Under Xi Jinping, China has sought to export its security ideas to the world, reaching countries like the Solomon Islands.
The first sign that something unusual was happening in the Solomon Islands came when Chinese police showed up in Fighter One, a quiet village surrounded by banana plantations.
The Chinese officers gathered residents in a grassy area and proposed a system they said would help keep them safe. They suggested residents fill out cards with the names, addresses, and birthdates of each family member. They recommended collecting fingerprints and palm prints—highly unusual and legally dubious in a country that lacks laws regulating the collection of personal data.
Under Chinese leader Xi Jinping, Beijing has sought to export its security ideas to the world, reaching countries like the Solomon Islands, a Pacific nation 3,000 miles away. While Washington offers treaties that commit US soldiers to defend allies against external threats, Beijing offers something different: equipment and tactics for governments to maintain order at home.
This proposition has proven attractive to many authoritarian states and fragile democracies in Africa, Southeast Asia, and Central Asia, which consider internal threats to their regimes’ security an equal, if not greater, priority than deploying a military.
But the Solomon Islands, which signed a security pact with China in 2022, is also emerging as an early test of the limits of Chinese efforts.
China’s police presence in the Solomon Islands has gone hand in hand with the growth of its mining and other businesses, and with Beijing’s need to protect its interests abroad.
China prueba su modelo de vigilancia estatal en el extranjero
Bajo el mandato de Xi Jinping, China ha intentado exportar al mundo sus ideas sobre seguridad y ha llegado a países como las Islas Salomón.
La primera señal de que algo inusual estaba ocurriendo en las Islas Salomón fue cuando la policía china se presentó en Fighter One, una aldea tranquila rodeada de plataneros.
Los agentes chinos reunieron a los residentes en una zona cubierta de hierba y les propusieron un sistema que, según dijeron, ayudaría a mantenerlos a salvo. Sugirieron que los residentes rellenaran tarjetas con los nombres, direcciones y fechas de nacimiento de cada miembro de la familia. Recomendaron que se recopilaran huellas dactilares y palmares, algo muy poco habitual y legalmente dudoso en un país que carece de leyes que regulen la recolección de datos personales.
Bajo el mandato del líder de China, Xi Jinping, Pekín ha intentado exportar al mundo sus ideas sobre seguridad, y ha llegado a países como las Islas Salomón, una nación del Pacífico a 4800 kilómetros de distancia. Mientras Washington ofrece tratados que comprometen a los soldados estadounidenses a defender a sus aliados frente a amenazas externas, Pekín ofrece algo diferente: equipamiento y tácticas para que los gobiernos mantengan el orden en el interior.
Esta propuesta ha resultado ser atractiva para muchos Estados autoritarios y democracias frágiles en África, el Sudeste Asiático y Asia Central, que consideran que las amenazas internas a la seguridad de sus regímenes son una prioridad igual, si no es que mayor, que el despliegue de un ejército.
Pero las Islas Salomón, que habían firmado un pacto de seguridad con China en 2022, también se perfilan como una primera prueba de los límites de los esfuerzos chinos.
La presencia policial de China en las Islas Salomón ha ido de la mano del crecimiento de sus empresas mineras y de otros tipos, y de la necesidad de Pekín de proteger sus intereses en el extranjero.
No solo se trata de tecnología y tácticas policiales, sino también de difundir una ideología enfocada en el control estatal.
Cuando visitaron Fighter One, la policía china estaba respondiendo a una petición de la comunidad para evitar que los jóvenes y niños revoltosos acudieran a su aldea por la noche y se drogaran con nuez de betel y emborracharan con un potente alcohol ilegal llamado kwaso.
Su solución fue introducir un oscuro sistema de vigilancia comunitaria de la época de Mao: la experiencia Fengqiao.
Llamado así por Fengqiao, una ciudad en el este de China, el sistema animaba a los vecinos a espiarse y acusarse los unos a los otros para acabar con los enemigos políticos. El sistema se ha reavivado bajo el mandato de Xi como parte de una campaña para acabar con cualquier desafío al Partido Comunista de China.
En China, el sistema exige que la policía vigile hogares en extensos complejos de apartamentos, y en un ejemplo asignó a cada unidad un código de color que indicaba si los ocupantes representaban un riesgo para la seguridad. La policía también ha visitado los hogares de grupos minoritarios como tibetanos y uigures para promover las políticas del partido. Trabajadores del gobierno han visitado iglesias para dar charlas “contra los cultos”. Y se exige a las empresas que registren a sus empleados en las bases de datos policiales.
