El informe del X Pleno del Comité Central del PC reconoce una “dura derrota” en el plano presidencial “fundamentalmente, porque ha triunfado una opción de ultraderecha”. Su objetivo es claro: impedir “que se proyecte más allá de un período”. Para ello se autoexigen “una evaluación honesta, crítica y autocrítica”. A renglón seguido constatan la existencia de un nuevo clivaje político, pueblo versus élites, que las candidaturas de Kast, Kaiser y Parisi habrían sabido capitalizar. Cabe preguntarse, si los partidos de la derecha tradicional hicieran el mismo ejercicio de autocrítica, diagnóstico y estrategia, ¿cuáles serían sus reflexiones? Comencemos por la autocrítica.
La historia de sus errores y fracasos tiene dos efectos profundos para el devenir de nuestro país. Por una parte, culminó con el quiebre del consenso hegemónico en torno al valor de la democracia constitucional, el mérito, la libertad y la responsabilidad individual y, por otra, con la entrega del poder a la izquierda antidemocrática tras un golpe de Estado (el 18-O). En su ejercicio de autocrítica la derecha tradicional tendría que reconocer que su primer paso en falso fue en 2008 cuando apoyaron la introducción de un Pilar Solidario financiado con impuestos generales dentro del sistema de capitalización individual. Desde entonces el Estado entró de lleno al sistema de pensiones (Ley 20.255) y el principio de responsabilidad individual en que fundaba su legitimidad fue resquebrajado abriendo la puerta a lo que posteriormente cristalizaría en la propuesta de un modelo de Estado social y democrático con derechos jurídicamente garantizados. Gracias a Dios, los chilenos lo rechazamos en los dos plebiscitos constitucionales.
El segundo hito ocurrió un año después cuando, tras la «Revolución Pingüina», se derogó la Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza (LOCE) y reemplazó por la Ley General de Educación (LGE). Ese fue el fin de la selección y de la meritocracia y el comienzo de un proceso de burocratización de la enseñanza que tiene a profesores y directores sumidos en la tarea de responder a los fiscalizadores estatales en lugar de abocarse a los estudiantes. En paralelo, transaron sus principios permitiendo la desacralización del valor de la vida con la píldora del día después y del aborto, además de la pulverización del concepto de familia con el matrimonio “igualitario” y, más recientemente, la desacralización de la infancia con la Ley de Género. ¿El resultado? Un país con fecha de defunción. Estamos ante el triunfo de la agenda de despoblación de las élites globalistas. A quien necesite más información sobre este tema le sugiero leer el último libro de Agustín Laje, Globalismo, ingeniería social y control total en el siglo XXI. Pero continuemos con la autocrítica.
En 2012 el Presidente Piñera subió los impuestos a las empresas del 17% al 20%, además de aprobar un sistema de bonos bajo el paraguas del Ingreso Ético Familiar desincentivando la búsqueda de empleo. En consecuencia, no podemos extrañarnos por la importación de inmigrantes ilegales con la venia de ciertos sectores políticos y productivos. Dos años después vendría la reforma tributaria y el fin del FUT, la reforma laboral (2016), la Pensión Garantizada Universal y la reforma de pensiones con el escandaloso préstamo obligatorio de los ciudadanos al Estado. Sobre el tamaño de nuestro Leviatán en 2013 se crearon dos nuevos ministerios, de Desarrollo Social y Deporte. Más tarde se sumarían el de Seguridad, Ciencia y Tecnología, Mujer y Cultura. En resumen, gracias a la iniciativa y apoyo de la derecha tradicional, Chile, con 20 millones de habitantes tiene siete ministerios más que Alemania (17), con 84 millones. En síntesis, el Estado se ha convertido en el botín de la casta política y esta es, precisamente, una de las causas fundamentales del hastío ciudadano.
Pero no solo estamos cansados del despilfarro a costa de nuestra expoliación. El desmantelamiento de la institucionalidad jurídica ha tornado imposible la convivencia laboral, familiar y ciudadana. Todo comenzó con una Reforma Procesal Penal de corte marxista que creó defensoría de criminales, pero no de víctimas y se consolidó con la Ley Zamudio y la introducción de la perspectiva de género en la médula espinal del Estado de Derecho quebrando el principio de igualdad ante la ley. Hoy, por ejemplo, no existe el derecho a la presunción de inocencia de los hombres. En la práctica y de manera absolutamente antidemocrática la igualdad sustantiva ha reemplazado a la igualdad formal y hemos avanzado hacia la interseccionalidad, pilar de la ideología woke, que los chilenos rechazamos en los dos procesos constitucionales. ¡Y es que a la derecha no le bastó con entregar nuestra Constitución una vez!
Podríamos seguir con la autocrítica y hablar de la sesión de soberanía con la firma de la Agenda 2030, del Pacto Migratorio de Marrakech y del Acuerdo de Escazú. Pero es tiempo de pasar al diagnóstico. Lenin preguntaría: ¿qué hacer? Si los comunistas tienen razón y el clivaje es pueblo versus élite, ¿cómo podría la derecha tradicional aportar a un gobierno de emergencia? Asegurándose de que los amigos de la primera línea no tengan ni una sola posibilidad de repetir el 18-O ni de volver al gobierno. ¿Cómo? En lo inmediato, denunciando la ley de amarre por ser un medio de captura del Estado que, de aprobarse, neutralizaría la capacidad del próximo gobierno para implementar su agenda. Además, debe impedir por todos los medios que avance el proyecto de negociación ramal y la introducción de la ideología de género en los currículums escolares. En el mediano plazo debiera avanzar reformas al Poder Judicial, Fiscalía, INDH y la revisión de tratados como el convenio 169 que quiebran el principio de igualdad ante la ley. Finalmente, en el largo plazo, podrían tomar en sus manos los dos proyectos de nueva Constitución rechazados y apoyar la derogación o modificación de toda ley que contravenga el veredicto popular. Los chilenos rechazamos la propuesta política, institucional e ideológica del progresismo fundada en ideología de género y climática, wokismo, globalismo, plurinacionalidad, interseccionalidad, etnomarxismo y feminismo. Solo así podremos proyectar un futuro próspero y decirle definitivamente adiós a Gabriel. (El Lïbero)
Senadora (e) Vanessa Kaiser



