Sinceramiento político

Sinceramiento político

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Hoy la oposición celebra haber votado de manera conjunta contra “Admisión Justa” y la reforma de pensiones en las comisiones de Educación y Trabajo, pero hasta hace unos días las señales de una ruptura estratégica estaban sobre la mesa (voto DC favorable a legislar la reforma tributaria, reunión Cieplan-gobierno, etc.) ¿Con cuál señal quedarse? Sin desmerecer lo ocurrido en las comisiones, la tendencia más estructural va en la dirección de marcar identidades y de un sinceramiento político.

Posiblemente los desencuentros se viven con excesivo dramatismo cuando quizás corresponda a una etapa de normalización de la representación política. Que surjan diferencias estratégicas sobre el modelo económico y social entre quienes alguna vez estuvieron unidos para enfrentar una dictadura o en una etapa transicional no debiera tener nada especial. La anómala y excesiva prolongación del eje dictadura/democracia post 90, por las particulares características de la “democracia semisoberana” a la cual arribamos, fue postergando excesivamente un debate programático post transicional.

Aunque la agenda democrática no termina de agotarse, lo cierto es que el eje principal de una posible articulación entre la izquierda, la centroizquierda y el centro se movió desde la emergencia democrática al modelo de desarrollo, al tratamiento de mercado de los derechos sociales, al lugar de lo público y del Estado, a la sustentabilidad ambiental del modelo productivo, al feminismo y las exclusiones y violencias de diversa índole, al “buen vivir “ y la ciudad, a los temas de autonomía moral de los individuos. Por tanto, no se trata de renegar, sino de asumir que la agenda para pensar hoy la unidad sencillamente pasa por otras definiciones.

Es cierto que para derrotar a la derecha no sobra ningún voto en el Parlamento ni en una elección, pero identificar un adversario común no basta. No por un purismo programático sino porque lo que se requiere no es solo ganar una elección sino luego poder gobernar según lo comprometido. La experiencia de la Nueva Mayoría, más crítica del modelo neoliberal que la Concertación, mostró el límite que tiene un acuerdo amplio sin una clarificación programática sólida y una coalición coherente. Ese gobierno tuvo por momentos a la oposición dentro del propio gabinete.

¿De qué se trata entonces? De tener la franqueza de colocar sobre la mesa un conjunto de definiciones programáticas claras y de fondo, y ver quiénes realmente convergen en ese acuerdo. Y así probar los límites de la acción opositora común, y el día que toque, poder gobernar sin decepcionar. Asumir que las definiciones y las “contradicciones principales” que tiene hoy la izquierda y el centro son de naturaleza muy diferente a las de los 80 o 90. Sin perder espíritu unitario es tiempo de acelerar una sana clarificación de identidades y un mayor sinceramiento político. (La Tercera)

Ernesto Águila

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