La idea de introducir un estilo tan severo de vigilancia estatal en las Islas Salomón alarmó a los políticos locales y a los observadores de países cercanos, como Australia, a quienes les preocupaba que eso pudiera darle al gobierno las herramientas para reprimir las libertades.
El proyecto piloto de la experiencia Fengqiao fue suspendido tras las reacciones en contra. Y la elección este mes de Matthew Wale, un primer ministro que históricamente se ha mostrado escéptico respecto a Pekín, plantea interrogantes sobre el arraigo de China en el país, y sobre si las ideas de esta nación viajan tan fácilmente como espera el partido.
Un Estado policial modelo
China se ha presentado como un modelo policial a imitar por otros países, y ha señalado los bajos índices de delitos violentos como prueba de su éxito.
Pero el vasto aparato de seguridad que mantiene a salvo a los ciudadanos se despliega con frecuencia para aplastar la disidencia política.
Desde el principio, a cada ciudadano se le asigna una tarjeta de registro familiar que restringe dónde puede vivir esa persona. Los movimientos dentro del país se monitorean mediante una red cada vez mayor de cámaras de vigilancia, muchas de las cuales están equipadas con programas informáticos de inteligencia artificial que pueden reconocer no solo los rostros, sino también la forma de caminar de una persona.
En zonas de China que solían tener agitación, como la región occidental de Xinjiang, millones de uigures han sido sometidos a una recopilación de datos biométricos que incluía dar muestras de ADN, escaneos de iris y muestras de patrones de voz.
Todo eso es necesario a los ojos del partido, que considera que su legitimidad está ligada a su capacidad para preservar el orden social.
Los países con gobiernos afines han recibido con satisfacción la oportunidad de usar la ayuda de China para afianzar su poder.
Cuando el dirigente de Vietnam, To Lam, visitó Pekín este año, los gobiernos se comprometieron a colaborar estrechamente para salvaguardar la “seguridad política”. Xi dijo a Lam que compartían el interés por defender “la posición gobernante del Partido Comunista”. Con Camboya, China se comprometió en abril a trabajar para “resistir conjuntamente la infiltración externa e impedir las ‘revoluciones de color’”, un término usado para referirse a los movimientos prodemocráticos o los levantamientos populares que Pekín considera complots respaldados por Occidente para desestabilizar el gobierno de partido único.
El esfuerzo de China por exportar sus ideas sobre seguridad a las Islas Salomón, una nación del Pacífico a 4800 kilómetros de distancia, demuestra que quiere ofrecer una alternativa a Estados Unidos y a su sistema de alianzas de seguridad.
China está capacitando a las fuerzas policiales de muchos países en desarrollo. Desde el año 2000, ha impartido casi 900 sesiones de entrenamiento, entre ellas sobre lucha antiterrorista, control de disturbios y control de fronteras, para al menos 138 países, según un estudio de la Fundación Carnegie para la Paz Internacional.
“China está intentando reescribir las normas de lo que es la seguridad mundial y qué países son los mejores para proporcionarla”, dijo Sheena Chestnut Greitens, politóloga de la Universidad de Texas en Austin y una de las autoras del informe de Carnegie.
Ha integrado a sus agentes a las fuerzas policiales de la República Centroafricana y de las naciones insulares del Pacífico de Vanuatu y Kiribati. En 2011 proporcionó a Ecuador miles de cámaras de vigilancia que permitieron que la agencia de inteligencia nacional del país vigilara mejor a los opositores políticos.
Y, en 2016, entrenó a una unidad de la policía sudafricana que posteriormente se desplegó para intimidar y asesinar a rivales políticos del entonces presidente Jacob Zuma, según el Centro de Estudios Estratégicos de África, organización con sede en Washington que forma parte del Departamento de Defensa estadounidense.
Es posible que China esté intentando mejorar la imagen pública mundial de su modelo autoritario mediante la exportación de su entrenamiento policial.
“Esto permite que China presente su sistema como un éxito en materia de seguridad pública y no como un fracaso en materia de derechos humanos”, dijo Greitens.
Un laboratorio en el Pacífico
China logró su mayor victoria en las Islas Salomón en 2019, cuando su gobierno rompió décadas de lazos diplomáticos con Taiwán para reconocer a Pekín. Esto abrió las compuertas a la ayuda financiera, el comercio y la inversión chinos.
