Durante siglos, las autoridades han enfrentado las grandes crisis sociales recurriendo a un diagnóstico recurrente: reducir el conflicto político a un problema de orden público. Esa es la tesis que atraviesa un recorrido histórico que conecta la Revolución Francesa, las revueltas obreras del siglo XIX, la Comuna de París, las protestas de Chicago y el estallido social chileno de 2019, reflexiona Alberto Mayol en un reciente ensayo publicado por Bio Bio.
El relato muestra cómo, una y otra vez, los gobiernos privilegiaron la explicación centrada en el vandalismo, las incivilidades y la acción de agitadores, dejando en un segundo plano las condiciones económicas, sociales y políticas que alimentaban el descontento. El alza del precio del pan, el hambre, la desigualdad, el desempleo o la ausencia de representación fueron presentados como factores secundarios frente a la necesidad de restablecer el orden.
La toma de la Bastilla, por ejemplo, aparece descrita como un simple ataque a una fortaleza con apenas siete prisioneros en su interior, mientras las autoridades llamaban a no extraer conclusiones políticas apresuradas. Sin embargo, el tiempo demostraría que aquel episodio marcaría el inicio del derrumbe de una monarquía y de una transformación que modificaría el rumbo de Europa.
La misma lógica se repite en las jornadas obreras de 1848, cuando las barricadas fueron interpretadas como la acción de las llamadas “clases peligrosas”, una categoría que permitía explicar la violencia sin abordar el desempleo masivo ni la exclusión social. La represión logró restablecer el orden, pero no resolvió las causas que originaron el conflicto.
La narración avanza hacia la Revolución Francesa más radical, donde incluso quienes hablaban en nombre del pueblo terminaron persiguiendo a otros revolucionarios bajo la convicción de representar la única voluntad legítima. El resultado fue una espiral de violencia que culminó con el ascenso de Napoleón Bonaparte, quien ofreció una síntesis entre orden y cambio, recogiendo parte de las transformaciones revolucionarias mientras clausuraba sus excesos.
La historia vuelve a repetirse en la Comuna de París y en los sucesos de Haymarket, en Chicago. En ambos casos, la atención pública se concentró en los actos de violencia y en el deterioro del espacio urbano, mientras quedaron relegadas las demandas por mejores condiciones de vida y jornadas laborales más humanas. Paradójicamente, años después muchas de esas reivindicaciones fueron incorporadas por los propios Estados como conquistas sociales.
El recorrido concluye con las protestas ocurridas en distintos países durante 2019, entre ellas el estallido social chileno. Las imágenes de incendios, saqueos y destrucción dominaron la agenda pública, mientras la discusión sobre las causas estructurales quedó subordinada al debate sobre seguridad. La simultaneidad de movilizaciones en numerosos países sugiere, según esta interpretación, que los fenómenos históricos trascienden las explicaciones centradas exclusivamente en el orden público.
La reflexión final plantea que las grandes transformaciones políticas suelen comenzar siendo interpretadas como episodios de delincuencia o vandalismo. Solo con el paso del tiempo adquieren el carácter de procesos históricos capaces de modificar instituciones, sistemas políticos y relaciones sociales.
Desde esa perspectiva, Alberto Mayol propone mirar los conflictos contemporáneos con una pregunta distinta: si detrás de cada crisis catalogada como un problema de seguridad no estará actuando, en realidad, una transformación social mucho más profunda cuya comprensión exige observar las causas antes que únicamente sus manifestaciones. (NP-ChatGPT-Bio Bio-Alberto Mayol)
