Este 5 de octubre, se cumplen 38 años del plebiscito que permitió dar el primer paso para dejar atrás la dictadura. La oportunidad abierta para el ejercicio del sufragio universal creó las condiciones políticas para que la sociedad chilena, que mostraba las profundas heridas de la división, avanzara hacia el restablecimiento de las libertades y la reconstrucción de un orden legal cuya primera exigencia era el respeto de los derechos humanos.

No fue sencillo que las fuerzas antidictatoriales confluyeran en la decisión de participar en el plebiscito establecido por la Constitución del 80, concebido por el régimen como un mero trámite para confirmar a Pinochet en el poder hasta 1998. Eran comprensibles las aprensiones respecto de la validez de tal camino cuando no había garantías de un proceso limpio ni seguridad de que el régimen reconociera un eventual resultado adverso. No obstante, se fueron ensanchando las posibilidades de un proceso electoral que estuviera en consonancia con la tradición del país, y la campaña de inscripción en los registros electorales se convirtió en un torrente ciudadano. Más de 7 millones de chilenos optaron por votar.

La transición de Chile a la democracia tuvo características que constituyeron, por sí mismas, una forma de reivindicación de la política. Pese a los dolorosos desgarramientos de los años de la dictadura, convergieron amplios sectores en una perspectiva realista de recuperación de las libertades. Ello implicó que, en el seno de las fuerzas antidictatoriales, prevaleciera el criterio de aceptar la continuidad institucional como la vía para el cambio pacífico, asunto primordial para las FFAA, y que interpretaba el anhelo de la mayoría de los chilenos de evitar nuevos traumas. Era necesario, por lo tanto, tender puentes, dialogar y pactar. Así ocurrió. Quienes con mayor lucidez visualizaron ese camino, a mediados de los 80, fueron Patricio Aylwin y Edgardo Boeninger.

La formación de la Concertación de partidos por el NO, el 2 de febrero de 1988, con 13 partidos y movimientos de centro y de izquierda, fue un momento estelar de la campaña. Renació entonces la esperanza de tener un país en el que la paz y la libertad echaran nuevas raíces. El deseo de vivir de nuevo en democracia ganó las calles y, prácticamente, todos los partidos que se encontraban ilegalizados recuperaron de facto su derecho a actuar a plena luz del día.

El triunfo del NO en octubre de 1988 tiene significación histórica. Luego, en julio de 1989, otro plebiscito aprobó 54 reformas constitucionales convenidas entre el régimen y la coalición opositora. Fue ciertamente paradójico que la Constitución de 1980, surgida en un contexto de falta de libertades, se convirtiera en la plataforma del cambio democrático.

En marzo de 1990, se produjo un acto que nadie podía haber imaginado un par de años antes: Patricio Aylwin recibió las insignias del mando presidencial de manos de Augusto Pinochet ante los miembros del nuevo Congreso Nacional. No hubo confrontación, no hubo ruptura, y ello fue bueno para Chile. 

La transición no estuvo exenta de tensiones y riesgos, pero puso los cimientos de la paz interna y generó condiciones para la estabilidad y la gobernabilidad en los años siguientes. En el camino, la Constitución experimentó múltiples reformas, las que consolidaron el régimen de libertades y crearon un firme soporte para una etapa de progreso a la que, por la envergadura de sus logros, cuesta encontrarle parangón.

El país hizo camino al andar. Y el factor determinante fue la convergencia de las FF.AA. y la coalición del NO en el esfuerzo por pacificar el país y reconstruir el régimen de libertades. Es hora de sacar las conclusiones del caso: el plebiscito del 88 legitimó la Constitución del 80. No sirve desconocer los hechos y especular sobre los caminos teóricos que no cuajaron. Las circunstancias determinaron que la vía hacia la libertad se abriera de aquel modo concreto, y los frutos la han validado ampliamente.

¿Transición impura, entonces? Por supuesto, y ese es un mérito, no un defecto, porque implicó actuar sobre la realidad, no al margen de ella, en un imaginario mundo de esencias, al que las impurezas de la vida no le alcanzan. ¿Transición pactada? Ciertamente. Solo así fue posible realizar un plebiscito limpio, avalado por las FFAA, ganado categóricamente por las fuerzas antidictatoriales y reconocido por el mundo.

¿Fueron constitucionalmente legítimos los gobiernos de Aylwin, Frei, Lagos, Bachelet (dos veces), Piñera (dos veces) y Boric? Por supuesto que sí. Bueno, ahí está la prueba de cuán artificiosa y demagógica fue la campaña inaugurada por Bachelet y continuada por Boric con el fin de demostrar que, pese a la estabilidad conseguida, Chile necesitaba un acto de purificación.

¿Qué fue todo ese ruido constituyente que duró entre 2020 y 2023, que dio la impresión de que el país se había extraviado? Pues, exactamente eso: un gran extravío. Todos sabemos cuál fue la “metodología” mediante la cual el país fue forzado a buscar un remedio para una enfermedad que no tenía. 

La violencia le metió miedo a la sociedad y multiplicó la irracionalidad, el oportunismo y la deslealtad hacia la democracia, de lo cual fueron una muestra las veleidades del Congreso. Los aventureros de izquierda aprovecharon aquel miedo para tratar de invalidar “los 30 años” y abrirle paso a otra cosa. ¿A qué cosa? Aquella de la que tuvimos un anticipo en el engendro parido por la Convención.

Fue enteramente justo el camino de las reformas a la Constitución. Fue la base de los avances económicos, sociales e institucionales. Sigue llevando, con todo merecimiento, la firma del mandatario que impulsó las reformas de mayor alcance en 2005, Ricardo Lagos Escobar. Es increíble cuánta banalidad resistió la democracia recuperada.  (Ex Ante)

Sergio Muñoz Riveros