Sabemos que la democracia representativa creció junto con los medios de prensa. ¿Es esta una casualidad, como puede ser el hecho de que William Herschel haya descubierto el planeta Urano en 1781, pocos años después de la independencia de los Estados Unidos?

No es ninguna coincidencia fortuita. Tal como en la democracia griega los ciudadanos deliberaban en el ágora, la democracia moderna necesitaba contar con espacios de encuentro. No importaba que el elevado número de ciudadanos hiciera imposible que todos se vieran en un mismo lugar, porque para eso estaban los periódicos, que todas las personas influyentes estaban forzadas a leer. En ellos se encontraban y sopesaban las distintas opiniones.

Recuerdo mi impresión cuando, a los 12 o 13 años, cayó en mis manos una entrevista a Miguel Enríquez, el fundador del MIR. En ella decía que una de las primeras cosas que hacía en las mañanas era leer “El Mercurio”. “¿Cómo puede ser que un guerrillero lea este diario?”, le pregunté a mi padre. Me explicó que había algunos diarios que, aparte de ser medios de prensa, eran auténticas instituciones y que ninguna persona influyente podía dejar de consultarlos.

Enríquez no era un demócrata, pero entendía perfectamente el papel de la prensa en una democracia liberal.

Hoy la democracia está en crisis y también la prensa tradicional pasa por malos momentos. Ambas situaciones están vinculadas. Una y otra están afectadas por la lógica de las nuevas tecnologías, que tienden a debilitar la existencia de espacios comunes donde todos podamos conversar.

A diferencia de Eduardo Frei, Pedro Ibáñez o Salvador Allende, muchos parlamentarios actuales no le hablan al país, sino a su nicho. No piensan en quien tienen enfrente, sino en las cámaras. Del mismo modo, las empresas ya no hacen publicidad en el papel impreso de un diario, sino que prefieren recurrir a audiencias segmentadas por los algoritmos de las redes sociales.

Para colmo, en el caso de los medios, las empresas de IA les hurtan la información, de modo que los ciudadanos podemos conocer, sin pagar un peso, el contenido de lo que numerosos periodistas han recopilado con enorme trabajo.

Y aquí entramos nosotros, los ciudadanos. Nuestra posición es muy cómoda, pero peligrosa. Imaginemos un ejemplo ficticio. Supongamos, por un momento, que mañana desaparecen “El Mercurio”, La Tercera, La Segunda y toda la prensa regional. ¿Vamos a tener la misma democracia que hoy?

Es verdad que en Chile existen algunos medios digitales muy serios, pero ellos subsisten porque operan con el respaldo de la prensa escrita. Ella les permite concentrarse en los temas que consideran más relevantes y no necesitan hablar todos los días de economía, fútbol, tenis, política, espectáculo, gastronomía, hípica, policiales, las defunciones y la salud. La radio también cumple una función importante, pero, por definición, carece de la calma y no puede hacer los matices que encontramos en una página editorial de un diario.

Veamos el mismo tema desde otra perspectiva. Si uno va al Perú y lee un diario tan importante como El Comercio, descubrirá con sorpresa que no hay en él el equivalente a nuestras Cartas al Director. ¿Es este un rasgo exótico de los peruanos o una severa limitación para la calidad y extensión de su discusión pública? Cuando no hay lugares de encuentro civilizado, la política se torna muy agresiva.

El nivel de nuestra discusión pública depende directamente de la existencia de ciertos espacios donde sea posible debatir con altura de miras y serenidad. Camila Vallejo, por ejemplo, sabe que si manda una columna o una carta a estos medios tradicionales, tiene una altísima probabilidad de que se la publiquen, como de hecho ha sucedido muchas veces. ¿Somos capaces de valorar este dato tan simple?

Se dirá que estos medios son muy elitistas y que la mayoría de las personas no les presta atención. Concedo la objeción. Pero, ¿cuántos norteamericanos leyeron en su tiempo The Independent Journal y los otros diarios de Nueva York que publicaron los Federalist Papers? La democracia supone la existencia de élites. Siempre ha sido así y seguirá siendo mientras exista democracia representativa. Esto sucede por definición, ya que actuamos a través de representantes, pero funciona mejor si, junto a ellos, existe una opinión pública informada, que ojalá sea lo menos minoritaria posible.

Para que la democracia funcione bien deben darse ciertos supuestos, y entre ellos está ese espacio de racionalidad que ayudan a formar los medios. Si son serios, ellos imponen a las élites la necesidad de argumentar y de hacerlo de una manera compatible con la amistad cívica. Gracias a él los errores pueden corregirse con prontitud, si hay buena voluntad de las partes.

Sin embargo, los chilenos no parecemos darnos cuenta de todo esto. Queremos tener una riquísima discusión pública, pero no estamos dispuestos a pagar un par de suscripciones a medios de prensa. Observamos la crisis de la democracia y las dificultades de la prensa como si fuera algo semejante a los malos resultados de Deportes Copiapó en la primera división del fútbol chileno. ¿Cómo juzgarían don Andrés Bello o Gabriela Mistral nuestra frívola indiferencia?

Parece que no comprendemos que el amor a la democracia es, como todos los amores, un cariño exigente. Si no correspondemos a él, nos encontraremos con que ese sueño puede ser seguido de un despertar muy amargo.

Joaquín García Huidobro