Para la doctrina católica, la persona es a la vez individual y social. Para el liberalismo, la persona es básicamente individual. El liberalismo es la filosofía del individuo. De allí que Thomas Hobbes pueda y deba ser considerado como el filósofo del liberalismo, el filósofo del individuo, en su fase fundacional.
La doctrina católica, enraizada en la tradición judeo-cristiana y aristotélico-tomista, sintetiza su propia filosofía en el concepto de “persona humana”, “trama y guía de toda la doctrina social de la Iglesia”, según Juan Pablo II (Centesimus Annus, 11).
Ahora bien, la doctrina católica, incluida la doctrina social de la Iglesia, tiene un pecado original en relación al liberalismo moderno: asumir que el ideario de este último está básicamente ligado a la revolución francesa, especialmente en su versión extrema, con una postura militantemente anti-religiosa. Fue, precisamente, contra ese extremo de la revolución francesa que surgió el ideario de la democracia liberal, con su triple enfoque en favor de la libertad individual frente al Estado, los derechos de la minoría frente a la mayoría (peligro de la “tiranía de la mayoría”), y el poder local frente al poder central, todo ello tan logrado en su máximo exponente, Alexis de Tocqueville.
Adicionalmente, durante el siglo XIX y comienzos del XX la doctrina de la Iglesia ignoró la presencia de un “catolicismo ilustrado” -una formulación luminosa, a decir verdad-, de fines del siglo XVIII, que está en las antípodas de la revolución francesa, y sus manifestaciones extremas (Lehner, The Catholic enlightenment, 2016).
El catolicismo del siglo XIX fue un catolicismo de “fortaleza”, defensivo, frente a las amenazas asociadas a la modernidad y la revolución francesa, especialmente en sus formas más radicales. En ese contexto, el Syllabus errorum (1864) llegó a condenar el liberalismo, el modernismo, y la proposición errónea de la libertad religiosa.
El liberalismo le lleva una ventaja al catolicismo y la tradición aristotélico-tomista en materia de libertad y libertades (Robert George, Making men moral, 1993). El ejemplo más claro es el de la libertad religiosa, que la Iglesia Católica rehuyó durante 1.500 años en favor de un “Estado confesional”, reflejado en la idea de “Cristiandad”. Las cruzadas lanzadas por el Papa Urbano, en el siglo X, la Inquisición lanzada en el siglo XIII, y los Estados católicos absolutos (Francia, España y Portugal) fueron la manifestación extrema de ese Estado confesional, bajo la proposición -tan errónea como temeraria- de que la verdad tiene derechos que el error no tiene. Contra esa proposición del catolicismo integrista del periodo entre guerras se levantó el catolicismo pluralista de los filósofos cristianos de la democracia, en el mismo periodo que condenaron, por ejemplo, la cruzada pro franquista de la Iglesia Católica.
Solo en el Concilio Vaticano II la Iglesia optó, radicalmente, por la “libertad religiosa” (Dignitatis Humanae, 1965), concepto que está presente en lo medular del liberalismo moderno, “piedra angular del pensamiento político católico” (Perreau-Saussine, Catholicism and democracy, 2011). Somos cristianos sin Cristiandad (José María Castellón SJ), esa es la afirmación central del Concilio Vaticano II, con su reivindicación de la libertad religiosa. Se trató del certificado de defunción de la idea misma de “Cristiandad”, y su corolario, el Estado confesional: “la verdad no se impone de otra manera, sino por la fuerza misma de la Verdad, que penetra suave y fuertemente la almas” (DH, 1). De esta afirmación fluye la dignidad de la conciencia moral (“La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre”, Gaudium et Spes, 16) y la diferenciación entre las esferas de la jurisdicción eclesiástica y civil (“La comunidad política y la Iglesia son independientes y autónomas, cada una en su propio terreno”, GS, 76).
De allí para adelante fluyó el diálogo entre catolicismo y el liberalismo, sin llegar a confundirse y reconociendo que estamos hablando de distintas tradiciones filosóficas: la una, la doctrina católica, fundada en la tradición aristotélico-tomista, con su foco en el zoon politikón; la otra, el liberalismo, fundada en el concepto de individuo y el homo economicus.
La Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) es tal vez la síntesis más lograda de la tradición cristiana y la tradición liberal. El estatuto de los Derechos Humanos (civiles y políticos, económicos, sociales y culturales y, en forma más reciente, colectivos, como los de los pueblos indígenas), abre insospechadas posibilidades en términos de ese diálogo. El surgimiento en las últimas décadas de un concepto de “liberalismo social”, desde la propia tradición liberal, fundada, a fin de cuentas, en John Stuart Mill, en la primera mitad del siglo XIX, hace aún más promisorio ese diálogo.
Más que encerrarse en las trincheras, hay que atreverse a dialogar, tras la búsqueda común de la verdad y el bien. (El Líbero)
Ignacio Walker
