Uno de los observadores más críticos del Ejecutivo en los últimos tiempos ha sido Óscar Contardo. A propósito de la entrevista del Presidente Boric en El País , el escritor lo describió como “un influencer de sí mismo”. Las fotografías que se dejó tomar en ese espacio, así como hitos anteriores -su portada en la revista Time o sus apariciones con lentes de sol y camisa arremangada en instancias formales- respaldan, en cierta medida, la opinión de Contardo. Nuestro Presidente es un promotor incansable de su postura intelectual y se nutre del aplauso de sus seguidores o, como dirían Los Prisioneros, de los “artesas y conscientes esnobs”.

Lo característico de una persona que vive para posar es su afán por exhibir sus propios activos. Los poseros son siempre los mejores apologetas de su supuesta genialidad. Actuar en silencio o alcanzar triunfos en privado les resulta insuficiente, pues su espíritu se alimenta de la aprobación ajena. Diversos pasajes de la mencionada entrevista en El País revelan algunos de estos rasgos en el Presidente Boric. Tras una fotografía a sus vinilos de Silvio Rodríguez y Pink Floyd en su casona del Barrio Yungay, se detiene a comentar que es “relativamente joven”. Y aunque eso pueda ser cierto, hay un trasfondo en sus palabras que surge desde la pose: no importa que sea padre, que supere los cuarenta años, que haya sido diputado o que tenga un gobierno a su cargo; lo fundamental para nuestro Jefe de Estado es seguir presentándose como novedad. Para el Presidente, ser joven significa algo importante para él: es la resistencia a pasar de moda, como les ocurrió a distintas figuras a medida que envejecieron. 

Todos tenemos conocidos que poseen esta necesidad sufriente de posar, de desvelarse por generar debate o influir en los demás. A muchos simplemente los dejamos ser: los encontramos graciosos y, a veces, los tratamos con cierta condescendencia. Pueden pasar los años y estas personas seguirán igual, mientras el resto termina por adaptarse a ellas. Sin embargo, la situación cambia cuando el Jefe de Estado es esclavo de ese afán de aparentar genialidad. En Boric, el posar y luego existir se traduce en una constante priorización de su imagen por sobre el cuidado del Estado. Su célebre conferencia de prensa en el caso Monsalve -en la que ofreció mostrar sus conversaciones privadas en el celular para que otros creyeran en su inocencia- o las múltiples ocasiones en que ha provocado a figuras como el presidente Trump, son ejemplos de lo anterior.

Porque para el Presidente no basta con ser una buena persona: su gran anhelo es que todos lo sepan y lo celebren. Si realiza una acción noble, siente un impulso irrefrenable por publicarla. Si abraza a un niño, su Instagram dará cuenta del momento. Lo genial siempre debe quedar registrado. Sus posiciones personales suelen alinearse con lo que se percibe como “bueno”, pues sabe que de allí emergen los aplausos. El Presidente siempre tiene que ser el más “humano”, no importa el costo. Eso provoca que las consecuencias de sus actos pasen a un segundo plano, ya que lo relevante es alimentar su imagen personal.

Al final, en la entrevista en El País, nuestro Presidente parece empeñado en convencernos de una tesis: la de su propia maduración. Después de afirmar que “el pueblo de Chile fue sabio” al rechazar los textos constitucionales, Boric declaró: “Yo puedo tener discursos incendiarios, encontrar antagonistas, prometer cualquier cosa, pero si la calidad de la vida no mejora, es irrelevante”. Pero nunca transparenta que ese proceso de maduración se realizó a costa del Estado: primero desde el Congreso y luego desde el Ejecutivo. ¿Es posible madurar sin autocríticas? ¿Es genuina la autocrítica si no se asumen las consecuencias de los actos? ¿Para qué afirmar que «no le gusta» hablar de su legado si toda su administración está desplegada comunicándolo? Esas son las contradicciones de alguien que actúa desde la pose. Nuestro Presidente es un esnob.  (El Líbero)

Álvaro Vergara