Una revolución inerte, ¿un país inerte?

Una revolución inerte, ¿un país inerte?

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Desde 1959, Cuba vive una crisis perpetua y los únicos indicios claros apuntan a que cada una de sus fases es más profunda y ancha que la anterior. Es tal su deterioro, que ha comenzado a perder valor de forma angustiante. Perdió valor geopolítico. Nunca retomó el valor económico adquirido en las décadas prerrevolucionarias, y ahora su destino es tan incierto como sombrío.

Con ciudades convertidas en escombros, como si hubiesen sido bombardeadas, con una prostitución cada vez más decadente y sumida en un pantano económico, la guinda de la torta la puso su Presidente, Miguel Dáz-Canel al hacerle un llamado de emergencia al Programa de la ONU para los Alimentos. De aquellas autoridades llenas de jolgorio en los sesenta, jactándose de no hacer más importaciones norteamericanas, quedan sólo ruinas y ahora son incapaces de entregar insumos básicos a su población. La economía estatizada e ideologizada terminó en una catástrofe.  

Aunque esto se veía venir hacer tiempo, pocos repararon en un momento despiadadamente simbólico, ocurrido en el funeral de Fidel Castro, cuando el carro que llevaba el féretro se rompió. Los escoltas debieron empujarlo para llegar a la tumba. Cómo dice L. Zanatta, fue la gran metáfora de la distancia entre el sueño y la realidad.

Sin embargo, el colapso cubano tiene en ascuas a muchas personas en el continente. Especialmente, a quienes promovieron ese modelo y sienten aún en el palpitar de sus corazones la interminable verborrea de los hermanos Castro. Sottovoce algunos y con menos disimulo otros, pero todos exudando nostalgia y soñando con tiempos cuando La Habana era su capital imaginaria.

Justamente esa imagen de Sísifo cultivada por los Castro inhibe a muchos a pronosticar cuánto más se puede prolongar este drama. Los altibajos y situaciones más críticas han sido siempre superados por mano divina. Tras la desaparición de la URSS, apareció Hugo Chávez con dinero a raudales y ahora emergió la ONU y Andrés Manuel López Obrador (AMLO); menos derrochador que el venezolano, pero útil para las circunstancias. Por eso, flotan dos preguntas, ¿hasta dónde puede llegar la paciencia de un pueblo medianamente instruido? y ¿cuánto tiempo se puede vivir sin pan, ni leche ni luz?

Es cierto. Miles de personas salen a las calles a gritar, pero una mezcla de represión sigilosa, cortes de internet y apaleos generalizados, junto a pequeñas cesiones a las demandas, tranquilizan las aguas y estas vuelven sus cauces naturales. El punto es que fuera de la isla, estas oleadas de descontento merman voluntades y la imagen de crisis terminal se ha hecho inevitable.

Un tránsito tan peculiar de utopía tumultuosa a revolución inerte es del todo sugerente.

Un primer elemento explicativo es la naturaleza de las purgas cubanas. Todas se fundamentaron en el humor circunstancial de los hermanos Castro. Aquellas arbitrariedades en la cúpula fueron destruyendo de manera paulatina la imagen rebosante de la revolución. Muy a semejanza de esa gota interminable sobre una roca.

Fueron purgas muy sui generis. Ninguna relacionada con variantes ideológicas (como ocurría en la URSS) o producto de luchas intestinas intrapartidarias (como en la China de Mao). Lisa y llanamente, líderes carismáticos, y llenos de salud política, fueron defenestrados de improviso y con explicaciones burdas.

La lista es enorme. Huber Matos, Aníbal Escalante, Carlos Franqui en los inicios de la Revolución. Los hermanos de la Guardia y el general Arnaldo Ochoa ensalzados como grandes conductores de las guerras africanas de los años setenta fueron acusados de asuntos rayanos en la frivolidad; dos de ellos terminaron fusilados sumariamente. A su vez, Carlos Aldana, Roberto Robaina y Carlos Lage fueron presentados en los años ochenta y noventa como la nueva generación de estadistas. A Robaina se le mandó literalmente en giras mundiales en calidad de heredero designado. Los tres, junto a varios otros, desaparecieron misteriosamente un día cualquiera. Parecían haber sido abducidos por extraterrestres. Sólo años después, y ante tanta interrogante extranjera, se informó que estaban vivos.

Por estos días se observa algo parecido con el ministro de Economía, Alejandro Gil-Fernández, elogiado en 2018 como gran tecnócrata. Ahora es el responsable del descalabro alimentario. Aparentemente está preso. Como conocedor cercano de otras caídas en desgracia en esos regímenes, teme ser entregado vivo de alimento a perros hambrientos (la solución norcoreana) o ser relegado a una tenebrosa vida marginal (tipo Aldana, Robaina o Lage). De paso, su familia ya ha sido convenientemente llevada a resguardo. No vaya a ser cosa que busque asilo en una embajada y se arme otro escándalo.

Estas purgas basadas en caprichos no sólo socavaron el aura personal de liderazgo de los Castro, sino que la palabra arquimédica de las últimas cuatro décadas -revolución- pasó a ser denostada.

Luego, hay otro elemento explicativo. Las desafecciones de tipo cultural.

El Caso Padilla fue, sin dudas, el primer gran mazazo para artistas e intelectuales. Arrestado en 1971, fue acusado de “contrarrevolucionario”. Su caso puso sobre la mesa la gran cuadratura del círculo en esta materia; esa relación tirante entre artistas independientes y funcionarios oficiales. ¿Debe el Estado financiar la actividad cultural?, ¿cuáles son los límites de la libertad de creación?

Lo de Padilla fue demasiado tétrico. Se le dejó en libertad vigilada previa entrega por escrito de una vergonzosa “autocrítica” de la que no se salvó ni su esposa. El caso conmovió a renombrados intelectuales europeos y latinoamericanos de la época. Como resultado, la revolución comenzó perder magnetismo en ese ámbito.

Para conocedores de los laberintos de los Castro -como Jorge Edwards- ya en los años previos, se había producido un confuso quiebre entre el régimen y el escritor y periodista, Guillermo Cabrera Infante, quien debió salir raudo al exilio, donde llegó a obtener incluso el Premio Cervantes. En los últimos años, la lista de desafectos se ha engrosado con artistas, músicos y deportistas.

En síntesis, argumentos sobran para señalar que las defenestraciones despóticas y ese imposible con la cultura son dos elementos claves para entender la extinción de ese impulso revolucionario que le dio vida, y que parecía un perpetuum mobile.

La haitización de Cuba, con esas muchedumbres de hambrientos y desamparados dependiendo del Programa de Alimentos de la ONU, diseñado en 1961 para atender a Biafra y otros paupérrimos focos africanos, ha traído un elemento nuevo e impensado.

Ahora es el país entero caído en estado inerte. (El Líbero)

Iván Witker