El cambio, como lo denominan los residentes, suscitó preocupación en Australia, Estados Unidos y otros aliados occidentales por la posibilidad de que Pekín invadiera su esfera de influencia tradicional.
También intensificó tensiones que existían desde hace tiempo entre los residentes de la isla de Guadalcanal, más desarrollada y donde se encuentra la capital, Honiara, y los de la isla de Malaita, más pobre, que había mantenido vínculos más estrechos con Taiwán a través de programas agrícolas y médicos.
Esas tensiones estallaron en disturbios mortales en 2021, que tuvieron como blanco a la comunidad china de Honiara, que tiene más de un siglo de antigüedad. Esta representa menos del 2 por ciento de la población de la ciudad, de unos 170.000 habitantes, pero domina los escaparates donde se venden artículos domésticos, comestibles y alcohol y controla también lucrativos intereses madereros y mineros.
Los manifestantes, en su mayoría migrantes de Malaita, intentaron asaltar la residencia personal del entonces primer ministro, Manasseh Sogavare. Los disturbios llevaron a Sogavare a firmar el pacto de seguridad con Pekín al año siguiente, y lo justificó como una forma de combatir las “duras amenazas internas”. También tachó de “inadecuado” a Australia, que había sido tradicionalmente un socio de seguridad del país.
Nunca se ha hecho pública una copia del pacto. Pero extractos filtrados en internet muestran que el acuerdo permite a las Islas Salomón solicitar que China envíe “policía, policía armada, personal militar y otras fuerzas armadas y de orden público” para restablecer el orden social y proteger al personal y los proyectos chinos en el país. (Australia también tiene un acuerdo de seguridad con las Islas Salomón, aunque en los últimos años ha dejado de enfocarse en el mantenimiento de la ley y el orden para dedicarse a proporcionar entrenamiento policial).
Pekín incorporó su primer grupo de policías a la Real Fuerza Policial de las Islas Salomón en 2022. Por esas mismas fechas, China donó material antidisturbios por valor de 1,5 millones de dólares, que incluía chalecos antibalas, escudos, cascos y trajes y guantes resistentes a apuñalamientos. Fotografías publicadas en el sitio web del gobierno de las Islas Salomón muestran a policías chinos adiestrando a policías locales en el manejo de porras y horquillas antidisturbios, una herramienta habitual en China que tiene aproximadamente la longitud de un tridente con una punta en forma de U para inmovilizar a un sospechoso.
La presencia de la policía china no es más que otro ejemplo de cómo Pekín está promoviendo sus intereses en un país que carece de poder e influencia para decir “no”, afirma Peter Kenilorea Jr., quien era político de la oposición desde hace tiempo cuando lo entrevistamos a finales del año pasado en Honiara, y ahora forma parte del gabinete del nuevo primer ministro y supervisa la planificación nacional.
Sostuvo que el desequilibrio de poder también ha permitido a las empresas chinas de la minería y la madera, dos de las mayores industrias de las Islas Salomón, arrasar los bosques y contaminar los ríos con la escorrentía minera, al tiempo que usan puertos ilegales para evadir las tasas gubernamentales, sin apenas consecuencias.
Los chinos “vienen y hacen lo que les da la gana”, dijo Kenilorea, quien se opuso al cambio de Taiwán a Pekín y cuyo padre fue el primer dirigente de las Islas Salomón tras obtener la independencia. “Es como una temporada de caza”.
¿Tienes experiencia en Fengqiao?
El Equipo de Enlace Policial con China, como se denomina formalmente, opera desde la Jefatura de Policía de Rove, en Honiara, una capital húmeda y azotada por las inclemencias del tiempo, donde los humos de gasóleo de los vehículos que atascan la única autopista pesan en el aire.
La presencia de Pekín destaca entre las hileras de edificios bajos de hormigón y acero corrugado. Hay un estadio deportivo y un hospital construidos por China. Capataces chinos, que trabajan para empresas constructoras estatales chinas, supervisan el asfaltado de las carreteras. Chinos regentan peluquerías, salones de masaje y restaurantes que sirven dim sum y ollas de carnes y verduras.
Fuente: https://www.nytimes.com/es/2026/05/28/espanol/mundo/china-vigilancia-xi.html

NEITHER LAND NOR PRIDE: THE REAL REASON CHINA WANTS TAIWAN AT ALL COSTS AND THE “SILICON SHIELD” HOLDING IT BACK
Behind the geopolitical struggle between China and the US lies a race to replicate the Taiwanese system that allows for the manufacture of cutting-edge chips, an industry that demands decades of experience and extremely scarce human capital.
