La razón por la que los gobiernos evitan un cambio de gabinete antes de los seis meses es porque confiesan una falla mayor. El problema no reside en los que hicieron mal su trabajo, sino en el que los seleccionó para hacer una tarea para la cual no estaban capacitados.
Si un paso como este llega a materializarse al comienzo de una gestión, lo que viene tiene un mal pronóstico. Este nivel de desacierto supera el de cualquiera de los ocho gobiernos anteriores que hemos tenido desde la recuperación de la democracia.
Además, las fallas se produjeron en el núcleo del poder. Quienes llegaron a La Moneda se proclamaban expertos en seguridad y le entregaron el papel protagónico en esta materia a alguien relacionada con el área, pero no por eso menos novata en la dirección del Estado. El misterio no está en saber por qué la sacaron, sino cómo es que pudo llegar a ese puesto.
Quien triunfan en una elección presidencial por un buen desempeño en comunicaciones, dando la apariencia de conocer respuestas, le entregaría la vocería a quien tenía deficiencias básicas en esta materia. Se buscó no deslucir frente a la antecesora y el tiro salió por la culata.
¿Por qué pasa algo así? Por el criterio empleado para la selección del personal de primera línea y por el descarte del procedimiento principal a disposición.
Aunque sea abrumador reconocerlo, en la selección de la primera línea ha primado el “me tinca”, porque quien toma las decisiones no podía recurrir a otro método. Ha escogido a personas a su imagen y semejanza, es decir, en ausencia completa de experiencia en la gestión pública. Ser un buen conductor del Estado no es lo mismo que ser apto para competir por el poder, conocer de campañas, ni siquiera se asemeja a tener la experiencia de legislar.
El conocimiento de hacer que las cosas pasen va acompañado del reconocimiento de las personas que pueden hacer que pasen. Se puede saber mucho de un área y ser un inepto como ministro. Es más fácil que un buen gestor adquiera conocimientos técnicos (de los que carece en un principio), a que un buen técnico adquiere habilidades políticas de las que nunca había tenido noticia.
Llorar hace bien para desahogarse
Este es un gobierno que sabe de cosas, pero que no sabe calibrar la capacidad de las personas en acción, bajo múltiples presiones y en un ambiente de incertidumbre. La falla se ha encontrado siempre en la conducción y, si no se puede reconocer, es mejor guardar silencio que afirmar cosas que después se sacará a relucir una y mil veces en el futuro.
Por lo mismo, el tema nunca ha sido de elenco. Lo que se ha hecho es descartar el elenco capaz, probado y disponible que se tenía a mano. Se pasa hambre en medio de la disponibilidad de recursos por una opción asumida, no por fatalidad. En dos gobiernos anteriores, la derecha se armó de un equipo amplio que ya tiene muchas batallas en el cuerpo.
Lo lógico habría sido partir con los probados, en compañía cercana de los que se quería promover, dándoles tiempo para saber en qué se metieron. Pero eso implicaba un trabajo muy afiatado con los partidos de centroderecha y es la negativa a hacerlo lo que explica todas las escenas que nos han prodigado con posterioridad
Este es un gobierno que tiene a parte importante de su mejor personal afuera y a muchos inexpertos dictando cátedra sobre cosas que entienden a medias.
El cambio de gabinete tiene un par de aciertos importantes: reconoce que no se podía seguir con la inercia que se traía, porque implicaba un continuo desgaste, y confirma que la solución va de la mano de poner la habilidad y la experiencia política allí donde es más útil.
El cambio muestra también dos limitaciones: se produce ante una necesidad extrema, no como un modo habitual de comportamiento, y recurre a las mismas personas que ya se tenía como si la fatiga de material no existiera.
Sin ninguna duda, se está en una encrucijada. Kast puede optar por un cambio cosmético que se conforme con una mejor comunicación, lograr una gestión aceptable junto a una preocupación menor por los contenidos.
En cambio, Kast puede asumir un riesgo calculado: invitar a más participantes políticamente solventes a su círculo de confianza, asegurar una mejor relación institucional con la centroderecha, retomando los acuerdos transversales con perdurabilidad garantizada. Esta última opción va contracorriente, pero es la más fructífera que se tiene disponible.
¿Qué tal un poco de humildad?
Quienes tienen un mínimo de decoro en el oficialismo tienen que reconocer que han quedado en la peor de las posiciones. Los republicanos han querido aprender mandando desde la cúspide, que es el peor de todos los métodos.
Durante las semanas anteriores, si había una frase que se repetía hasta la extenuación, era aquella de “un gobierno no puede ser evaluado antes de los seis meses de gestión”. Tal parece que Kast no piensa lo mismo.
En efecto, eso suele ser así, a excepción de cuando hay una falla mayor de diseño. Si las cosas se están haciendo muy mal en el corazón del gobierno, seis meses pasan a ser una eternidad.
Tan grande era la falla que La Moneda no pudo evitar evaluarse y salir reprobado de este examen. Todo lo que han dicho se ha vuelto en contra y lo que han defendido no se pudo mantener por sus propios medios.
No hubo caso de esperar porque el paso del tiempo y la posibilidad de seguir acumulando estropicios hizo imposible demorar el cambio. Si el gobierno quiere tener un segundo aire que lo saque del pantano al que se metió por propio gusto, no había más que proceder a la cirugía mayor.
¿Quién volverá a disculpar las metidas de pata evidentes en la próxima ocasión? Han quedado todos descolocados, muy cerca del ridículo y lo saben, pero no pueden ser sinceros porque tendrían que hacerse cargo de las consecuencias que de ello se derivan y eso, simplemente, queda descartado.
Este es un gobierno en que las apariencias tienen una inusitada importancia, pero que no siempre ocultan un contenido, sino un perfecto vacío.
Ahora que el Ejecutivo quiere ganar un segundo aire tiene que asumir la tarea de gobernar poniendo a titulares en vez de a suplentes de los suplentes, a políticos a cargo de las tareas políticas y a gente probaba en vez de quienes vienen a hacer el curso de manejo. No se trata de la invención de la rueda, pero funciona. (El Líbero)
Víctor Maldonado
