Hace algunos días, los dirigentes comunistas Hugo Gutiérrez y Juan Andrés Lagos señalaron, en alusión a la excandidata Jeannette Jara, que en el Partido Comunista no puede haber nadie que crea que Cuba es una dictadura. Y creo que ambos tienen toda la razón.

No porque Cuba no sea una dictadura —lo es, y con credenciales de sobra—, sino porque eso es exactamente lo que cabe esperar de un partido como el PC: estático, vertical, ortodoxo y apegado a la tradición marxista-leninista. En un partido así, no hay mucho espacio para la duda ni para los matices. Y eso no es un defecto; es un asunto identitario.

La sorpresa sería, en efecto, una aseveración en contrario: que dirigentes del PC salieran a decir que se puede ser comunista y, al mismo tiempo, tener un juicio distinto sobre Cuba. Sería algo así como “comunistas a su manera” (expresión que recuerda a los “católicos a su manera”; el problema es que el comunismo llega a ser incluso más fundamentalista que el catolicismo, por lo que no me imagino una raíz comunista, así, más light).

Por eso, el problema no está en el Partido Comunista. El problema está en los otros partidos. En aquellos que han abierto tanto la cancha que hoy conviven en su interior facciones con visiones difícilmente conciliables. No se trata, por cierto, de aspirar a partidos militarizados, impermeables al cuestionamiento y con una sola verdad revelada, como el PC. Pero sí de algo más básico: rayar la cancha sobre qué es un partido y qué no lo es.

Hace años, le escuché decir a un profesor que la pregunta clave antes de militar en una tienda no era “¿en qué cree este partido?”, sino “¿qué tengo que hacer para que me echen?”. Si un partido no es capaz de responder eso con cierta claridad, difícilmente podrá orientar una acción colectiva coherente. Y menos aún, gobernar.

Sin embargo, hemos caído en un huracán de discolaje. Y eso se debe, a mi juicio, porque los partidos dejaron de preguntarse por sus límites. En el afán de abarcar un pedazo de la torta cada vez más grande —los llamados partidos catch all, cuyo caso más extremo es el PDG—, muchos hacen todo lo posible para que sus dirigentes no se vayan. Sobre todo si son populares. El financiamiento de la política tampoco ayuda: en el caso de los parlamentarios, una bancada más grande implica, literalmente, más recursos.

Así, el discolaje se ha transformado en una piedra en el zapato para toda la clase política. Se han propuesto algunas soluciones, como quitar el escaño a quien renuncia a su partido (idea con la que no comulgo, pero que dejo fuera por temas de espacio). Pero eso es tapar el sol con un dedo. El problema es mucho más profundo que eso.

La pregunta de fondo es otra, y es mucho más incómoda: ¿calzan mis ideas con la hoja de ruta del partido al que pertenezco? ¿Cuánto me puedo apartar de la visión mayoritaria sin dejar de ser parte de él? Eso es, exactamente, lo que Lagos y Gutiérrez le están planteando a Jara. Y aunque incomode, es una pregunta sana. Porque sin límites claros, no hay identidad. Y sin identidad, no hay política que aguante. (El Líbero)

Roberto Munita