The entire world today walks on a steel cable that measures barely three nanometers thick. Every time you unlock your phone, start your car, or let an artificial intelligence compose an email for you, you are depending on a geopolitical fluke that unfolds on a Pacific island. Almost all the advanced chips on the planet come from the same place: Taiwan.
For decades, the semiconductor industry has been divided like a global puzzle. The United States designs, Japan and Europe contribute machinery and materials, South Korea has specialized in memory… and Taiwan has been the factory where everything has been concentrated. Manufacturing alone may seem insignificant, but it’s precisely what makes the island a strategic player in the global economy.
Manufacturing cutting-edge chips is a technological alchemy that demands decades of experience, thousands of highly specialized suppliers, and near-absurd precision. In a chip factory, a single speck of dust can ruin an entire production run and cause losses in the millions. That’s why workers wear full-body protective suits in rooms so clean they surpass the sterilization of an operating room.
NI TIERRA NI ORGULLO: EL VERDADERO MOTIVO POR EL QUE CHINA QUIERE TAIWÁN A TODA COSTA Y EL “ESCUDO DE SILICIO” QUE LA FRENA
Detrás del pulso geopolítico entre China y EE. UU. hay una carrera por replicar el sistema taiwanés que permite fabricar chips de última generación, una industria que exige décadas de experiencia y un capital humano extremadamente escaso.
El mundo entero camina hoy sobre un cable de acero que mide apenas tres nanómetros de grosor. Cada vez que desbloqueas el teléfono, enciendes el coche o dejas que una inteligencia artificial redacte un correo por ti, estás dependiendo de una carambola geopolítica que ocurre en una isla del Pacífico. Casi todos los chips avanzados del planeta salen del mismo sitio: Taiwán.
Durante décadas, la industria de los semiconductores se ha repartido como un puzzle global. Estados Unidos diseña, Japón y Europa aportan maquinaria y materiales, Corea del Sur se ha especializado en memorias… y Taiwán ha sido la fábrica donde se ha concentrado todo. Solo fabricar parece poco, pero es justo lo que convierte a la isla en una pieza estratégica de la economía mundial.
Fabricar chips de última generación es una alquimia tecnológica que exige décadas de experiencia, miles de proveedores hiper especializados y una precisión cercana a lo absurdo. En una planta de chips, una simple mota de polvo puede arruinar toda una producción y provocar pérdidas millonarias. Por eso los trabajadores se mueven con trajes integrales en salas tan limpias que superan la esterilización de un quirófano.
En 1987, el empresario Morris Chang, con el respaldo del gobierno de Taiwán, creó una empresa llamada Taiwan Semiconductor Manufacturing Company (TSMC) que se ofreció como fabricante neutral de chips para todo el mundo sin competir con nadie. Solo fabricar. Eso cambió completamente las reglas. Hasta entonces, cada empresa fabricaba sus propios chips, lo que era carísimo y muy poco eficiente. Desde entonces, sus clientes no son pequeñas compañías locales, sino los gigantes que marcan el ritmo tecnológico del planeta: Apple, Nvidia, AMD… Todos diseñan sus procesadores, pero quien se los fabrica es TSMC.
El resultado es que más del 90% de los chips más avanzados del mundo se fabrican en Taiwán.
Lo curioso es que Chang, además de un visionario, es de origen chino, aunque se formó en el MIT y Stanford y trabajó más de 20 años en Texas Instruments, donde no apostaron por su idea. Quizá, si nunca hubiera salido de su país de origen, el mapa de la industria de los chips sería hoy muy distinto y buena parte de esa ventaja estaría en manos de China.
Porque con el tiempo, esa concentración ha generado una paradoja. El mundo entero depende de una isla que, en términos geopolíticos, es uno de los puntos más sensibles del planeta. Pekín no solo ve la isla como un territorio propio por política e historia, sino como una pieza estratégica en la economía mundial que quiere anexionarse a toda costa.
Además, China, pese a su poder industrial gigantesco, no ha sido capaz de fabricar chips avanzados al mismo nivel que Taiwán. Ha invertido cientos de miles de millones de dólares para desarrollar su propia industria de semiconductores, con subvenciones masivas, empresas públicas y un plan explícito de autosuficiencia tecnológica. Pero sigue dependiendo de tecnología exterior. Esa dependencia ha llevado a empresas chinas a intentar atraer ingenieros taiwaneses, en algunos casos de forma irregular, para copiar el conocimiento que no pueden desarrollar, en un intento desesperado por acortar la distancia.
