Hechos recientes, como la languideciente candidatura a secretaria general de la ONU de Michelle Bachelet y la reaparición en la escena política de Gabriel Boric, vuelven a plantear una pregunta que la izquierda, por incomodidad y cercanía, no se ha atrevido a discutir y es la que plantea directamente el título de esta columna. Fraternalmente, desde la vereda opuesta, me permito aportar algunas ideas al respecto.
Hay razones para que alguien se plantee alternativas tan polares. Gabriel Boric tiene ciertamente atributos políticos, no se llega de lo contrario de la dirigencia estudiantil al Parlamento y luego a la Presidencia de la República en tan poco tiempo. En primer lugar, está su simpatía. Excepto cuando se enoja (generalmente con periodistas) es capaz de comunicarse con sencillez con la gente. Ahora, esa simpatía puede convertirse en desfachatez para una fracción importante de la población, cuando se le pasa la mano y pretende presentarse como un par de la mayoría de los chilenos, ignorando los privilegios que su carrera política le ha traído en abundancia. Otro de sus atributos es su oportunismo, sí, en política es atributo. Quizás su momento clave fue esa noche del 15 de noviembre de 2019 cuando firmó el Acuerdo por la Paz y una Nueva Constitución, a título personal como diputado y a contrapelo de la militancia del Frente Amplio. Su mezcla de instinto y astucia fue fundamental en ese momento, porque la gente lo vio, con razón o sin ella, como parte de la solución, no del problema lo que no ocurrió con comunistas y frenteamplistas que se opusieron al acuerdo, pero terminaron por apoyar a Boric en su aventura presidencial. Al final, como un karma, la Constitución terminó siendo clave en el fracaso de su gobierno
Como todos, Gabriel Boric tiene también defectos. El primero es su tendencia a la impostura, su facilidad para representar un papel que no se condice con su verdadera esencia. Hay algunas cuestiones de poca monta, como eso de posar de culto, con un libro en la mano y presumiendo con ello y luego equivocarse groseramente al confundir a un célebre poeta clásico con un pintor. También están sus vaivenes entre una posición moderada, presentándose como un socialdemócrata y después defendiendo las ideas radicales en política como lo hizo recién en Montevideo. Y está su egocentrismo, esa mezcla de egoísmo y vanidad que lo hace aparecer desleal con sus colaboradores cuando pretende siempre salir bien parado de toda situación y ha llevado a quienes han sido cercanos a calificarlo en los peores términos (pregunten si no a la senadora Cariola). Ello puede haberle pasado la cuenta en la última elección del Frente Amplio, donde fue derrotada la lista de sus más cercanos.
Sin embargo, lo que podría hacerlo merecedor del duro epíteto de sepulturero es la facilidad con que puede hacer caer, con o sin intención, a líderes de la izquierda. La candidatura de Michelle Bachelet a la ONU, sin haber asegurado en Chile ni en el extranjero apoyos que la convirtieran en una candidata competitiva, puede ser un injusto final para la carrera política de la ex Presidenta. Todo por montarle una trampa al Presidente Kast, que tuvo la personalidad suficiente para no caer en ella, y poner las cosas en su lugar: la izquierda, encabezada por Boric, fue la que armó este enredo y debe salir de él. El ex Presidente, con sus reiterados y ridículos desafíos a Donald Trump, con poder de veto en la elección de secretario general de la ONU, le dio un verdadero abrazo del oso a Michelle Bachelet.
La carrera política de Boric y el Frente Amplio siguió la clásica receta de matar al padre, para lo cual había que desprestigiar a la Concertación. La movida más importante en ese afán fue la defenestración de Ricardo Lagos en las elecciones presidenciales de 2017, cuando el Partido Socialista decidió apoyar a Alejandro Guillier (alguien se preguntará quién es). Si bien el operador principal fue Álvaro Elizalde del mismo PS, la cercanía de Boric con quien después fuera su ministro de la Secretaría General de la Presidencia y de Interior dice mucho.
Pero la actuación de Boric más lamentable para la izquierda fue su destrucción del mito de Allende. Su afán de hacer un enorme despliegue de propaganda para la conmemoración de los 50 años del golpe militar, intentando volver a poner a los chilenos unos contra otros (en circunstancia que la mayoría no tiene siquiera recuerdos de esa fecha) resultó un completo fracaso. Su reivindicación del llamado “estallido social” y la violencia que ha asolado al país por años luego de éste y que parece haber impregnado nuestro país, llevaron a la mayoría a mejorar su valoración del gobierno militar y de las administraciones de Sebastián Piñera, según consignan las encuestas. Por otra parte, varias publicaciones de destacados autores y políticos protagonistas durante el gobierno de la Unidad Popular coincidieron en que el gobierno de Salvador Allende había sido un fracaso político, sin perjuicio de mantener respeto y admiración hacia el fallecido ex Presidente por su trágico final.
Dicen que no hay muertos en política. Algunos analistas, como Eugenio Tironi, llegan a provocar “cringe” con su cuasi-canonización de Gabriel Boric. Un gobierno de José Antonio Kast que no satisfaga las expectativas de la gente podría darle un nuevo aire a quien lucha por hegemonizar el liderazgo de la izquierda, donde tiene rivales, pero también está Parisi. Falta mucho tiempo, pero de verdad, en buena, Gabriel Boric podría ser merecedor de una medalla por servicios prestados a la derecha por su habilidad para destruir liderazgos de izquierda y cambiar las preferencias de la población chilena hacia ideas de derecha. (El Líbero)
Luis Larraín
