Prueba de fuego para la democracia chilena

Prueba de fuego para la democracia chilena

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Muchos lo esperábamos. Las encuestas mostraban que podía ocurrir aquello que en nuestras más duras pesadillas aparecía como improbable: que el candidato pinochetista obtuviera un triunfo en las elecciones presidenciales. Aunque sea por un estrecho margen, evidencia que la democracia chilena pasa por uno de su peores momentos desde 1990.

Pero no es solo por Kast. Pese a todo lo que se jugaba, la participación fue de solo un 47,3% de la población con derecho a votar. Mientras que, en el plebiscito del apruebo, el 80% del electorado se manifestó a favor de una nueva Constitución, que se elaborara por una Convención Constitucional paritariamente constituida. Apenas un año después, la votación del Rechazo sube desde un 20% a una cifra ligeramente superior al 40%. Pese a todos los esfuerzos por superar la dictadura de Pinochet, JAK logra el 27,9% de los votos, en circunstancias que el núcleo de su base es el sector pinochetista más radical, que se ha agrupado en el Partido Republicano, en el cual tienen un peso decisivo los elementos vinculados al aparato represivo de la dictadura, y ha logrado arrastrar a la UDI, mostrando que esta, en estos 30 años, no ha podido superar el sello pinochetista. 

La democracia chilena está afectada por una profunda debilidad. ¿De qué otra forma se puede explicar que el candidato Parisi haya obtenido 899 mil votos, equivalentes al 12,8% del electorado? Un individuo que ni siquiera se apareció por el país, que está imputado por el no pago de pensiones alimenticias y al que se le adjudican acciones fraudulentas. Resulta esencial identificar a sus electores, formular una propuesta sólida de regulación de la migración para responder a las preocupaciones legítimas de quienes deben convivir con migrantes desamparados. El insólito resultado de estas elecciones hace que lo impensable se dibuje como posible en el horizonte: que en el plebiscito de salida sea, eventualmente, rechazado por una mayoría el texto constitucional que la Convención proponga.

Estos resultados muestran un sistema democrático en profunda crisis. La lucha por la ampliación de la democracia tuvo que superar incontables obstáculos para incluir a todos. La lucha por una plena democracia, por la cual tantas mujeres y hombres dieron su vida, hoy es mirada con indiferencia por el 53% de la ciudadanía. Es claro que el voto voluntario no ayuda; que hay muchas cosas que se podrían hacer para facilitar el ejercicio de la democracia. No obstante, ¿qué sufre nuestra sociedad para explicar tanta indiferencia?, ¿cuáles son los valores cívicos que se enseñan y se aprenden?

Las dificultades de la democracia afectan a muchos países. Aunque siempre presente, la amenaza no proviene en primer lugar de un golpe militar. El principal riesgo proviene desde dentro de la propia democracia, como ocurrió con la elección de Hitler en las elecciones de 1933 en Alemania; como ocurrió el 2016 con la elección de Trump, que concluyó el 2020 negando su derrota electoral e incluso mandó a que sus hordas asaltaran el Congreso de su país. La democracia se ha destruido en Hungría, en Polonia, y también en Venezuela y Nicaragua. 

Pero la amenaza a la democracia tiene hoy un nombre en Chile: Kast

No toda la votación de Kast y Sichel puede ser entendida como adherida al Rechazo. Hay, sin duda, un sector importante del 40,7% que votó por esos candidatos, que apoya que la Convención Constitucional (CC) haga su trabajo y proponga una nueva Constitución que se constituya realmente en la nueva Casa Común. Una señal clara de ello es que 17 convencionales de la derecha se han comprometido con sacar adelante la nueva Carta Magna. Sectores muy amplios de la derecha se movilizaron para contener la marea antidemocrática que se apoderó de amplios sectores de la derecha. Espacios de Renovación Nacional, de Evópoli y algunos de los nuevos intelectuales de la derecha están trabajando para levantar una alternativa en la derecha contra el autoritarismo de Kast.

Con Kast, nuestro país enfrenta un profundo retroceso democrático. ¿Qué otra cosa significaría llevar al Gobierno a un admirador de Pinochet, a un amigo del criminal Krassnoff, condenado a más de 700 años de cárcel por crímenes contra los derechos humanos?

Kast representa un retroceso en las conquistas culturales de los últimos 30 años, en la igualdad de género y en el respeto de la diversidad y en los derechos de las mujeres. Kast no solo es un negacionista de los crímenes cometidos por la dictadura, sino que niega también la crisis ambiental que amenaza la sobrevivencia del planeta.