La situación se complica aún más por las restricciones de Estados Unidos, que ha limitado el acceso de China a tecnología clave, como las máquinas de litografía ultravioleta extrema de la empresa neerlandesa ASML.
Pero el problema no lo tiene solo China.
En Washington, Bruselas y Tokio han llegado a la misma conclusión: depender solo de Taiwán es arriesgado. Estados Unidos aprobó en 2022 la Ley CHIPS, un programa de decenas de miles de millones de dólares para recuperar la fabricación de semiconductores. Intel está levantando fábricas en Arizona y Ohio, con inversiones que superan los 30.000 millones de dólares. Incluso la propia TSMC está construyendo varias plantas en Arizona para fabricar chips avanzados fuera de la isla.
Pero el plan no termina de arrancar. Los proyectos de Arizona se han convertido en un calvario de retrasos y sobrecostes por un motivo muy humano: la falta de mano de obra especializada y el choque cultural. Los ingenieros taiwaneses están acostumbrados a una disciplina militar de turnos extenuantes de 12 horas; los operarios estadounidenses exigen conciliar y se niegan a vivir en la fábrica.
Europa ha intentado seguir el mismo camino, con planes de inversión de hasta 80.000 millones de euros. Pero la ejecución de proyectos clave, como los de Intel en Alemania o Polonia, se ha retrasado o cancelado antes incluso de empezar a producir, atrapados en la burocracia, los costes crecientes de la energía, dudas económicas y falta de competitividad.
Japón, por su parte, ha decidido atraer directamente al líder. TSMC ya tiene una fábrica operativa en Kumamoto produciendo chips y está levantando una segunda instalación con apoyo del Gobierno y de gigantes locales como Sony o Toyota. Pero hay un matiz importante: esas plantas producen chips de 12 a 28 nm claves para la industria de automoción, sensores o electrónica, pero aún no tienen capacidad para fabricar los de gama puntera de 3nm o menos.
Construir una fábrica de chips no es como abrir una planta de coches o una refinería. Cuesta entre 10.000 y 30.000 millones de dólares. Y no basta con levantar el edificio: el proceso completo, desde que se pone la primera piedra hasta que la producción funciona con normalidad, puede llevar unos diez años. Y eso, ni siquiera es lo más difícil.
El auténtico problema con el que está chocando todo el mundo es el conocimiento. Fabricar chips avanzados exige un nivel de especialización que no se aprende en ninguna universidad. Se forma durante años dentro de las propias fábricas, trabajando con maquinaria que solo unas pocas empresas en el mundo dominan.
Al final, el mundo está intentando dejar de depender de Taiwán… pero no puede hacerlo a corto plazo. Y eso convierte la situación en aún más complicada.
Si la actividad en Taiwán se interrumpiera por un conflicto, o incluso por un bloqueo, el impacto sería inmediato. La fabricación de coches se detendría, los centros de datos perderían capacidad, la producción tecnológica se ralentizaría de forma dramática en semanas.
Curiosamente, esa misma fragilidad se ha convertido también en la mejor arma defensiva de Taiwán. Y se conoce como el “escudo de silicio”. Nadie puede permitirse un conflicto abierto porque el daño sería global.
Visto todo lo anterior, se entiende por qué Taiwán es uno de los puntos más calientes del planeta. China quiere anexionársela porque, definitivamente, podría tener la tecnología del mundo a sus pies y EE. UU. está obligado a proteger la isla con uñas y dientes. Mientras, el resto del mundo observa y todos intentan construir alternativas que tardarán años en llegar.

THE ADVANCE THAT SHAKES UP WORLD AVIATION: CHINA TESTS A “WATER” ENGINE AND COULD SAY GOODBYE TO TRADITIONAL FUEL
This is the first real proof that hydrogen can replace traditional fuel in flight, and China has just positioned itself at the forefront of this revolution.
While much of the world continues to rely on oil to sustain commercial aviation, China has taken a step that could change everything. The Asian country has successfully completed the first test flight of an aircraft powered by an engine that uses liquid hydrogen, a system that, although popularly described as a “water engine,” actually represents one of the most ambitious advances toward aviation without fossil fuels. The test was carried out on April 4, 2026, in the Chinese city of Zhuzhou and has been confirmed by several international scientific and technological media outlets specializing in aerospace innovation.
