Un búmeran llamado 10%

Un búmeran llamado 10%

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La plata estaba. Y se depositó a tiempo.

Ahora es el turno de los plasmas. Y está bien. Cada uno hace lo que quiere con su plata. Se puede tolerar que el Estado obligue forzosamente a ahorrar para el futuro —tal como ocurre en todos los países desde que a Bismarck se le ocurrió la idea en 1881—, pero si ya la plata se repartió, no puede ser objeto de un tutelaje moral. Las necesidades las determina cada uno.

La discusión del proyecto del 10% dejó en claro que la preocupación por las necesidades de los chilenos era secundaria, el objetivo principal era enviarle un espolonazo al sistema, que permitiera su abordaje en el corto plazo. Para ello, ya existe un proyecto presentado por cinco senadores que busca derogar el Decreto Ley 3.500 de 1981 y nacionalizar los fondos administrados por las AFP.

Pues bien. Algo parece haber salido mal.

La encuesta Cadem muestra que ante la consulta sobre “de quién cree que es la propiedad de los ahorros”, no solo se puso fin a una tendencia a la baja que tenía la respuesta de que estos montos son de los cotizantes, sino que anotó un importante salto del 56% al 86%.

Pero hay más. De acuerdo a la encuesta Criteria de esta semana, el rechazo a la estatización de los fondos de pensiones aumentó en 11 puntos en comparación con julio, pasando de 52% a 63%.

¡Hasta la alicaída imagen de las AFP subió 10 puntos!

Así, si bien todavía no se ha hecho el recuento final, se espera que de los 10.950.692 afiliados que existían, queden algo más de 8 millones con plata dentro de las AFP. En esos 8 millones, su sentido de pertenencia cambió radicalmente y la capacidad del sistema político de aplicar lo que en Argentina se conoció como el “manotazo” hoy es mucho más bajo que hace un mes.

En el año 2008, de buenas a primeras, les avisaron a los argentinos que cambiaban otra vez las reglas del juego. Ahora se volvía al viejo sistema de reparto, porque era un sistema solidario en contra de la capitalización que es individualista. Es cierto, los fondos argentinos eran la décima parte de los que hay en Chile. Pero en Argentina no hubo ni una sola persona en la avenida 9 de julio protestando por el retiro. Mal que mal, como me dijo una vez un destacado historiador de la Universidad de Buenos Aires, “siempre supimos que nos iban a afanar la guita”.

En Chile íbamos camino hacia allá. Nadie tenía muy claro de quién era la plata. Pero tras el 10% todo cambió. Hoy existen 8 millones de personas que pueden tener una muy mala opinión de las AFP, pero a los que les será más difícil “afanarle la guita”.

El caso de las AFP es sintomático. Obviamente, el sistema requiere mejoras. Pero si se analiza racionalmente —como lo han hecho diversos organismos internacionales—, el sistema previsional chileno (AFP + pilar estatal) es muy superior al de los países comparables. El problema radica en gran parte por la existencia de una solución privada a un problema público. Cuando la solución estatal es mala, como suele serla, es difícil culpar a alguien (mal que mal, la gente tiene la sensación de que en el Estado se malgasta la plata). Cuando es el privado el responsable, existe a quien guillotinarle la cabeza.

Hace poco, uno de los ideólogos del proyecto del 10% decía en este diario que “contra quienes afirman que cada uno ha de rascarse con sus propias uñas, asegurar la vejez ha de ser un esfuerzo colectivo, de todos para todos”. Y escuchamos mucho eso mismo en el debate del 15J. Más allá de la bella frase, ¿en qué se traduce eso? Mal que mal, en los sistemas de reparto, además de todos los problemas conocidos, también cada uno se rasca con sus uñas: la cotización depende del aporte y la jubilación requiere de 30 o hasta 40 años de cotización. Entonces la utopía de la tierra prometida es mejor dejarla a las religiones, y para los temas previsionales más vale sacar la planilla Excel.

La paradoja es que podrán morir las AFP, pero tras este proyecto del 10% el sistema de capitalización individual quedó más blindado que antes. Y los chilenos, un poco más individualistas. Tal vez la vieja diatriba del siglo XV (con la que se estableció que el rey tenía un cuerpo místico que no moría nunca), “el rey ha muerto, viva el rey”, se replicará en poco tiempo más con “las AFP han muerto, viva la capitalización individual”. Y eso no será fruto de otra cosa que del 10%…(El Mercurio)

Francisco José Covarrubias

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