J. A. Kast es el más genuino defensor de las AFP, que han hecho del sistema de pensiones un negocio para las administradoras de pensiones, y malas pensiones para la mayoría de los chilenos. Sus propuestas programáticas implican no solo desestimar las demandas sociales que plantearon las movilizaciones del 18-O, sino también retroceder en las condiciones de vida de las mayorías. Pues reducir el impuesto a las grandes empresas desde un 27% a un 17% implica recortar los recursos destinados a la salud, la educación pública y las pensiones.

En su programa económico no calzan las cifras fundamentales. Contrastan sus propuestas con las de las candidaturas de Gabriel Boric y Yasna Provoste, que permiten avanzar hacia una mejor educación para todos los chilenos, una salud igualitaria y una Pensión Básica Universal de 225 mil pesos. Kast es partidario de mantener el modelo económico, pese a que existe amplia conciencia entre los expertos de que el modelo de crecimiento se ha agotado como efecto del estancamiento de la productividad, de la incapacidad de generar nuevas actividades productivas significativas, y de que no es capaz de promover la innovación y de dar un salto en la productividad dentro de las exigencias ambientales impostergables. 

La izquierda y el desafío de la democracia

Pero el resultado de la elección presidencial no solo refleja las debilidades de la democracia chilena y el efecto de la campaña del miedo que sembraron Kast y ciertos medios de prensa. Es también resultado de una mala conducción de la campaña de primera vuelta. Según la empresa de encuestas Criteria, la candidatura de Boric tenía una intención de voto de 25% en julio, la misma cifra que terminó obteniendo en la elección. Esto significa que cuatro meses de campaña no lograron sumar sufragios a la candidatura. De hecho, la primaria de Apruebo Dignidad alcanzó un total de 1.750.889 votos; en la elección general la candidatura obtuvo solo 65 mil votos adicionales. Por el contrario, J. A. Kast pasó, en la misma encuesta de Criteria, desde una intención de voto de 7% en el mes de julio a 25% en la encuesta de octubre, para alcanzar, finalmente, un 27,9% de los votos en la elección. Solo Kast alcanzó 1.961.122 votos. Si a ellos se suman los de Sichel, la derecha pasó de 1.343.892 votos en la primaria a 2.859.632 votos, lo que representa más de un 100% de aumento. 

Es claro que las cifras no son del todo comparables, pero sí revelan que la conducción de la campaña no logró proyectar el triunfo en las primarias en la primera vuelta presidencial. Sin duda que en estos resultados la campaña brutal de la derecha, que buscó calificar de violentista a Apruebo Dignidad, los aprovechamientos groseros de las dificultades de instalación de la Convención Constitucional (CC), los amplios medios económicos puestos a disposición de la campaña de Kast, la utilización del miedo como instrumento de campaña, jugaron un papel en el estancamiento de la candidatura de Gabriel Boric. Sin embargo, ello es solo una parte de la explicación. 

Desde cierta izquierda, el triunfo del Apruebo también empezó a ser puesto en cuestión por algunos que sostenían que la CC no era lo que la ciudadanía demandaba, pues no era “totalmente soberana”. Ello, pese a que había sido totalmente elegida, a que era paritaria, que representaba bien la diversidad del país, que estaban representados los pueblos originarios. ¿Cómo es posible que fuerzas políticas de larga trayectoria, que sufrieron en carne propia la dictadura, afirmaran que la única CC legítima era aquella totalmente soberana, en circunstancias que ello es solo posible luego de una guerra civil o el colapso de un sistema político? ¿Por qué resultó tan difícil entender y reconocer que, con todos los problemas que tenía el sistema político, este había sido capaz de reaccionar frente al estallido social con el acuerdo del 15 de noviembre que abrió el paso al proceso constituyente? Y la izquierda fue condescendiente con aquellos que, sin entender la importancia del acuerdo, siguieron en protestas sin sentido e inconducentes, aprovechadas por la delincuencia y que contribuyeron a que el movimiento del 18-O pasara de ser apoyado por la mayoría de la población a ser temido y sufrido por muchos.

También es nefasto que sectores trasnochados, retrógrados y crecientemente minoritarios, pero ruidosos, de la izquierda sigan defendiendo las dictaduras de Cuba, Venezuela y Nicaragua. En el caso de Venezuela, el régimen de Maduro ha terminado de expulsar a cerca de 6 millones de ciudadanos, ha violado sistemáticamente los derechos civiles, políticos y económicos y sociales, ha violentado la Constitución que el propio régimen se dio, ha destruido la economía, que está profundamente afectada por la corrupción. Esos sectores defienden el régimen o justifican todos los problemas indicados por el “bloqueo”, como si la mantención de esas medidas instrumentalizadas por los EE.UU. no fueran favorecidas y legitimadas por las propias acciones del régimen. Defienden también el gobierno de Daniel Ortega, que asesinó a muchos de los que se levantaron contra el régimen, que encarceló a buena parte de sus adversarios políticos y ha establecido una alianza con los sectores más corruptos del mundo empresarial. Defienden también un régimen como el cubano, que luego de más de 60 años, en que nunca ha sido capaz de pararse en sus propios pies, todavía –se dice– no tiene la madurez para instalar un sistema democrático.