The aircraft, a 7.5-ton unmanned cargo vehicle, successfully took off, climbed to an altitude of 300 meters, and remained airborne for 16 minutes, covering 36 kilometers at a speed of 220 km/h. The star of the test was the AEP100 engine, developed entirely by the Aero Engine Corporation of China (AECC), a key state-owned consortium in China’s industrial strategy.
EL AVANCE QUE SACUDE LA AVIACIÓN MUNDIAL: CHINA PRUEBA MOTOR “DE AGUA” Y PODRÍA DECIR ADIOS AL COMBUSTIBLE TRADICIONAL
Se trata de la primera prueba real de que el hidrógeno puede sustituir al combustible tradicional en vuelo, y China acaba de colocarse en la primera línea de esa revolución.
Mientras gran parte del mundo sigue dependiendo del petróleo para sostener la aviación comercial, China ha dado un paso que puede cambiarlo todo. El país asiático ha completado con éxito el primer vuelo de prueba de un avión propulsado por un motor que utiliza hidrógeno líquido, un sistema que, aunque popularmente se ha descrito como “motor de agua”, representa en realidad uno de los avances más ambiciosos hacia una aviación sin combustibles fósiles. El ensayo se realizó el 4 de abril de 2026 en la ciudad china de Zhuzhou y ha sido confirmado por varios medios científicos y tecnológicos internacionales especializados en innovación aeroespacial.
El avión, un vehículo de carga no tripulado de 7,5 toneladas, logró despegar, ascender hasta 300 metros de altitud y permanecer en el aire durante 16 minutos, recorriendo 36 kilómetros a una velocidad de 220 km/h. El protagonista del ensayo fue el motor AEP100, desarrollado íntegramente por la Aero Engine Corporation of China (AECC), un consorcio estatal clave en la estrategia industrial china.
A diferencia de otros proyectos occidentales, el AEP100 quema hidrógeno líquido directamente en una turbina, de forma similar a como los motores actuales queman queroseno. El resultado: cero emisiones de carbono en vuelo, ya que el único subproducto es vapor de agua. La innovación no está en “usar agua como combustible”, sino en emplear hidrógeno (obtenido a partir del agua) como fuente energética directa, eliminando por completo el uso de derivados del petróleo.
Hidrógeno sí
Este enfoque sitúa a China en una senda tecnológica distinta a la de Airbus y otros fabricantes occidentales. Mientras el consorcio europeo apuesta por pilas de combustible de hidrógeno (que transforman el hidrógeno en electricidad para mover motores eléctricos), China ha optado por la combustión directa en turbinas. Según los ingenieros de la AECC, este modelo ofrece: mayor densidad de potencia, escalabilidad para aviones más grandes, compatibilidad futura con aeronaves regionales y comerciales. Airbus, por su parte, ha fijado 2035 como objetivo para lanzar su primer avión comercial de hidrógeno bajo el programa ZEROe, pero todavía no ha realizado un vuelo con un motor de combustión de hidrógeno a gran escala.
El avance chino no está exento de retos. El hidrógeno debe almacenarse a –253°C, lo que exige sistemas criogénicos complejos, seguros y ligeros. Además arde a temperaturas más altas que el queroseno, requiere rediseñar depósitos, fuselajes y protocolos de seguridad, y necesita una infraestructura aeroportuaria completamente nueva, por lo que las pruebas y ensayos aún serán muchos. Pese a ello, expertos de la AECC afirman que el vuelo prueba que China ya ha cerrado toda la cadena tecnológica del motor de hidrógeno, desde componentes básicos hasta integración completa en aeronaves reales.
El ensayo coincide con un momento de inestabilidad energética global, marcado por tensiones geopolíticas en Oriente Medio, amenazas a rutas marítimas clave y volatilidad extrema del precio del crudo. La Agencia Internacional de la Energía (IEA) ha confirmado recientemente la liberación de cientos de millones de barriles de reservas estratégicas, mientras el precio del Brent ha vuelto a repuntar. En ese contexto, el desarrollo de motores de hidrógeno no es sólo un avance ambiental, hará que China reduzca la dependencia del petróleo importado, lo que eses un objetivo económico, industrial y de seguridad nacional.
Published twice per week by Nuevo Poder. Articles and op-eds focusing on geopolitical issues around Indo-Pacific area
Editor: LW, senior fellow of REDCAEM and CESCOS
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