Hace algunos días el Presidente de la República Argentina Javier Milei viajó a Brasil y, una vez allí, en un acto público del candidato que competirá con el actual Presidente Luiz Inácio Lula da Silva y frente a la prensa brasileña e internacional, calificó a este último de «ladrón», «presidiario» y «basura socialista». De regreso en Argentina, cuando ya se conocía la previsible y airada reacción del gobierno brasileño, fue consultado sobre la posibilidad de ofrecer disculpas. Para meter un poquito más el dedo en el ojo del Presidente de Brasil, su respuesta fue: «¿Desde cuándo hay que pedir perdón por decir la verdad?»; y, sin que nadie se lo pidiera, añadió un nuevo calificativo a la lista: «corrupto». Para redondear el episodio, paralelamente el Presidente Milei modificó por decreto la ley de Migraciones… para prohibir el ingreso a su país a extranjeros que insulten a Argentina o a argentinos.
Es cierto que el insulto ha terminado por instalarse como un recurso habitual en la política contemporánea. El Presidente de los Estados Unidos suele descalificar públicamente a periodistas y adversarios; las autoridades de Washington y del régimen cubano intercambian epítetos desde hace décadas; el chavismo venezolano convirtió el agravio en un género discursivo; y el expresidente colombiano Gustavo Petro llegó incluso, durante una visita a Nueva York con ocasión de la Asamblea General de las Naciones Unidas, a dirigirse con un megáfono a miembros de las Fuerzas Armadas estadounidenses para exhortarlos a desobedecer a su comandante en jefe.
Sin embargo -y confieso que puede tratarse simplemente de ignorancia de mi parte- no recuerdo un caso en que el jefe de Estado de un país haya viajado al territorio de otro para insultar públicamente a su mandatario. Tal vez exista algún precedente, pero de existir no debe ser frecuente. De lo que sí estoy seguro es que en épocas pretéritas (y no tan pretéritas) una ofensa semejante podía terminar, literalmente, en una guerra. El antecedente que acude espontáneamente a mi memoria es el de Paris, hijo de Príamo, rey de Troya, quien en visita oficial junto a su hermano Héctor a la corte de Agamenón rey de Micenas, sedujo a Helena, esposa de Menelao rey de Esparta y hermano de Agamenón y huyó con ella a Troya. El desenlace de aquella afrenta es conocido.
Poco puedo decir acerca del carácter de Paris. Del carácter de Javier Milei, en cambio, sí puedo opinar porque es nuestro contemporáneo y vecino. Lo primero que impresiona no son ya sus espectaculares gestos, sino la reacción que invariablemente provocan. Cada nueva salida de libreto es recibida casi por todos con un «Milei es así». Y es verdad que es así, esto es que ese es su comportamiento normal, pero lo que no resulta tan normal es que esa persona, con ese comportamiento normal, haya sido electa presidente de un país tan grande e importante como Argentina.
Desgraciadamente, la anormalidad parece estar dejando de ser una excepción para convertirse en una tendencia. Esa transformación ayuda a explicar fenómenos tan distintos y al mismo tiempo tan parecidos como los de Chávez, Maduro, Petro, Ortega, Milei y, fuera de nuestra región, Donald Trump. No son idénticos en sus ideas, ni en sus proyectos políticos, ni en los resultados de sus gobiernos. Lo que comparten es otra cosa: la convicción de que la política debe representarse como un espectáculo permanente.
En los últimos años abundan los ensayos y columnas de opinión que intentan explicar este fenómeno. La mayoría apunta a la velocidad con que circula hoy la información. Atrapados por la inmediatez, se termina prestando más atención a las formas que al contenido. Se admiran o se odian las excentricidades de un Milei o los excesos verbales de un Trump o un Petro, como si eso fuese la política. Se termina así admirando u odiando a verdaderos comediantes, que con sus estridencias, malabarismos o actos de prestidigitación ofrecen una farsa de la política mientras toman decisiones que pueden afectar a millones de personas.
No es casualidad que varios de ellos hayan aprendido primero a desenvolverse frente a las cámaras. Donald Trump y Javier Milei eran personajes televisivos antes de convertirse en presidentes. Y si hoy actores y comediantes ocupan las oficinas del poder no debe extrañar que quienes aspiran a ese poder comiencen por comportarse como comediantes o actores.
La pregunta inevitable es si esa transformación también ha llegado a Chile. Y la respuesta sólo puede ser afirmativa. Estuvo presente en la inspiración del texto constitucional rechazado en 2022, cuyo desopilante catálogo de disposiciones difícilmente desmerecía frente a los excesos observados en otras latitudes. Está presente en programas televisivos como «Sin Filtro», convertidos en una eficaz plataforma de lanzamiento para carreras políticas. Está presente en la conducta cotidiana de diputados como Daniel Manouchehri o senadoras como Daniella Cicardini, quienes, lejos de contribuir a la discusión de un proyecto de país, concentran su atención y capacidades en el impacto de una frase o de una puesta en escena. También aparece en iniciativas como la del diputado Cristóbal Urruticoechea, quien, incapaz de conseguir la derogación de la ley que permite la interrupción del embarazo en tres causales, hace malabares y trucos para volverla prácticamente inaplicable. Incluso contamos con la contribución de comediantes invitados, como Brandon Judd, el embajador de los Estados Unidos, que muy en sintonía con el gobernante que representa se permite regañar a ministros del gobierno chileno y, con otras palabras aunque muy claramente, les indica que no se metan en cosas en las que a su juicio (al juicio del excelentísimo señor embajador) “no tienen nada que ver”.
Por ahora, esas conductas suelen provocar burlas o rechazo. Pero no cabe duda de que quienes las practican obtienen beneficios electorales de ellas, aumentan su influencia y fortalecen posiciones de poder. Algo que lamentar porque cuando el éxito político depende de la capacidad de escandalizar más que de la capacidad de gobernar, la democracia comienza a degradar el instrumento mediante el cual se expresa: la política.
La historia enseña que nunca conviene subestimar a los grandes comediantes. Hitler y Mussolini fueron durante años personajes extravagantes que muchos consideraban poco más que agitadores pintorescos. Cuando se comprendió que detrás de la teatralidad existía un proyecto de poder, ya era demasiado tarde. Es posible que los comediantes de nuestro tiempo crean actuar movidos por las mejores intenciones. Pero la experiencia de Paris recuerda que las tragedias históricas no siempre nacen de la maldad; muchas veces comienzan con la irresponsabilidad, la vanidad, la incapacidad de medir las consecuencias de los propios actos o, como en el caso de Paris, incluso con el amor. Pero cuando quienes incurren en ellas no son simples ciudadanos, sino personas con poder, los costos dejan de ser personales para convertirse en el destino de pueblos enteros. (El Líbero)
Álvaro Briones
