Una pregunta impostergable

Una pregunta impostergable

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¿Qué se anuncia cuando la violencia pasa a ser parte del paisaje cotidiano? Hace meses se hizo habitual escuchar que íbamos a transformarnos en una segunda Argentina. No lo creo. Con sus defectos y pecados, es un país donde la vida diaria tiene límites que acá perdimos. No queman su metro (“subte”) , no saquean el área del Obelisco en Buenos Aires, no incendian municipalidades y en general tienen bajo control el orden público.

Es a Colombia o México que se asemeja más el “nuevo modelo” que estamos engendrando. Nace, cuando nadie, ni izquierdas ni derechas, ni gobiernos, Parlamento o jueces, están dispuestos o preparados a pagar los costos de terminar con la violencia y el desorden público. Al contrario, ambos comienzan a contar con protección y validación entre autoridades políticas.

La realidad de nuestros tres poderes del Estado lo grafica. Un Ejecutivo incapaz de imponer el orden público como es su deber. Un Legislativo ambiguo cuando no amparador y azuzador de la violencia. Un Poder Judicial de un garantismo inepto para el Chile actual, que adiestra en que los delitos violentos suelen volverse impunes y que reserva la severidad para los procedimientos policiales mermando al Estado la capacidad para  reprimir, castigar o defenderse. Sean cuales sean las intenciones, ideales, frustraciones o anhelos, la violencia no es contenida, condenada, ni castigada en la medida necesaria para erradicarla. Así se va configurando un nuevo modelo de país.

Colombia y México nos enseñan el futuro de esto. No nos falta ni siquiera un germen de Chiapas o de las FARC en La Araucanía. Se vive en un horizonte de empate con la violencia. El Estado no tiene capacidad ni disposición a pagar los costos de reprimirla, y los protagonistas de la violencia no tienen la capacidad para capturar el Estado o, como al narcotráfico, no le interesa hacerlo. No es que se acabe el país, que no haya inversión, que todo se paralice. Pueden ser países dinámicos y parte de sus habitantes vivir bien, acomodados a éste clima. Se asimilan al “nuevo modelo”. Asumen en su “normalidad” el asalto violento, la quema de viviendas y medios, zonas rurales y urbanas donde la autoridad estatal y los poderes públicos no llegan. A veces la sociedad opta por un político de mano dura, que con suerte solo logra objetivos parciales. Vienen entonces negociaciones de paz, que más tarde se rompen; o pactos más discretos, cuando los dos anteriores pierden prestigio ciudadano.

No nos engañemos. No sueñen con algún futuro de paz nacido de la violencia. Esta, a donde llega, nunca para por sí sola. Seamos realistas, vamos marchando en esta dirección. El sello del “nuevo modelo” real no es el de las entelequias economicistas, sino otra forma de vida y convivencia. ¿La queremos para vivir el futuro? Creo impostergable hacerse la pregunta. (La Tercera)

Oscar Guillermo Garretón

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