El 13 de agosto se cumplirán 100 años del nacimiento de Fidel Castro Ruz, quien falleció en 2016, y el régimen autocrático que él fundo en 1959, y que lideró durante 49 años, ha organizado una conmemoración que sus jerarcas parecen creer que les aportará oxígeno para mantenerse en el poder y tapar la realidad de un país en ruinas y una población agobiada y desesperanzada. El régimen castrista ha durado 67 años, o sea, la mitad de la vida independiente de Cuba, que dejó de ser colonia de España en 1898.
La conmemoración incluirá un encuentro internacional en el que participarán Lautaro Carmona y Barbara Figueroa en representación del PC de Chile, partido de máxima obsecuencia hacia la dictadura cubana. Carmona llegó a decir en El Mercurio (01/08) que Cuba “es un sistema democrático desde el punto de vista de la historia”, y para justificar que exista allí un solo partido, apeló a la figura de José Martí, el prócer de la independencia que murió en 1895.
Quizás, se abrirá una posibilidad de que las izquierdas latinoamericanas se atrevan a debatir sobre lo que realmente representó Castro y el costo humano de la llamada revolución cubana. En otras palabras, que se dispongan a diferenciar entre historia y mitología. Ello exige sacar a la luz las miserias del castrismo que, además de arrastrar a la nación cubana al marasmo, intentó imponer por las armas su modelo de dominación totalitaria en toda la región.
En este contexto, es útil recordar la visita de Fidel Castro a Chile en 1971, invitado por el presidente Salvador Allende. La agenda de actividades acordada fue de 10 días, una extensión insólita sin duda. Dwight Eisenhower, presidente de EEUU, estuvo en Chile 3 días en marzo de 1960. Charles de Gaulle, presidente de Francia, 2 días en octubre de 1964. Y la reina Isabel II, del Reino Unido, 7 días en noviembre de 1968, pero su mayor permanencia se explica porque, luego de los actos protocolares, descansó 4 días en Pucón junto a su esposo.
Castro llegó a Chile el 10 de noviembre y se fue el 4 de diciembre de 1971: O sea, se quedó 24 días. Lo increíble es que lo decidió por su cuenta y en contra de la voluntad de Allende. Actuó como candidato presidencial en campaña. Visitó Iquique, Antofagasta, Pedro Valdivia y María Elena, Chuquicamata, Tocopilla, Los Andes, Valparaíso, Rancagua, Colchagua, Concepción, Puerto Montt y Punta Arenas. En Santiago, encabezó concentraciones en el estadio Santa Laura, en la Universidad Técnica y en el estadio Nacional.
¿A qué vino Castro, exactamente? ¿A solidarizar con el proceso de la Unidad Popular? Carece de sentido, pues lo que más necesitaba Allende era hacer retroceder los temores de amplios sectores respecto de la posibilidad de que en Chile se convirtiera en una segunda Cuba. Llevaba 12 años a la cabeza de un régimen despótico, y no se le pasaba por la mente convocar a elecciones libres.
En realidad, Castro vino a dar lecciones a la izquierda acerca de cómo hacer la revolución, entendida como captura del poder y aplastamiento de los adversarios. Para él, era un contrasentido pretender un cambio revolucionario dentro de las instituciones burguesas, con pluralidad de partidos, elecciones, división de poderes, prensa independiente, etc. Para avanzar hacia lo que llamaba el socialismo, había que impulsar la lucha armada. Durante su visita, reforzó el jacobinismo revolucionario representado por el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y los grupos del PS que llamaban a “avanzar sin transar”.
En aquellos días, Allende enfrentaba múltiples problemas económicos y políticos, y lo que menos le convenía era que se confirmaran los augurios de que de su gobierno iba camino de convertirse en una dictadura marxista. Pero, los gestos y discursos del visitante no hicieron sino potenciar tales augurios. Carlos Altamirano, secretario general del PS, contó muchos años después que, cuando Castro llevaba dos semanas en territorio nacional, Allende, ya muy inquieto, le pidió que hablara con él y le explicara que la visita debía concluir. Altamirano le respondió que él mismo debía decírselo, pues lo había invitado y debían entenderse entre gobernantes. El mandatario no hizo nada al respecto.
La pregunta forzosa es por qué Allende aceptó los desbordes de Castro. Ninguna respuesta lo deja bien parado, y es posible que allí se encuentre el punto de inflexión del deterioro de su gobierno. Así lo entendieron los partidos opositores, que organizaron la llamada “marcha de las cacerolas vacías” en los días en que Castro se paseaba por Chile. La marcha reunió a varios miles de mujeres, y provocó choques callejeros entre grupos de izquierda y de derecha. El visitante criticó entonces al gobierno “por no reprimir al fascismo”.
