Una semana atrás los alcaldes de Maipú y Providencia hicieron surgir un brote primaveral en nuestra política invernal. Como una temprana flor, siendo uno “de izquierda” y el otro “de derecha”, tuvieron el coraje y la sabiduría de expresar sus preocupaciones por temas que nos afectan a todos y que no pueden ser abordados sino con grandes acuerdos que se mantengan por muchos años.
Porque volver a hacer que los niños de los colegios públicos y municipales aprendan a leer, que comprendan lo que leen, que sepan hacer operaciones matemáticas básicas, que entiendan y respeten las reglas que nos hacen funcionar civilizadamente, no es tarea corta. No lo logra un gobierno, no puede hacerlo la mayoría de un Congreso.
La propuesta de Jaime Bellolio y Tomás Vodanovic es a la vez simple y difícil. Tan simple como, sin desconocer y ni dejar de ser quienes son, reconocer que hay preocupaciones “nuestras” que también son “suyas”, de los otros, y que nos necesitamos todos para lograrlas. Sí, horror de horrores, se atrevieron a decir que alguien de izquierda puede darse la mano y trabajar en algo de interés común con alguien de derecha. Botado de fácil, dirá usted, lector normal que lleva años esperando para ver este mínimo sentido común entre nuestros líderes políticos.
La dificultad estriba, sin embargo, precisamente en ese “nosotros” y los “otros”.
La historia humana se ha construido sobre la base de organizarnos en grupos para lograr todo tipo de objetivos comunes. Algunos de supervivencia, tales como construir un muro de protección en torno a una aldea neolítica o establecer las fronteras de un país y lograr su independencia.
Algunos son objetivos más bien livianos, como constituir un equipo de 11 jugadores vestido de blanco que se dedican a patear una pelota para meterla en el arco de otro grupo que se organizó su equipo de azul que intenta hacer lo mismo, pero al otro lado de la cancha.
Muchas veces son objetivos loables, como juntar donaciones para llegar a construir escuelas y casas luego de cada terremoto, tsunami o incendio, como lo hace Desafío Levantemos Chile. Otras veces son propósitos deleznables, como los que salieron una mañana de octubre con bidones de bencina a quemar estaciones del Metro.
Buenos o malos, pequeños o magníficos, todos los actos en sociedad requieren ese trabajo común. Esas comunidades se construyen distinguiendo entre los que están en ellas y los demás. Y es natural que así sea, porque según el objetivo que se busque es útil esa separación.
Si un alcalde quiere construir una plaza en una comuna, llamará a los vecinos de esa comuna, no tiene sentido que convoque a vecinos de otra comuna. Si un partido político quiere influir y lograr que sus ideas se conviertan en realidad, tiene que hacer que algunos de sus candidatos triunfen en las elecciones y lleguen al Congreso, a los ministerios, no tiene mucho sentido que abogue por los de “otros” partidos.
¿O quizás sí lo tiene?
A veces sí. Cuando un partido no tiene fuerza suficiente, para lograr hacer política requiere aliarse con otros, con los que sean afines para, por ejemplo, gobernar un país con un programa común. En esos casos puedo renunciar a tener un candidato en un distrito y apoyar al de otro partido aliado, esperando reciprocidad en otra parte donde mis candidatos puedan tener mejores opciones.
Hinchas de Colo Colo y la U pueden estar juntos y contentos martillando mientras construyen una mediagua para quien perdió su hogar en una inundación.
¿Cuál es el problema entonces?
Creo que en Chile el camino de ampliar el grupo del nosotros para incluir a los otros se perdió cuando dejamos de entender que estamos juntos en un partido más grande. Cuando un hincha de un equipo está dispuesto a apalear al hincha del equipo contrario solo por eso, por llegar con una polera azul; cuando se deja de ver que no existe el fútbol de un solo equipo, que no se gana si a veces no se pierde. Que no se puede ser hincha de Colo Colo sin que existan hinchas de la U.
Por treinta años fuimos capaces de jugar en una cancha y con reglas en las que nuestros líderes entendían que todos se necesitaban para sacar a Chile de la pobreza, para darles oportunidades a quienes nacían, para acoger a los ancianos desvalidos, para educar a más jóvenes que pudieran aportar como ingenieros, médicos, profesores o arquitectos. Las mayorías no aplastaron a las minorías, no los odiaron ni quisieron exterminarlos, conversaban con respeto.
Pero de pronto vino otro liderazgo. Uno que reflotó el lenguaje del odio. La derecha pasó a ser los fachos, la izquierda pasó a ser zurdos c…. Se construyó identidad política a partir de buscar terminar con el otro, algo por lo que ya habíamos pasado, con funestas consecuencias. Y a ese leguaje odioso resulta que le fue bien en las elecciones. Tuvo una mayoría arrolladora en la primera constituyente. Luego le fue muy a los del otro extremo en la siguiente convención constituyente. Eficaz para llegar, no para entregar. Porque su trabajo fue justamente ese, el de no vernos a todos, sino que solo al respectivo nosotros.
Así seguimos. Unas semanas atrás el PC nos dijo que ratifica todos sus dogmas y que luchará por ellos. Nos informó una vez más que los cubanos disfrutan una democracia especial. El FA nos sorprendió con su pueril entusiasmo por terminar con el capitalismo, sin tener idea de con qué reemplazarlo.
La derecha más dura no se queda atrás. Nos propone un cambio constitucional que, si hubiera sido propuesto por la primera constituyente, los habría tenido enardecidos gritando que era un atentado contra la democracia. Quieren obligar que una mujer que tiene en riesgo su vida, o que sabe que al cabo de su embarazo el bebé no sobrevivirá, escuche los latidos del corazón del feto antes de terminar el calvario de ese embarazo.
Siempre ha habido liderazgos así, radicales y fanáticos. Amigos de la violencia, rápidos en imponer sus ideas sin transar. En sus mentes, el que lo hace es cobarde o traidor.
Por eso es importante apoyar lo que valientemente hicieron Vodanovic y Bellolio, lo que antes hicieron Paulina Navarrete y Paulina Vodanovic. Líderes que se dan cuenta que hay tareas que requieren un nosotros más grande que el propio. Uno que se construye buscando acuerdos con otros con los que es posible seguir jugando el partido largo.
Siendo un país pequeño, necesitan esos líderes frente a un mundo en que debemos enfrentar el cambio climático, en que grandes países promueven guerras y destrucción, donde el derecho de pueblos enteros muere bajo bombas, junto con las reglas de una humanidad mejor que teníamos después de la segunda guerra mundial.
En momentos donde millones de personas verán su sustento desaparecer cuando la IA se imponga, se necesitan liderazgos que busquen trabajar por un nosotros mucho más grande, que envuelva a todos los chilenos en esa alegría que nos hace cantar juntos cuando la selección nacional mete un gol y gana un partido. (Ex Ante)
Ricardo Escobar
