El espantajo que permitimos-Fernando Schmidt

El espantajo que permitimos-Fernando Schmidt

Compartir

El mundo que conocimos y moldeamos durante 80 años se acabó, y nosotros ayudamos a su destrucción. Las normas, el derecho y la cooperación colectiva pasaron a un segundo plano, mientras la fuerza, la creciente anarquía y la incertidumbre ocupan ese vacío.

El retiro de Estados Unidos de 66 entidades multilaterales es un golpe final. Ese país no es sólo la principal potencia militar, tanto tecnológica como financieramente (US$ 900 mil millones de gasto contra US$ 314 mil millones de China), sino que es el único actor con alcance político global. La economía norteamericana, por sí sola, representa casi un 27% del producto mundial. Salirse de estos organismos (muchos de los cuales ayudaron a crear) implica su debilitamiento; limita el alcance de sus decisiones; divide a los que permanecen. Washington pierde influencia ante las reglas que se aprueben a futuro, y los países que siguen deberán asumir las cuotas norteamericanas (entre US$ 8 y US$ 10 mil millones) así como emprender urgentes ajustes de gasto.

En términos comparativos, hacia 1920 -cuando EE.UU. se restó de la Sociedad de Naciones y no ratificó el Tratado de Versalles- el producto norteamericano equivalía a un 24% del global. Menos de lo que ese país pesa hoy. Poco después, Costa Rica y Brasil abandonaron la Sociedad.

A todos nos cabe alguna responsabilidad por el fracaso del sistema multilateral. Durante décadas no detuvimos su decadencia y contemplamos cómo los organismos se alejaban del objetivo para el que fueron creados. Salvo excepciones, resistimos hacernos corresponsables de su financiamiento, y se lo endosamos al mundo desarrollado, principalmente a EE.UU. Convertimos a muchas entidades en cajas pagadoras de lealtades políticas. Postergamos las reformas para estar bien con todos. Armamos un “lenguaje acordado” que lo repetimos en organismos o resoluciones duplicadas. En resumen, somos corresponsables de no haber sabido poner fin a la fiesta. Ahora es tarde.

No nos corresponde, creo, imitar irracionalmente a los norteamericanos sino hacer un ejercicio responsable que determine dónde deben estar nuestros intereses; en qué partes hay que hacer ajustes; cuándo aumentar nuestra contribución; con qué países hay que trabajar más coordinadamente y en qué sectores. Si tenemos que defender la CEPAL, a modo de ejemplo, tener claro por qué y, en caso necesario, ser capaces de aumentar el aporte para sustituir al norteamericano. Lo mismo cabe decir de la Convención Marco de las NNUU sobre Cambio Climático; de la Agencia Internacional de Energías Renovables (IRENA); del Foro Mundial sobre Migración y Desarrollo; del Foro Global contra el Terrorismo (GCTF), entre otros. No podemos seguir como estamos. Lo malo es que ha sido Trump el que vino a despertarnos.

El mismo Trump nos sacudió con la intervención norteamericana en Venezuela a pocos días de dada a conocer la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de EE.UU. En aquel documento explicitaban su interés nacional y anunciaban que concentrarían sus acciones en nuestro hemisferio. En Venezuela, estos elementos estaban vinculados a sus percepciones sobre amenazas y aspiraciones insatisfechas, como la destrucción del origen de la droga; la paralización del flujo de migrantes y su regreso; y el resarcimiento de sus acreencias petroleras. El objetivo final sería restaurar su preeminencia en la región, particularmente en la cuenca del Caribe y, ciertamente, negar a competidores extra-regionales la capacidad de hacerse de activos estratégicos venezolanos.

Con su intervención se consolidó el establecimiento de áreas de influencia que se gestaron por lustros. A fines del 2013, Beijing comenzó la construcción de islas artificiales y bases militares en arrecifes en el Mar del Sur de China para controlar la principal ruta oceánica que une el noreste y sureste asiático, oponiéndose a reclamos de Filipinas, Vietnam, Malasia y otros. En 2016, rechazaron el fallo de la Corte Internacional de Justicia que concluía que no había derechos históricos suyos sobre esos arrecifes; que estos no eran islas naturales y no daban lugar a una ZEE. Sin embargo, la ocupación sigue, junto a una ofensiva diplomática sobre el espacio geográfico circundante, especialmente en el Pacífico, Asia Central, el Índico y en los BRICS.

