Para enseñar Historia

Para enseñar Historia

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Los argumentos a favor de una adecuada formación histórica se resumen en un simple “tenemos que entendernos”. Es la disciplina madre de las humanidades, la Filosofía, la que nos recuerda que, para hacerlo, para entendernos, nos tenemos que situar en el tiempo, en los tiempos. La Filosofía llama a la Historia, la acoge y la ilumina.

Y lo que se comprueba con el estudio del pasado es que, siendo siempre los mismos —eso que llamamos ‘naturaleza humana’—, las múltiples variaciones accidentales de nuestro comportamiento hablan siempre de la libertad, de la gran aventura humana, realizada tantas veces con fidelidad a su naturaleza y, en otras tristes oportunidades, en contra de la propia persona.

No solo nos recuerda la Historia la libertad que cada uno de nuestros antepasados ejerció —y que es el objeto central del estudio histórico—, sino también nos hace presente la específica libertad que los historiadores tenemos para estudiar los tiempos pretéritos. Sí: la Historia, como pasado cognoscible, es el reino de la libertad, pero también la Historia en cuanto disciplina que investiga, necesita —¡exige!— una libertad responsable.

Todo lo anterior podría ser simplemente practicado si la Historia como actividad consistiese solo en una tarea de investigación. “Busco y leo lo que me da la gana, escribo lo que se me frunce y el que quiera, me lee”. Pero no es así. Necesitamos entendernos, personal y colectivamente, y, por lo tanto, necesitamos enseñarnos unos a otros nuestra Historia, nuestras historias. La Historia es también docencia, transmisión desde el que sabe hacia el que ignora; es un proceso de ejercicio de la libertad compartida, que es lo mismo que decir simplemente… un proceso de libertad (porque no hay libertad puramente individual).

Por eso es tan importante determinar en qué momento de la vida escolar se explican unos determinados conocimientos; por eso es tan decisivo que en la vida universitaria haya asignaturas de Historia general y de la propia disciplina; por eso es tan seria la conformación de los programas que articulan los contenidos que van a enseñarse en unos y otros niveles; por eso es tan importante que los textos de apoyo sean honrados.

Pero, y este es “el gran pero”, nada de lo anterior basta si no hay profesores que sepan hacer uso responsable de su libertad para enseñar Historia. Los sujetos que entramos a una sala de clases somos los factores decisivos. Importantes en Matemática, pero dos más dos, es siempre cuatro; influyentes en Biología, pero lo que se sabe de la célula, ahí está y es hoy incontrovertible. Mientras que, en Historia, tremendo problema, la libertad puede ser utilizada dentro de unos márgenes tan amplios, tan estimulantes de la diversidad, que dan hasta para la ideología, hasta para esa negación de la inteligencia que es el constructo ideológico.

Y ese ha sido nuestro principal problema en Chile: una proporción muy alta de los profesores de Historia en el sistema escolar y universitario traicionan su vocación de personas libres, esclavizando su enseñanza a unas consignas aprendidas de otros siervos del materialismo dialéctico, que a su vez las adquirieron a partir de la docencia que sus mayores les impartieron. La cadena de la instrumentalización de la disciplina para fines partidistas ha sido uno de los engranajes mejor aceitados con que ha contado el marxismo desde hace ya más de un siglo. Y que no digan que es falso, porque no hay escolar que no lo haya comprobado, no hay universitario que no lo haya padecido.

O sea que, si vamos a discutir sobre la enseñanza de la Historia, lo primero es reconocer qué es lo que realmente pretende la mayoría de los que reciben el encargo de enseñarla.

 

Gonzalo Rojas/El Mercurio

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