Pensar una salida a la crisis de Venezuela

Pensar una salida a la crisis de Venezuela

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La situación venezolana no para de deteriorarse y el marcado autoritarismo de su régimen genera en el exterior un rechazo prácticamente unánime. Las críticas se suman, de naciones hemisféricas y países europeos, amén de agencias multilaterales globales y regionales.

Sin embargo, más allá del rechazo, la comunidad internacional en general no ha logrado definir ni implementar una estrategia que conduzca a una mejora real del estado de cosas en Venezuela.

Este déficit es particularmente notorio en la región: las cláusulas democráticas no han demostrado ser eficientes en los casos del Mercosur, la virtualmente dividida Unasur, la nonata CELAC e incluso la OEA, cuyo secretario general –Luis Almagro– no ha vacilado en calificar a Nicolás Maduro de dictador hecho y derecho.

En todos los casos, la respuesta del Palacio de Miraflores ha oscilado entre agitar la denuncia de un complot estadounidense, y exigir la no injerencia externa en los asuntos domésticos del país.

¿Qué hacer? Desde una perspectiva externa no hay una respuesta clara a este dilema, donde permanecer impasible no parece ser una opción, de cara a la grave situación humanitaria. La expulsión definitiva de Venezuela de los organismos multilaterales, justificada en su incumplimiento de los compromisos democráticos, no parece amilanar al régimen.

Por otro lado, en esas instituciones existen miembros que rechazan la adopción de medidas severas en ese sentido debido a su “petrodependencia”, o también por temor a la reacción en sus ámbitos internos de sectores radicalizados cercanos al régimen bolivariano, con capacidad de movilización.

Tampoco es una alternativa la injerencia externa directa. Hasta el momento no hay consenso para algún tipo de intervención humanitaria tal como piden algunas voces, sea con una lógica R2P (responsabilidad de proteger) o en formatos más híbridos, concebidos ad hoc.

En todo caso, sí puede montarse un esquema de ayuda humanitaria al otro lado de las fronteras venezolanas, en Brasil y Colombia, escenario de los principales flujos migratorios. La participación de Estados Unidos en todos estos casos debería ser especialmente ponderada, habida cuenta del rédito político que pretenderá obtener Maduro de esa movida.

Finalmente, la aplicación de sanciones económicas más amplias podría redundar en mayores privaciones para la ya sufrida población venezolana sin afectar de manera decisiva a su dirigencia, repitiendo un dilema que ya se observó entre Estados Unidos y Corea del Norte.

Si una mejora sustancial de la situación no puede lograrse a través de iniciativas externas impuestas, es necesario centrar el enfoque en el ámbito doméstico venezolano.

A la luz de la experiencia histórica del famoso “Caracazo”, un cambio de régimen a partir de levantamientos populares verdaderamente masivos no debería descartarse, pero lo cierto es que, hasta este momento, la oposición no ha logrado juntar esa masa crítica, a juzgar por las manifestaciones de 2017.

Una mayor permeabilidad gubernamental al diálogo con la oposición, a partir de una pérdida del respaldo militar, o al menos de una porción relevante de las instituciones armadas, sería igualmente posible.

Ambos escenarios son complementarios entre sí y, aislados o combinados, podrían facilitar la implementación de un mecanismo de negociación y concertación política en Venezuela que evolucione hacia un sistema verdaderamente democrático, republicano, con pleno respeto a la ley y a los Derechos Humanos.

Un proceso de este tipo debe incluir, más tarde o más temprano, una reconciliación entre las partes enfrentadas. Y los interrogantes se multiplican.

– ¿Aceptarán esta salida las fuerzas políticas y organizaciones de la sociedad civil opuestas al régimen?

– ¿Estarían dispuestos los miembros y seguidores más comprometidos del régimen de Maduro a un abandono voluntario del poder, sin obtener previamente algún tipo de “inmunidad” por las acciones cometidas en la gestión pública?

Otra cuestión relevante será la de los actores invitados a participar de ese proceso de transición, en calidad de facilitadores, respetados por los protagonistas.

– ¿Tal vez la Iglesia Católica?

– ¿Quizás naciones amigas de presumida ecuanimidad, como España?

– ¿Acaso alguna personalidad relevante?

De las respuestas a todas estas cavilaciones depende el futuro de la crisis venezolana.

Mientras tanto, sus ciudadanos continuarán migrando hacia cada rincón de la región, en busca de libertad y condiciones de vida digna, recordándonos hasta qué punto algunos han degradado los nobles ideales de Bolívar actuando en su nombre. (Urgente 24)

Mariano Bartolomé

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