¿Qué inhibió a Allende hasta el punto de no hacerse respetar en su propia casa? Solo puede deducirse que temía enfrentarse a Castro, y que este lo tenía claro. Hay aquí, por supuesto, un amplio terreno para la investigación histórica. ¿Por qué Allende aceptó lo inaceptable? ¿Había secretos personales o acuerdos dudosos que no quería que vieran la luz? ¿Qué le debía él a Castro? Por la razón que fuera, se dejó humillar delante de todos los chilenos.
Astuto como era, además de moralmente desinhibido, Castro sabía que su visita estaba “agudizando las contradicciones” en la sociedad chilena y hundiendo la tesis de que Allende había abierto “otra vía al socialismo”. En la práctica, le dio el abrazo del oso a un gobierno que ya se encontraba en serios apuros como consecuencia de las convulsiones desatadas por el programa de la UP.
En el origen de este capítulo, estuvo la relación equívoca que estableció Allende con Castro en los años 60, cuando viajó varias veces a la isla y quedó encandilado con lo que allí pasaba y, en particular, con la retórica mesiánica de Castro. Se convirtió en “amigo de la revolución cubana”, lo que llegó a expresarse, por ejemplo, en el hecho de que su hija mayor, Beatriz, socialista, muy cercana al MIR, fuera una de las primeras militantes que viajó a Cuba a recibir entrenamiento militar.
Al asumir la Presidencia, en noviembre de 1970, Allende abrió las puertas a la intromisión cubana. La embajada se convirtió en un centro de actividad política. El mandatario aceptó incluso que su seguridad personal estuviera a cargo de un grupo de militantes del MIR asesorados por militares cubanos. En marzo de 1972, el entonces ministro del Interior, Hernán del Canto, socialista, concurrió al aeropuerto de Santiago para asegurarse de que un regalo de Castro a Allende entrara sin ser revisado en la aduana: eran cajas con armamento de guerra traídas por un vuelo de Cubana de Aviación.
Varios chilenos que tenían gran cercanía con el régimen cubano integraron el círculo de confianza de Allende, entre ellos el periodista Augusto Olivares, que llegó a ser director de Televisión Nacional de Chile. Fuertemente identificada con el castrismo, Beatriz Allende tuvo oficina junto a su padre en La Moneda. Como es sabido, ella se casó con el agente de inteligencia cubano Luis Fernández Oña. Hay aquí una dramática historia que está por contarse.
Con un mínimo de realismo, Allende pudo haber hecho un gobierno que buscara mejorar las condiciones de vida de la mayoría de la población mediante la ampliación de las posibilidades abiertas por Frei Montalva, pero eso era poco para la mentalidad de la izquierda de entonces. Había que “hacer la revolución”, lo cual se sustentaba en la idea de exacerbar la lucha de clases hasta conseguir el triunfo definitivo sobre los enemigos del pueblo. El gobierno de la UP pudo haber nacionalizado el cobre y haber pactado todo lo demás con los empresarios. Pero, había que estar “a la altura de Cuba”, dando por hecho que ese país había llegado muy alto, lo que no era cierto.
En la parte final del discurso con el que Allende despidió a Castro, el 4 de diciembre de 1971, en el Estadio Nacional, hay una clave no estudiada sobre los dilemas que lo mortificaban. Les habló directamente a los militantes del MIR, que presionaban a su gobierno con la consigna de que el enfrentamiento era inevitable. En el fondo, Allende estaba apelando al inspirador y guía del MIR, que estaba a su lado, para que calmara a los impacientes. Dijo entonces: “A los compañeros militantes de otras fuerzas, que no están en la Unidad Popular, que son revolucionarios, yo les digo que queremos con ellos el diálogo, el entendimiento, y si no hay entendimiento, la discusión pública, doctrinaria, para saber quién y quiénes tienen la razón y cuál es el camino que debemos seguir. Si me niego a usar la fuerza y la violencia contra mis enemigos, contra los enemigos de clase, cómo voy a poder imaginarme que tenga que usar la violencia contra los que son revolucionarios”.
Allí está la razón principal de la impotencia política de Allende. Para salvar su gobierno y evitar el derrumbe del régimen democrático, la primera exigencia era asegurar el monopolio de las armas por parte de las FF.AA. y, por ende, desarticular a los grupos de civiles armados que, a izquierda y a derecha, representaban el prólogo de la guerra civil. En los hechos, Allende abdicó de sus obligaciones como jefe de Estado al decirle a los militantes del MIR, armados por Castro, que, dado que se negaba a usar la fuerza contra los enemigos de clase, tampoco las usaría contra ellos. Lo que parecía abrumar a Allende era la posibilidad de quedar como un traidor a los ojos de Castro.
En la tragedia de Chile gravitaron sin duda los intrusos. El gobierno norteamericano de Richard Nixon fue el enemigo abierto e implacable, cuya intervención quedó demostrada por las investigaciones del Senado de EE.UU. Castro, en cambio, fue el entrometido con apariencia solidaria. Penosamente, Allende creía que compartía con él la misma causa. (Ex Ante)
Sergio Muñoz Riveros
