Gabriel Boric ha instaurado una máxima peligrosa en nuestra diplomacia: la política exterior empieza y termina en su estado de ánimo. Bajo esta lógica del «yo supremo», el Ministerio de Relaciones Exteriores se ha transformado en una institución fantasma, una «Cancillería invisible» donde la trayectoria, el profesionalismo y los intereses permanentes del Estado han sido desplazados por el capricho ideológico y el amateurismo de una administración que juega a la política internacional como si fuera una asamblea universitaria.
El Presidente ha dejado claro que la opinión de su canciller es irrelevante. Mientras la Cancillería intenta mantener las formas, Boric se da «gustitos» infantiles que nos cuestan caro. Desaira a embajadores al no recibir sus credenciales, tensiona relaciones con socios comerciales y militares estratégicos y desprecia la tradición diplomática que a Chile le tomó décadas construir. No hay estrategia, sólo impulsos.
Lo más grave es el desprecio por la meritocracia en favor del amiguismo radical. Vemos con estupor cómo la embajadora en Nueva Zelanda utiliza su plataforma no para promover los intereses de Chile, sino para discursear sobre «autodeterminación», otro amigo embajador que habla de promover el «decrecimiento» económico y criticar el emprendimiento, olvidando que su sueldo se paga gracias al crecimiento que desprecia. Tuvimos un subsecretario abiertamente anti libre comercio a cargo de nuestras relaciones económicas internacionales, torpedeando la misma red de tratados que ha sostenido nuestro desarrollo. Todos ellos, aplaudidos y cuidados por su amistad con el Mandatario.
Esta desidia tiene consecuencias reales en la seguridad de los chilenos. En el momento más crítico de nuestra crisis migratoria y de seguridad, el gobierno envió a Manuel Monsalve -hoy formalizado por violación- a negociar con Venezuela y con Bolivia. ¿El resultado? Prácticamente nulo. Se validó a interlocutores sin obtener ni control fronterizo ni expulsiones efectivas. Fue una gestión vacía, liderada por un personaje cuestionado, bajo el alero de una Cancillería que gasta y gasta recursos millonarios sin ser capaz de mostrar grandes éxitos.
Hoy, la Cancillería es un ente burocrático y costoso, sometido a los vaivenes de un Mandatario que prefiere la palmada en la espalda de sus amigos ideológicos antes que la defensa férrea del interés nacional. Chile necesita recuperar su peso internacional, pero eso es imposible mientras la diplomacia siga secuestrada por la irrelevancia a la que este gobierno la ha condenado. (El Líbero)
Álvaro Bellolio



