Lo ocurrido en Calama volvió a instalar con fuerza la discusión sobre seguridad escolar. Frente a una tragedia así, lo urgente aparece de inmediato: reforzar accesos, revisar protocolos, exigir control, dar señales visibles de reacción. Todo eso puede ser necesario. Pero el problema comienza cuando confundimos lo urgente con lo importante.
Lo urgente exige respuesta inmediata. Lo importante, en cambio, exige visión, prioridad y trabajo sostenido. Y en Chile, demasiadas veces la convivencia escolar y la salud mental quedan relegadas justamente a ese lugar.
Se las reconoce en el discurso, pero no se las trata como un eje estratégico de prevención. Se habla de bienestar, de convivencia y de salud mental, pero a la hora de definir prioridades institucionales, recursos y capacidad de respuesta, siguen llegando después.
Ese es el error de fondo.
Porque cuidar la salud mental también es prevenir. Es detección oportuna, adultos disponibles, equipos de apoyo, canales de alerta y comunidades educativas preparados con capacidad real de actuar antes de que el sufrimiento escale. Y también es reparar, porque después de un incidente grave no solo hay consecuencias inmediatas: hay miedo, pérdida de seguridad en toda la comunidad educativa, en las familias que confían en una escuela no solo como un lugar de aprendizaje.
Por eso, reducir la discusión a medidas visibles de control puede ofrecer una respuesta rápida, pero no resuelve lo importante. Un establecimiento no se protege solo impidiendo el ingreso de un objeto. También se protege cuando cuenta con prevención, detección, apoyo y presencia adulta capaz de sostener a tiempo.
Después de Calama, Chile necesita atender lo urgente. Pero sería un error volver a postergar lo importante. Porque cuando lo importante se abandona demasiado tiempo, termina reapareciendo del peor modo: convertido en urgencia. (El Líbero)
Jacqueline Deutsch
