Sin embargo, lo relevante no es solo cuánto baja la pobreza, sino por qué baja. Los datos muestran que esta reducción no se explica por una recuperación del ingreso del trabajo, sino por el aumento sostenido de subsidios y transferencias estatales. Hoy, muchos hogares no logran sostenerse únicamente con su empleo. No es falta de esfuerzo individual, sino un mercado laboral marcado por informalidad, inestabilidad y bajos salarios, y donde la desigualdad en los ingresos del trabajo sigue siendo elevada.
En ese contexto, hay una buena noticia que vale la pena destacar. Pese a un mercado laboral más desigual, la desigualdad total muestra una leve disminución, explicada en buena medida por el efecto de la PGU. Se trata de una política permanente que ha tenido un impacto real y sostenido en los ingresos de las personas mayores, demostrando que cuando las políticas públicas son estructurales y estables, sí pueden corregir brechas relevantes.
Los subsidios cumplen un rol indispensable: contienen la pobreza y amortiguan la fragilidad social. Pero no deberían reemplazar al trabajo como principal fuente de seguridad y proyección. En ese sentido, son una solución transitoria, que no construye futuro y que, por lo mismo, no debería dejarnos tranquilos. La Casen 2024 no muestra un país que haya resuelto sus problemas de fondo, sino uno que se sostiene, que resiste, a expensas de unas arcas fiscales cada vez más exigidas.
Mientras el trabajo formal no vuelva a ser un verdadero camino de estabilidad, la pobreza podrá seguir bajando en las estadísticas, pero la fragilidad seguirá instalada en la vida cotidiana. Y esa es una cuenta que, tarde o temprano, siempre se paga.
Por todo lo anterior, ahí debe estar el énfasis del próximo gobierno, y no tenemos duda de que así será. (El Mercurio Cartas)
Karla Rubilar; Felipe Kast;
Sebastián Sichel; Alfredo Moreno;
Joaquín Lavín; Cristián Monckeberg;
Sebastián Villarreal; Alejandra Candia;
Andrea Balladares; Soledad Arellano;
Blanquita Honorato; Carol Bown



