En la vida hay veces en que hay que elegir entre dos males. La historia nos da muchos ejemplos de ello.
Esta vez no fue la excepción.
Por una parte, aceptar que un tirano grotesco llamado Nicolás Maduro siga impune al mando de un país, sometiéndolo por completo —en nombre de una delirante revolución— al hambre, a la diáspora, a la falta de libertad.
Por otra parte, aceptar que un país más fuerte imponga sus propios términos, y que, al margen del derecho internacional, vaya tras el tirano y se lo lleve en pos de un interés comercial.
Un tirano versus el derecho internacional. El presente versus el futuro.
Dejar a Maduro, propiciando la salida consensuada, era una quimera. Apelar a la libre determinación de los pueblos, al diálogo, a que “sean los propios venezolanos quienes resuelvan” es simplemente —parafraseando al inspirador del chavismo, Simón Bolívar— “arar en el mar”. Podrían pasar los 70 años de la revolución cubana y el chavismo seguiría ahí. Sin oposición posible, robándose las elecciones, sin ningún incentivo a dar un paso al lado.
Dijo la Presidenta de México que “solo el pueblo de Venezuela puede definir a quién quiere como gobernante”. Tiene razón. El asunto es que el pueblo de Venezuela definió que quería como gobernante a Edmundo González.
Intervenir como lo hizo Trump abre la opción de que volvamos al estado de naturaleza, donde sea la voluntad del más fuerte la que se imponga. Hoy es Venezuela, mañana podría ser cualquiera. Un precedente que puede ser nefasto para el mundo y una involución respecto a lo que el mundo ha construido.
Así las cosas, los hechos han obligado a tomar posición entre la alegría de derrocar a un tirano o defender el principio del derecho internacional. Entre la esperanza de la libertad de Venezuela y el temor a un mundo matonesco. Y la deliberación no es nada fácil.
Es un dilema, como nos muestra el libro Antígona, entre respetar la ley o ir tras lo que parece correcto hacer. O es un dilema, como nos muestra Shakespeare, entre el orden establecido y los ideales de justicia.
Los tiranos han sido siempre iguales. Hay matices entre unos y otros, pero se parecen mucho. Basta recordar que el famoso tirano Dionisio (que encarceló nada menos que a Platón) no confiaba en nadie y dormía con una espada cerca. El poder tiránico vive bajo miedo constante. Tal como ocurrió con Maduro, que dormía en un búnker custodiado de cubanos.v Pero es difícil entender qué está pasando al interior del chavismo y hasta dónde llegaron las negociaciones entre los hermanos Rodríguez y Trump. Porque a todas luces es incomprensible que el régimen opte —ahora sí— por venderle petróleo a quien le ha secuestrado al Presidente hace pocos días. Es incomprensible también que, tras haber recibido el ataque, a los líderes chavistas les haya bajado conmiseración por los presos políticos. Peor aún, ayer el régimen venezolano anunció que reestablecerá relaciones diplomáticas con Estados Unidos. Justo lo contrario de lo que ha ocurrido siempre.
Estamos viendo cosas extrañas. Es difícil saber quién entregó a Maduro y a cambio de qué. Es difícil proyectar lo que viene.
Hoy, sin duda, hay motivos para celebrar lo ocurrido en Venezuela. Pero al mismo tiempo hay motivos para estar preocupados sobre el futuro de las relaciones internacionales. ¿Cuál de los dos debe tener más peso? Un dilema de difícil resolución.
Tal vez la clave la ha dado el viejo expresidente socialdemócrata uruguayo Julio María Sanguinetti al decir que “el principio de no intervención no puede funcionar como una coraza para los tiranos… Ha caído un dictador y eso siempre debe ser celebrado”.
Tal vez.
Tal vez no. (El Mercurio)
Francisco José Covarrubias



