Tiranía

Tiranía

Compartir

Una sabiduría política muy antigua considera que la peor maldición para un pueblo es ser gobernado por un tirano. Casi podría decirse que la historia del diseño de las instituciones políticas ha buscado siempre la forma de lograr evitar la tiranía. El tirano es el que logra concentrar en sí mismo la totalidad del poder del Estado y, una vez logrado, por consiguiente, le resulta muy fácil conservarlo el tiempo que quiera. Es el gobierno de “Uno”, la monocracia. Por cierto que las tiranías han ido cambiando de aspecto y adquiriendo distintas manifestaciones a lo largo de la historia y de los lugares. Pero vuelven. Son como la Hidra de Lerna.

Me parece sabio pensar las instituciones de modo de apartar, al máximo posible, esa potencialidad latente en nuestra forma de dirigir la comunidad política: ese anhelo oscuro de acumular poder. Prefiero, así, una democracia, en que el poder esté efectivamente repartido en distintas instituciones, aunque su eficacia sea menor, incluso nula, a la de un gobierno eficaz pero tiránico.

Me parece insensato pensar que un grupo persiga diseñar una Constitución que, a la larga, le permita acceder a un gobierno monocrático. Lo que ocurre es siempre al revés: un aspirante a tirano ya instalado en el poder modifica progresivamente las instituciones para, desde adentro, ir agregando poder a sí mismo y a su grupo de secuaces: el caso de Maduro. Pensar en una institucionalidad anticipadamente dirigida a la concentración de todo el poder del Estado en “Uno”, sería torpe porque nadie controla el futuro y ese “Uno” puede llegar a ser mañana alguien por entero distinto a la ideología o intereses propios: nadie sabe para quién trabaja. No supongamos, entonces, malas intenciones, sino que argumentemos sobre la conveniencia o inconveniencia de las instituciones que derivan de buenas intenciones. La medida de esa conveniencia es, para mí, evitar, en la medida de lo posible, la tiranía. Así, no debería, pensando en el futuro, descartarse en Chile la posibilidad del advenimiento de ese “tirano contemporáneo”, que reúne la totalidad del poder sobre la base de una institucionalidad formalmente democrática. Ello es terrible, me horroriza. Las minorías y los individuos sufren bajo la dominación de este grupo y su líder, vestidos del ropaje democrático e institucional, gozando de su legitimidad, pero, en realidad, ejerciendo una tiranía monstruosa. Cuidado.

El supuesto “hiperpresidencialismo” chileno ha resultado, paradójicamente, ineficaz. Al final del gobierno de Bachelet y durante todo el segundo gobierno de Piñera, hemos sido testigos de un Presidente que, en los hechos, no puede gobernar. Es razonable, pues, reflexionar sobre un nuevo acomodo y equilibrio de las instituciones, pero siempre teniendo como horizonte que el mal mayor que se debe evitar, a toda costa, es la tiranía. (El Mercurio)

Pedro Gandolfo

Dejar una respuesta