En un mundo donde los países comienzan a competir abiertamente por atraer investigadores, este 8 de marzo llega en un momento incómodo, pero revelador. El mundo atraviesa una etapa de incertidumbre profunda: tensiones geopolíticas, economías volátiles, disrupción tecnológica acelerada y una creciente fragilidad institucional incluso en países que durante décadas parecían ofrecer estabilidad. En ese contexto, la ciencia dejó de ser un tema sectorial. Hoy es una cuestión de poder, de desarrollo y de futuro. Por eso, seguir descuidando la participación de mujeres en ciencia no es solo una injusticia: es una imprudencia grave.

La señal más clara de este nuevo escenario viene desde el corazón del sistema científico global. El 10 de febrero de 2026, Nature reportó que Francia financiará la llegada de 46 investigadores reclutados desde el extranjero, y que 41 de ellos provenían de instituciones de Estados Unidos, en una operación explícita de atracción de talento basada en la promesa de mayor libertad académica. No es un dato anecdótico es una advertencia. Cuando un país deja de dar certezas, el conocimiento se mueve. La investigación científica no espera. Migra.

Esto cambia el marco del debate. Ya no basta con hablar de inclusión femenina en ciencia como si se tratara de una causa valiosa pero periférica. En el mundo que viene, el talento científico será uno de los recursos más escasos y disputados. Los países que sepan atraerlo, retenerlo y proyectarlo tendrán una ventaja real. Los que sigan operando con inercias que excluyen, desalientan o subutilizan a la mitad de su capital humano quedarán atrás.

En ese punto, las mujeres siguen siendo una enorme reserva de capacidades científicas desaprovechada. Según UNESCO, hoy solo el 35% de quienes egresan de áreas STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas) son mujeres, y ellas representan menos de un tercio de las personas investigadoras a nivel global. La brecha, además, se amplía a medida que avanzan las trayectorias: es decir, el sistema no solo incorpora menos mujeres, también pierde a muchas de ellas antes de llegar a posiciones de liderazgo. UNESCO es clara en la consecuencia: estas desigualdades reducen la diversidad del talento científico y debilitan la capacidad de los sistemas de ciencia para responder a los desafíos globales.

Según el estudio del Ministerio de Ciencia publicado en febrero de este año, en Chile la participación femenina en ciencia no es marginal: las mujeres representan el 52,6% de la matrícula de primer año de pregrado y su participación en investigación aumentó de 37,7% a 40,4% entre 2021 y 2022, lo que equivale a cerca de 1.500 mujeres más investigando.

Sin embargo, ese potencial enfrenta un cuello de botella estructural. En carreras STEM su presencia cae a solo 20,8% y las brechas persisten precisamente en los espacios donde se define la permanencia y el impacto: acceso a financiamiento, redes, visibilidad, liderazgo y creación de empresas de base científica. El informe es claro al señalar que estas desigualdades no responden a déficits individuales, sino a barreras institucionales, culturales, de mercado y de articulación, que se intensifican en etapas críticas del desarrollo científico-tecnológico. El desafío, por tanto, no es descubrir ese talento, sino evitar que el sistema lo siga perdiendo.

En un escenario global donde los países ya están saliendo a disputar investigadores como un activo estratégico, seguir tolerando que miles de mujeres enfrenten barreras evitables en la ciencia no es solo una contradicción ética. También es una decisión equivocada desde el punto de vista del desarrollo. Mientras otros compiten por atraer cerebros, nosotros no podemos seguir perdiendo los propios por omisión, sesgo o indiferencia.

Este 8M no debería agotarse en homenajes ni en mensajes inspiracionales. Debería obligarnos a tomar decisiones más duras y concretas. Cuidar el talento femenino en ciencia significa crear trayectorias viables y sostenibles. Significa asegurar financiamiento más accesible, sistemas de evaluación menos ciegos a las desigualdades reales, redes de apoyo efectivas, liderazgo femenino visible y espacios institucionales que no expulsen a las mujeres justo cuando están en condiciones de aportar más. Significa entender que la ciencia no puede darse el lujo de perder capacidades por razones estructurales que pueden corregirse.

La lección que deja la fuga de talento desde Estados Unidos hacia Francia es brutalmente simple: el conocimiento se mueve hacia donde encuentra mejores condiciones. Chile haría mal en mirar ese fenómeno como algo ajeno. La advertencia también es para nosotros. En tiempos de incertidumbre global, cuidar el talento femenino en ciencia no es una agenda secundaria ni una concesión simbólica. Es una decisión estratégica. (Ex Ante)

Pilar Parada

Directora del Centro de Biotecnología de Sistemas de la Universidad Andrés Bello