El diario francés Le Monde reveló recientemente que, tras una investigación de un año, los servicios de contrainteligencia franceses desmantelaron a comienzos de este año nueve “comisarías” clandestinas dirigidas por el Ministerio de Seguridad Pública de China. Tres ciudadanos chinos identificados como responsables de estas estructuras fueron objeto de órdenes de expulsión, dos de las cuales ya se han ejecutado. Según el Ministerio del Interior francés, estos centros operaban bajo la apariencia de prestar asistencia a la comunidad china, pero en realidad se dedicaban a vigilar a la diáspora, recopilar información de inteligencia, localizar a disidentes e incluso presionarlos para que regresaran a China.
Más que un simple caso policial, Francia ha reconocido oficialmente estas actividades como una amenaza para su seguridad nacional. La señal es inequívoca: las democracias comienzan a comprender que la proyección del poder chino ya no se limita al comercio o la diplomacia.
Las “comisarías” son solo la parte visible del problema
Lo verdaderamente preocupante no son nueve oficinas clandestinas, sino el fenómeno que representan: la creciente capacidad de Pekín para ejercer mecanismos de coerción más allá de sus fronteras.
Freedom House advierte en su serie de informes Out of Sight, Not Out of Reach que China se ha convertido en el principal impulsor de la llamada represión transnacional, recurriendo a amenazas contra familiares, hostigamiento digital, presiones económicas, campañas de intimidación e incluso operaciones destinadas a forzar el retorno de personas consideradas incómodas para el régimen. En la misma línea, la organización española Safeguard Defenders concluye en su informe 110 Overseas que estas dependencias forman parte de un entramado de seguridad orientado a extender el aparato de control del Partido Comunista Chino al extranjero.
En otras palabras, las comisarías clandestinas no constituyen una anomalía, sino la manifestación visible de una arquitectura mucho más amplia.
China exporta algo más que inversiones: exporta un modelo de gobernanza
Durante años se creyó que la influencia internacional de China descansaba principalmente en el comercio, las inversiones o la Iniciativa de la Franja y la Ruta. Sin embargo, hoy resulta cada vez más evidente que Pekín también busca proyectar un modelo propio de gobernanza.
La académica neozelandesa Anne-Marie Brady sostiene que el Partido Comunista Chino utiliza el Frente Unido, las asociaciones de ultramar, las cámaras de comercio, las organizaciones estudiantiles y los intercambios locales para construir redes permanentes de influencia política. Por su parte, el investigador australiano Clive Hamilton sostiene que la mayor fortaleza de Pekín no radica en el uso de la fuerza militar, sino en su capacidad para moldear silenciosamente el entorno político y social de las democracias.
Lo ocurrido en Francia constituye una demostración concreta de que esa estrategia ya no pertenece únicamente al ámbito académico.
América Latina haría mal en pensar que este debate le es ajeno
En buena parte de América Latina todavía existe la percepción de que estos episodios corresponden a una realidad exclusivamente europea. Sin embargo, China ha profundizado en los últimos años la cooperación policial, judicial y tecnológica con diversos países de la región, mientras numerosas ciudades han incorporado sistemas de videovigilancia y plataformas de “ciudades seguras” desarrolladas por empresas chinas.
Ninguna de estas iniciativas implica necesariamente actividades ilícitas. No obstante, cuando la cooperación en seguridad, las tecnologías de vigilancia y las redes de influencia política comienzan a entrelazarse, corresponde a las instituciones democráticas ejercer un escrutinio riguroso. La experiencia francesa demuestra que los problemas de soberanía no aparecen de un día para otro; suelen construirse gradualmente, bajo la apariencia de una cooperación perfectamente legítima.
La soberanía enfrenta amenazas de nuevo tipo
En el siglo XXI, la soberanía ya no se ve amenazada únicamente por ejércitos cruzando fronteras. La presión económica, los ciberataques, la manipulación informativa, la infiltración política y la aplicación extraterritorial de mecanismos de control pueden erosionar la autonomía de un Estado sin necesidad de disparar un solo tiro.
Lo inquietante de estas comisarías clandestinas no reside en el número de oficinas descubiertas, sino en el principio que subyace: la pretensión de que un Estado pueda ejercer, de facto, funciones de vigilancia y coerción dentro del territorio de otro Estado soberano.
Si esa lógica termina normalizándose, mañana los afectados ya no serán únicamente disidentes chinos en el extranjero, sino también periodistas, investigadores, empresarios o cualquier persona cuya actividad resulte incómoda para un gobierno extranjero.
Lo que está en juego es el orden democrático internacional
Como recordaba el jurista y filósofo francés Montesquieu, «una cosa no es justa por el hecho de ser ley; debe ser ley porque es justa». Esa reflexión adquiere hoy una vigencia singular. La cuestión ya no consiste únicamente en qué leyes aprueba un Estado dentro de sus fronteras, sino hasta dónde pretende proyectarlas fuera de ellas.
Durante la Guerra Fría, la competencia entre las grandes potencias giraba en torno a la ideología y el poder militar. Hoy, la disputa también enfrenta distintas concepciones sobre el Estado, el derecho y los límites del poder público.
Al desmantelar estas nueve comisarías clandestinas, Francia no solo eliminó una infraestructura ilegal. También envió un mensaje claro: la cooperación internacional nunca puede convertirse en un pretexto para diluir la soberanía, el Estado de Derecho ni las libertades fundamentales. En un escenario internacional cada vez más complejo, preservar esos principios será tan decisivo para las democracias como proteger sus propias fronteras. (Red NP)
Andrés Liang
Analista en política internacional y relaciones Asia-Latinoamérica