Rusia ha actuado con una visión similar en Ucrania desde el 2014, mucho antes de la actual guerra. Su mano se sintió en diversos conflictos desde comienzos de los 90 para preservar o incrementar su área directa de influencia, resguardando el imperio construido por los zares y Stalin. De allí la Comunidad de Estados Independientes (1991), que integran casi todos los que fueron parte de la antigua URSS; los conflictos de Chechenia (1999); Georgia (2008); Transnistria (latente desde 1991); Kazajistán (2022); Abjasia y Osetia del Sur (1992) etc. Si Washington pudo lograr recientemente un acuerdo entre Armenia y Azerbaiyán fue gracias a la “traición” de Putin a los armenios, considerados tradicionalmente un “protectorado” del Kremlin.

Esas potencias contravinieron principios fundamentales del derecho internacional, pero entonces los países firmantes de la dura condena a EE.UU. por Venezuela (Chile, Uruguay, Brasil, España, Colombia, México) tuvimos una posición tan cautelosa, tan neutral, tan temerosa, que en el fondo autorizamos la mayoría de las transgresiones. Ahora Washington también quebrantó el derecho, pero lo enjuiciamos con vehemencia y severidad ideológicas, de espaldas a lo que opina la mayor parte de la opinión pública latinoamericana sobre la extirpación de Maduro.

Olvidamos que se violó la soberanía popular venezolana cuando el usurpador se robó la elección del 2024 (y anteriores), acordada entre gobierno y oposición para salir de una crisis política de años. La dictadura quebrantó los derechos humanos de los venezolanos cuando persiguió, encarceló, silenció, mató o forzó al exilio a sus opositores e incurrió en crímenes de lesa humanidad. Transgredió todos los principios cuando forzó a cerca de 8 millones de personas a abandonar el país. Despreció la democracia cuando eliminó los contrapesos institucionales al poder y cooptó a las fuerzas armadas. Toleró las actividades de grupos criminales, creó colectivos armados, permitió las actividades del ELN y las disidencias de las FARC colombianas en su territorio.

En lo económico, las reglas del juego se vulneraron cuando el 2007 expropiaron el petróleo, lo que obligó a las empresas afectadas a recurrir a decenas de arbitrajes con resultados favorables, pero aún impagos. Solamente Conoco-Phillips registra un laudo que obliga a Venezuela a pagarle más de US$ 10.000 millones. El default de PSVSA ronda los US$ 30.000 millones y la deuda externa, a fines de 2024, representaba un 137% del PIB. Es decir, US$ 164.432 millones. ¡Un horror!

Sin embargo, el escándalo es que no quisimos hacer nada frente al desastre. Observamos cómo se desarrollaba la crisis y contemporizamos con Chávez y el propio usurpador. Recuerdo un almuerzo en la embajada de México en Brasilia, en marzo o abril del 2013 cuando -en presencia del ex Presidente Lagos, Enrique Iglesias y otros el Asesor Internacional de Planalto, Marco Aurelio García, defendió vehementemente la necesidad de que el sucesor de Chávez tenía que ser Maduro. El PT estaba directamente involucrado en la continuidad de la dictadura. Los demás callamos.

Lo que pasó entonces ya es historia, y los hechos protagonizados por EE.UU., tanto a nivel multilateral como regional, son un recordatorio de que ahora las reglas del juego mundial son otras y están dictadas por la fuerza del poder.

A mi modo de ver, corresponde ahora forjar una política exterior más cohesionada que nunca en lo interno, y una política de defensa que responda a un escenario global incierto. Debemos buscar unidad y no identidad ideológica, como advertía en una radio uruguaya mi amigo Guillermo Valles. Es fundamental fomentar la convergencia regional en todo orden, reconociendo las diferencias de aproximación de cada uno hacia el nuevo “hegemon” y a quien lo desafía. Debemos buscar, en paralelo, una nueva aproximación a la UE y la India. Sólo a partir de las fortalezas internas y regionales será posible hacer algún aporte para construir un nuevo orden regional y mundial, cuando llegue el momento. (El Líbero)

Fernando Schmidt