En una extensa columna, Alberto Mayol expone la reciente tesis sobre la deformación del liberalismo económico que explica por qué el mercado ha dejado de ser ese sistema matemático y autónomo que prometió el siglo XX. Según el analista, no estamos ante el surgimiento de una ideología que reemplace al capitalismo, sino frente a una mutación interna donde la política ha vuelto a “secuestrar” a la economía. Para el autor, el mundo ya no se puede leer a través de balances financieros, sino a través de relaciones de poder y flujos estratégicos.
Durante décadas, el capitalismo liberal tardío se sostuvo sobre ese delicado equilibrio entre un núcleo matemático y una periferia relacional controlada. Pero ese equilibrio ha colapsado. No por un simple exceso de lobby o por la hipertrofia del marketing (aunque hay algo de eso), sino porque las escalas de disputa económica cambiaron radicalmente.
En el nuevo escenario del siglo XXI, la información puramente económica perdió capacidad explicativa. Comprender el funcionamiento real del sistema comenzó a exigir una lectura integrada de dimensiones políticas, tecnológicas, sociales, culturales y geopolíticas. La economía dejó de ser un subsistema autónomo y volvió a constituirse como un campo de poder total, algo que recuerda, aunque de manera profundamente distinta, a las lógicas de la época imperial.
Mayol sostiene que figuras como Donald Trump, Xi Jinping y Vladímir Putin, aunque antagónicas, comparten una misma dirección: el desprecio por las reglas impersonales. El autor introduce el concepto de “vectores” para explicar cómo estos líderes empujan al sistema hacia la discrecionalidad. Mientras Xi ejerce una soberanía estructural silenciosa, Trump desinstitucionaliza el mercado desde dentro, convirtiendo los tratados comerciales en meras fichas de una negociación personal y transaccional.
Donald Trump no llega para sustituir el orden liberal por otro, sino para volverlo inestable desde dentro, para demostrar que aquello que se presentaba como neutral, técnico y reglado dependía, en último término, de voluntades políticas que habían aprendido a ocultarse tras procedimientos.
Uno de los puntos más agudos de su columna publicada por Bio Bio, Mayol aborda la relación entre el “rico soberano” y el “rico patrimonial”. El autor utiliza los nombres de Mohammed bin Salman y Elon Musk para ilustrar esta simbiosis contemporánea.
Mohammed bin Salman no es simplemente un príncipe rico ni un gestor estatal convencional. Su poder se asienta en una soberanía híbrida donde Estado, familia y capital se confunden deliberadamente. No posee billones de dólares como patrimonio privado, pero decide sobre ellos. Musk, a pesar de su inmensa fortuna, depende de infraestructuras y capitales soberanos para operar a escala global. En este escenario, la riqueza ya no es un stock acumulado en una cuenta bancaria, sino la capacidad de decidir, bloquear o habilitar flujos en una red donde el mercado ya no tiene la última palabra
Desde esta perspectiva, el liberalismo económico no es derrotado por un modelo alternativo, sino desplazado por una suma de vectores que lo erosionan desde ángulos distintos. Xi Jinping ejerce un vector de soberanía estructural: no necesita intervenir constantemente en el mercado, porque su poder reside en la posibilidad permanente de hacerlo. El vector no es la planificación central, sino la latencia soberana. Vladimir Putin activa un vector distinto, más visible y menos abstracto. Aquí el vector se expresa como coerción estructural: la economía avanza, pero siempre dentro de un campo de fuerzas donde el centro soberano puede castigar, bloquear o redistribuir. Donald Trump introduce un vector de otra naturaleza. No suspende el mercado ni lo subordina formalmente al Estado, pero lo desinstitucionaliza. Las reglas dejan de ser marcos impersonales y se transforman en objetos negociables. El vector aquí no es la planificación ni la coerción, sino la disolución de la regla como principio ordenador, reemplazada por la decisión y la negociación ad hoc.
Estos tres vectores no forman un sistema coherente. No constituyen una alternativa ideológica al liberalismo económico. Pero empujan en la misma dirección histórica: la pérdida de autonomía del mercado y la reinstalación de la decisión política como principio último de orden.
El liberalismo económico, concluye Mayol, no ha sido derrotado por un modelo alternativo coherente, ni reemplazado por una nueva ideología dominante. Ha sido, más bien, deformado progresivamente por fuerzas que lo atraviesan, lo tensionan y lo reconfiguran desde dentro y desde arriba. (NP-Gemini-Bio Bio)