y qué tan expuesto estás a entornos de desinformación.
A partir de ahí, las consecuencias políticas encajan con un desplazamiento respecto a los consensos democráticos contemporáneos. En primer lugar, el marco conspirativo —alimentado en redes— erosiona la preferencia por liderazgos consensuales. Disminuye la idea de que gobernar implica integrar, pactar y deliberar; gana terreno la aceptación de líderes que deciden “aunque dividan”. Es una lógica típicamente populista: si el desacuerdo se atribuye a conspiraciones o a manipulación, el consenso deja de ser virtud democrática y pasa a parecer complicidad. En paralelo, aumenta la predisposición a enfoques más punitivos ante el delito: la política se organiza en torno al orden, el control y la sanción. Y aparece un rasgo central, que es la mayor disposición a intercambiar democracia por eficacia (preferir “menos democracia y más nivel de vida”). Esta preferencia expresa una cultura política instrumental en la que los contrapesos, los derechos y las reglas comunes se intercambian por rendimiento.
En ese contexto se entiende por qué las redes no solo difunden falsedades: reconfiguran el estatuto de la verdad. Si el individuo aprende que los medios, las instituciones o la ciencia “mienten” u “ocultan”, entonces la verificación deja de ser un criterio común. La mentira política, por tanto, puede normalizarse: un líder que miente no necesariamente pierde legitimidad, porque lo que importa es si combate al enemigo correcto. La mentira se vuelve táctica; incluso puede interpretarse como prueba de autenticidad frente a un sistema supuesto como engañoso por definición.
“La llegada de población extranjera se valora menos como oportunidad y más como amenaza, y proliferan sospechas de privilegios ocultos o agravios comparativos”
Este giro también se proyecta sobre actitudes hacia la diversidad y la igualdad. En materia de inmigración, el marco conspirativo tiende a activar lecturas de suma cero: la llegada de población extranjera se valora menos como oportunidad y más como amenaza, y proliferan sospechas de privilegios ocultos o agravios comparativos. En igualdad de género, se debilita la adhesión a consensos contemporáneos, se reconoce menos la desigualdad que perjudica a las mujeres y se apoya menos el feminismo y las políticas de igualdad.
Por otro lado, la dimensión internacional permite ver hacia dónde se inclina esta nueva cultura política. Lo importante es cómo cambian las valoraciones relativas entre quienes tienen bajo y alto conspiracionismo. Entre quienes informan en las redes sociales y poseen alto nivel de pensamiento conspirativo, la valoración de la Unión Europea cae significativamente. En cambio, entre quienes tienen menos pensamiento conspirativo o tienen un método de información política más tradicional, esa caída es menor. A la vez, aumenta relativamente la valoración de países no democráticos (Rusia, China) o de países democráticos con liderazgos actuales de carácter autoritario (Estados Unidos, Israel).
Este patrón es importante en términos políticos porque sugiere que la cultura forjada en entornos de desinformación conduce a una afinidad selectiva con actores y estilos de poder asociados a políticas militares duras y, en el contexto actual, a liderazgos con rasgos autoritarios o autoritarizantes, como los que representan Estados Unidos e Israel en buena parte del debate público. A la vez, se castiga el polo más institucional y multilateral (UE) y se enfría la empatía hacia actores vinculados a marcos de defensa liberal o a narrativas de victimización en contextos de conflicto (conflictos en Ucrania o Palestina). En otras palabras: la erosión de la cultura ilustrada —la de reglas, derechos, deliberación y veracidad— se acompaña de una reorientación simbólica hacia modelos donde el poder se legitima por fuerza, seguridad y excepcionalidad.
Más que un “paquete” doctrinal, la nueva cultura del conspiracionismo y la desinformación producida por las redes sociales es un estilo político alimentado por entornos informativos vulnerables: menos pluralista, más punitivo, más dispuesto a relativizar la democracia y más reactivo ante la diversidad. Y eso es precisamente lo que lo vuelve relevante, ya que se vincula con posiciones que chocan con los consensos básicos de la democracia liberal actual. Basta un caso reciente para verlo: según Financial Times, Elon Musk ha comentado en privado con aliados cómo podría “sacar” a Keir Starmer del Gobierno de Reino Unido antes de las próximas elecciones.
Aquí se cierra el círculo con el tema del control de las redes: estas plataformas no son un espacio neutral. Son una infraestructura global cuya cúspide tecnológica y corporativa se concentra, precisamente, en potencias que dominan la economía digital y el ecosistema de plataformas. Por eso, la discusión regulatoria no puede limitarse a la analogía con prensa o televisión: lo que está en juego no es solo la difusión de mensajes, sino la producción de una cultura política que normaliza el populismo, reduce el coste de la mentira y predispone a simpatizar con estilos de liderazgo más duros y menos liberales. Por todo ello, las redes no solo alimentan teorías conspirativas: están contribuyendo a desplazar los criterios con los que se juzga la política, debilitando el horizonte democrático que ha estructurado el pensamiento público de los últimos dos siglos. (Agenda Pública.es)
