¿Qué populismo?

¿Qué populismo?

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Mucha gente, especialmente en el mundo liberal, agita todavía el populismo como un cuco amenazante. Sin embargo, el populismo ya llegó. Esto se constata en el hecho de que la distinción política más relevante hoy es la oposición entre pueblo y élites, la cual no fue introducida desde arriba, sino desde aquellos que se ven como engañados y humillados, y que buscan una integración más justa y provechosa al orden social.

Este nuevo contexto está marcado por la desconfianza contra las formas existentes de mediación. Incluyendo no solo la representación política, sino también la mediación intelectual: se desconfía de los medios de comunicación y también de los expertos. El fenómeno llega al punto de asumir como indicador de verdad el rechazo de tal o cual idea por parte de “los poderosos”. Si a las élites les enoja, se supone, debe ser bueno para el pueblo. Esa es la nueva regla de suma cero.

La constitución del sujeto popular, por otro lado, no parece obedecer exclusivamente a la gramática colectivista latinoamericana. La idea secularizada de “comunidad de salvación” convive con fuertes tendencias egocéntricas. Es el individuo soberano el que se declara juez final de sus propias causas. Esto nos aproxima, en algún sentido, a los fenómenos populistas estadounidenses. 40 años de sociedad de consumo no pasan en vano.

No es difícil reconstruir los orígenes de esta desconfianza. Basta repasar los escándalos que han manchado a los grupos dirigentes de todas las instituciones rectoras de la vida nacional durante los últimos 15 años. No queda mono con cabeza. Muchos miembros de las élites, sin embargo, vieron árboles aislados donde la mayoría vio un bosque de abusos. Y ese arbolismo los llevó a justificar su mediocridad moral. La sumatoria de abusos sin castigo, a su vez, solo podía llevar a una conclusión: están todos coludidos.

¿Qué hacer, entonces, ahora que el populismo ya llegó? Seguir destacando solo sus aspectos negativos no sirve mucho. Entregarse a la demagogia y la adulación popular, como ha hecho la mayor parte de la oposición, tampoco parece un camino virtuoso: los que creen que actuando como payasos agradan a las masas no se dan cuenta de que el chiste son ellos mismos, y que serán descartados tan pronto como dejen de ser divertidos. El camino del tránsfuga exitoso puede ser recorrido por sujetos excepcionales, como Fouché o Talleyrand, pero no por partidos completos.

La vía que queda es la de la honestidad y el compromiso de clases, que es la más delicada y compleja. Demanda que las élites se identifiquen como grupos de interés, al tiempo que como poseedores de atributos valiosos para el colectivo. Y que hablando desde ahí, con humildad y transparencia, pero con firmeza y sin patetismo, se dialogue y trabaje de igual a igual con otros actores sociales, buscando un horizonte de acuerdo digno y justo para todos. El articulador de este diálogo y compromiso, creo sano reconocerlo, será probablemente un líder populista. Eso implica un momento de gran peligro: ahí están Argentina, Brasil y Venezuela. Pero no todos los populismos son iguales: lo popular no es puro déficit y ánimo de venganza. En ese humilde hecho se sostiene el destino del país. (La Tercera)

Pablo Ortúzar

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