Secuencia dramática- Daniel Fernández

Secuencia dramática- Daniel Fernández

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Si la historia de los últimos siete años fuera una serie de Netflix, los hechos de las pasadas semanas equivaldrían al desenlace de la primera temporada. Hay quienes encuentran sorpresivo este final. Eso es lo más sorprendente. En estos años son numerosas las columnas, encuestas (Bicentenario UC y Cisec-Usach, entre otras), trabajos académicos, foros y libros que anticiparon el fenómeno en incubación, entre ellos “La Nueva Élite”. Así, quienes no entendieron el final de la primera temporada, o no vieron los 9 capítulos anteriores -lo cual parece imperdonable-, o los vieron sin comprender su contenido, lo cual calificaría de ceguera.

Más que intentar diagnósticos de lo que pasó “afuera” (déjenselos a los analistas), el sistema político y el mundo empresarial debieran reflexionar introspectivamente sobre qué pasó con ellos, que no fueron capaces de ver o entender la secuencia dramática y su desenlace. Chile es el mismo; lo que está cambiando es la percepción sobre su realidad. Citando a Einstein, como no podemos resolver los problemas con la misma forma de pensamiento con que los creamos, la comprensión de la segunda temporada – ya al aire- exige una evolución de conciencia que pareciera estar más presente en la calle (la pacífica; la violenta es una involución) que en buena parte de la élite.

No siendo guionista ni director de la serie, no puedo influir en el relato, pero aventuro un spoiler, más allá de mis aspiraciones: la segunda temporada conduce a un cambio constitucional significativo, no tanto porque no se puedan efectuar ajustes dentro del marco actual, sino por la profundidad de los cambios que se reclaman y por un factor simbólico. La élite puede asumir el rol de un personaje que se resiste a la evolución del relato (reactivo), o bien participar entre los protagonistas que movilizan el relato, en una realización coral. Hasta ahora, la élite ha mostrado dificultades para instalar su rol, mientras el productor ejecutivo de la serie (el movimiento social) lo siente un obstáculo para el desarrollo de su progresión dramática. Es difícil anticipar la secuencia de hechos que movilizarán el guion, pero más vale que la élite sea rápidamente parte del proceso, en lugar de anclarse y pretender que la historia no avance.

La verosimilitud del relato es clave en una producción de ficción; no así en la realidad que, simplemente, es. Pero como la realidad es una percepción de quien observa -no existe la verdad objetiva-, si los protagonistas se parapetan en sus realidades sin interactuar para desarrollar una historia coherente, el guion se vuelve repetitivo y aburrido -malo para ambos-, pero por sobre todo, muy peligroso: el movimiento podría finalmente perder el control de su actuación, dejando el espacio propicio para el escalamiento de la violencia y así deslegitimarse. Sin responsabilidad democrática de todos los actores el riesgo de inestabilidad social crece. Mal que nos pese, y más allá de la metáfora, esto es realidad pura y dura, y no ficción.

 

La Tercera

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