En los últimos años, China, Rusia e Irán han intentado convertir a América Latina en un espacio de proyección estratégica contra Estados Unidos. A través de asistencia financiera, cooperación energética, respaldo político y vínculos militares, estos actores han buscado sostener y proteger a una serie de regímenes de izquierda radical abiertamente antiestadounidenses. Venezuela ha sido el caso más emblemático de este experimento geopolítico en el hemisferio occidental. Sin embargo, la crisis actual demuestra que dicha apuesta no ha producido estabilidad ni desarrollo, ni tampoco una plataforma regional duradera.
El destino de los regímenes extremistas: el rechazo popular
Durante años, el régimen de Nicolás Maduro contó con el apoyo explícito de Pekín, Moscú y Teherán. Aun así, ese respaldo no logró ocultar el colapso económico, la desintegración social ni el éxodo masivo de ciudadanos venezolanos. El caso confirma una lección recurrente en la historia latinoamericana: los regímenes autoritarios de izquierda, por más que invoquen consignas “antiimperialistas”, terminan perdiendo legitimidad cuando gobiernan mediante la represión, la corrupción y la concentración absoluta del poder.
El verdadero papel de China en la región
En este proceso, el rol del Partido Comunista Chino merece especial atención. La presencia china en América Latina nunca ha sido meramente comercial. Junto con la extracción intensiva de recursos naturales y la exportación masiva de productos manufacturados, Pekín ha avanzado en sectores estratégicos como energía, puertos, telecomunicaciones, equipamiento policial y financiamiento estatal. El objetivo no es solo económico: se trata de ampliar su influencia política, militar y de seguridad, con la intención explícita de contrapesar a Estados Unidos en su propio hemisferio.
La confusión ideológica de parte de la izquierda latinoamericana
Una parte significativa de la izquierda latinoamericana ha asumido erróneamente que el “socialismo” chino es comparable a los movimientos locales que reivindican justicia social o derechos laborales. Esta confusión resulta peligrosa. El régimen chino no representa una izquierda popular ni democrática, sino un sistema autoritario altamente centralizado, donde el poder político y la riqueza nacional están concentrados en una élite partidaria sin mecanismos de rendición de cuentas.
Exportación de autoritarismo bajo retórica progresista
Mientras en el plano interno el Partido Comunista Chino reprime la disidencia, controla la información y utiliza el aparato estatal para beneficio de sus élites, en el plano externo promueve una narrativa de “cooperación Sur-Sur” que encubre prácticas de dominación y dependencia. No se trata de solidaridad internacional, sino de una estrategia de expansión basada en la subordinación política y económica.
Venezuela como advertencia regional
El colapso venezolano desmantela las ilusiones sobre esta alianza. China no liberó al pueblo venezolano ni promovió su desarrollo; cooperó con un régimen corrupto para asegurar recursos e influencia. Rusia e Irán tampoco ofrecieron estabilidad ni dignidad, sino mayor aislamiento. El fracaso del modelo revela que las potencias autoritarias externas no solucionan los problemas estructurales de América Latina: los agravan.
La verdadera línea divisoria
Para América Latina, el caso venezolano es una advertencia clara. Ser antiestadounidense no equivale a ser antiopresivo; rechazar a Occidente no significa defender a los pueblos. La verdadera división no es ideológica, sino moral y política: entre libertad y servidumbre, entre rendición de cuentas y privilegio. Cuando un régimen necesita del respaldo de potencias autoritarias para sobrevivir, ha dejado de representar a su sociedad. (NP)
Andrés Liang
Analista en política internacional y relaciones Asia-Latinoamérica



