Hay realidades que, por incómodas, tendemos a eludir en el análisis geopolítico y también estratégico. Una de ellas es que las actuales tensiones entre Estados Unidos y China no son parte de una tormenta pasajera, sino el nuevo clima en el que América Latina deberá convivir durante décadas. Y otra, aún menos reconocida, es que la incertidumbre no perturba solo a los países menos adelantados, también desconcierta a las potencias.
El gobierno de EE. UU. ha desplegado su estrategia de “máxima presión” desde una posición de víctima por las malas decisiones de gobiernos pasados y, a la vez, como el redentor frente a un mundo occidental descarriado; puede tener razón, pero, con ello su capacidad para imponer lealtades a mediano plazo se estrecha a medida que todos se protegen y el mundo se fragmenta. China, por su parte, replantea su posición desde la distancia, no desde la supremacía, pero igual ejerce su poder, y lo hace basado en la evidencia de que sus megaproyectos pueden naufragar en la frágil institucionalidad latinoamericana, sabiendo que una región inestable tampoco le conviene. Ambas potencias, con todo su poderío, caminan por territorios difíciles donde lo que hoy puede parecer o ser un éxito podría ser la antesala de un tropiezo o de un episodio inesperado.
En un horizonte de mediano y largo plazo, emerge una tercera realidad que ciertamente los analistas profesionales de EE. UU. y China deben reconocer. Vivimos en un clima de presiones y conflictos donde la posibilidad de un evento disruptivo ya sea una escalada militar imprevista, un colapso financiero en cadena, una crisis migratoria, una emergencia sanitaria, o un evento climático de dimensiones insospechadas, son fantasmas que puede alterar cualquier cálculo. Es cierto que poco sabemos dimensionar su probabilidad, pero sería ingenuo ignorar su posibilidad, y esto puede afectar a todos casi por igual.
En este panorama, la fortaleza de América Latina reside en alejarse por el momento de la ilusión de una postura común, o de supuestos alineamientos. Asimismo, en que los países traten de distanciarse de la respuesta binaria o de asumir compromisos acríticos inspirados por el miedo o por un simplismo llevado al extremo. Reside, más bien, en evitar la sobrerreacción, en diversificar vínculos, en dosificar la intensidad de la respuesta según los particulares intereses, pero, siempre atentos a los puntos de encuentro. Esta disposición podría hacer posible encontrar espacios de articulación bilateral y multilateral. La estrategia y la diplomacia posibilitan hallar espacios intermedios, y evitar hipotecar el futuro en los primeros embates.
Lo que se juega en esta parte del planeta no es solo un mercado de 650 millones de consumidores potenciales. El conjunto de nuestros países alberga activos que convierten a la región en una pieza indispensable de la geopolítica de siglo XXI. Basta observar la posición geográfica respecto de Estados Unidos, con una frontera de más de 3.000 kilómetros con México o la cuenca amazónica cuya estabilidad climática afecta al planeta. Y qué decir de las reservas de agua; de los pasos interoceánicos; de los minerales críticos para la transición energética, con recursos de relevancia estratégica global: Bolivia, Argentina y Chile con sus reservas de litio; Chile y Perú con el cobre; y Brasil concentra enormes reservas de níquel y tierras raras, entre otros recursos y capital territorial. Y, en otro plano, con relaciones históricas con Europa, y en los últimos años con India, y diversos países del mundo.
Pero, también en nuestro escenario están presente grandes vulnerabilidades y una alta incertidumbre, tales como, la polarización política, fragilidad institucional, inseguridad, y espacios donde el crimen organizado ejerce abiertamente su poder. Esto también debe estar presente en el análisis, ya que las respuestas binarias pueden transformarse en un desastre para la convivencia y la resolución de los problemas que nos aquejan. Los dos gigantes de estas décadas tienen intereses y también pueden estar apremiados, pero, su verdadero negocio no es andar amenazando a los que parecen más débiles. También enfrentan problemas muy complejos. Nosotros dependemos de ellos en gran medida, y nos ofrecen posibilidades ciertas que aportan a nuestros propios intereses y necesidades. Sus estilos y aproximaciones son distintas, y sin duda son difíciles de abordar, así y todo, la prudencia y la buena estrategia pueden ayudarnos a salir del paso tratando de dosificar las respuestas con un sentido político y estratégico, a lo menos de mediano plazo. (Red NP)
Dr. José Miguel Piuzzi C.
Director Defensa21 Latam