Junto a lo anterior, la conducción de la campaña no estuvo a la altura de las circunstancias. No se entendió cabalmente que la primera vuelta exigía un planteamiento muy distinto al diseño que había permitido el triunfo de Gabriel Boric en la primaria. Ganar la primaria exigió reanimar al Frente Amplio, generar el liderazgo necesario para superar la fragmentación que venía caracterizando la acción de los partidos de esta coalición. Implicó también dejar en evidencia que los liderazgos en disputa en la primaria no representaban lo mismo. Que era muy distinto que triunfara Daniel Jadue, miembro de un partido que no había apoyado el Acuerdo del 15 de noviembre, que no terminaba de superar el marxismo leninismo pese a las enseñanzas categóricas de la historia del socialismo realmente existente, donde el feminismo aparecía de manera incipiente y donde la crisis climática apenas empezaba a tener un real peso en la reflexión partidaria.

La primera vuelta requería un rediseño importante de la campaña. Exigía, en primer lugar, proyectar el concepto que había hecho posible el triunfo en la primaria en el diseño de la campaña, sin perder de vista las definiciones fundamentales de la nueva izquierda que represente el FA. Era, además, esperable que la derecha, inmediatamente, luego de la elección primaria, afirmara que Boric no era más que una careta de Jadue. Ya se veía que la derecha extrema iba a hacer todo lo posible por evitar que la Convención Constitucional llegara a buen término. El esfuerzo de Boric por mostrar el profundo carácter democrático de la izquierda surgida de las movilizaciones sociales a partir del 2006, no fue suficientemente apoyado por el discurso de la campaña, ni se dejó en evidencia que los avances democráticos en marcha en la CC necesitaban de un gobierno de transformación. Sendos errores como presentar el programa de gobierno a solo 3 semanas de las elecciones, fortalecieron la posibilidad de que la derecha propagara una caricatura de la propuesta gubernamental de Apruebo Dignidad.

Las tareas que planteó el 18-O y que encaminó el acuerdo del 15 de noviembre, que está haciendo avanzar la Convención Constitucional y que demandan el concurso de un Gobierno transformador, requieren una amplia conjunción de voluntades. Ello supone, como sostuvo Gabriel Boric en su discurso de la noche del 21 de noviembre, terminar con la arrogancia y el ninguneo. No es conducente un sistema de toma de decisiones encapsulado.

No solo Apruebo Dignidad ha sido impactada por el 18-O. Es necesario reconocer el impacto positivo en otras fuerzas políticas. Ello está quedando en evidencia en las autocríticas que han hecho las fuerzas que conformaron primero la Concertación y luego la Nueva Mayoría (en que participó el Partido Comunista). Más importante aún, ello ha quedado claramente establecido en el Programa de Yasna Provoste, en que –como el de Apruebo Dignidad– propone transitar desde el sistema de AFP a uno basado en los conceptos de seguridad social, que propone una reforma tributaria similar a la propuesta en el programa de la candidatura Boric. Hay claras similitudes en las definiciones respecto de la necesidad de enfrentar la crisis climática y replantear la relación con la naturaleza. Las fuerzas que apoyaron la candidatura de Provoste están trabajando codo a codo con los convencionales cercanos a Apruebo Dignidad para sacar adelante la Nueva Constitución. 

La diferencia en el resultado entre Boric y Kast es mínima, apenas 2,08 puntos. Las fuerzas de oposición Boric + Provoste + ME-O + Artés suman un 46,46% de los votos. Se trata de fuerzas que sin duda no se pueden sumar, como lo viene haciendo desde hace tiempo un discurso majadero. La magna tarea es unir muchas voluntades políticas diversas para echar las bases de un acuerdo político que detenga a Kast y permita conformar un Gobierno con apoyo mayoritario en favor de los cambios y asegure su viabilidad. Hay que reforzar la sensibilidad para resolver el conflicto en La Araucanía, para entender las huellas políticas que están dejando en la ciudadanía numerosas incertidumbres relacionadas con la pospandemia, con el shock migratorio que está experimentando el país y con la violencia terrorista y el narcotráfico, y ofrecer nuevos senderos que transitar para hacerse cargo de esta miríada de dificultades. (El Mostrador)

Eugenio Rivera 

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