Optimista frente al pesimismo-Sergio Urzúa

Optimista frente al pesimismo-Sergio Urzúa

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Chile crece poco hace mucho. Lo ilustro. Los tres mayores aumentos del PIB en los últimos treinta años: 11,2% en 1992, 8,9% en 1995 y 7,8% en 1991. Los tres menores (excluyendo shocks externos): 1,05% en 2019, 1,19% en 2017 y 1,71% en 2016. ¿Sentimiento ante la tendencia? Del griego clásico nóstos (regreso) y álgos (dolor): Nostalgia.

En su libro “El Futuro de la Nostalgia”, Svetlana Boym analiza la evolución y el impacto de ese afecto por el pasado. De acuerdo con la autora, dos tipos de nostálgicos son reconocibles. El primero recorre el pasado con añoranza, recuerda y disfruta sus memorias. Sin embargo, sabe que su entorno ha cambiado y no busca volver al ayer. Es, entonces, un nostálgico reflexivo que entiende, por ejemplo, que el logro de crecer dos dígitos en el 92 fue extraordinario, pero no busca reinstaurar la realidad de ese Chile que recién salía de la dictadura. Es un individuo aterrizado.

El segundo tipo, el nostálgico restaurador, es uno de sumo cuidado. Como explica Anne Applebaum en “Twilight of Democracy”, es este quien provoca los dolores de cabeza en las sociedades modernas. En breve, este nostálgico quiere, a como dé lugar, reponer “un” pasado (en el “un” se encuentra la trampa). Pero no son personas que estudien la historia para restaurar mejores tiempos. No, son profesionales en la construcción de mitos y manipulación. Buscan construir un relato para “volver” a un país que no existió y están dispuestos a parchar la memoria colectiva a su pinta. Claro, siempre han existido, pero las redes sociales los han potenciado. Configuran y difunden teorías conspirativas para lograr su propósito. Miran el pasado con desdén, pues sus complejidades no ayudan a su causa. “He hecho más por mi pueblo en un año que tú en toda tu vida”, le dijo una novata diputada a un longevo senador (ambos de izquierda), ilustrando el punto. Frase que recuerda el “Yo hice más en 47 meses como presidente que Joe Biden en 47 años”, que utilizó el Presidente Trump durante su campaña. En todas partes se cuecen habas.

Los calcados comentarios exponen la estrategia de los más avezados nostálgicos restauradores, que explotan otra debilidad humana: la aversión a la complejidad. La globalización, la pandemia, el menor crecimiento o el alambicado sistema económico moderno, son todas fuentes de incertidumbre y laberintos. Frente a eso, un relato simple de un futuro brillante basado en un pasado que no existió es simplemente irresistible para el agobiado cerebro humano. ¿Funciona? La creciente popularidad del autoritarismo sugiere que sí. Y es que no se puede descartar que los residentes de la Casa Blanca o del Palacio Sándor llegaran ahí gracias al agotamiento por complejidad.

¿Y para Chile? El desplome del PIB en 2020 aumentará la nostalgia. Las predicciones del PIB tendencial —bajo 1,9% al menos hasta 2025— aseguran que no habrá holguras. El país será más pobre, estará más endeudado y tendrá menor espacio fiscal. ¿Será la nueva realidad nacional un anticuerpo reflexivo o un potente multiplicador de la nostalgia falaz? Frente al pesimista que plantea que todo puede ser peor, tiendo a ser optimista. Quizás el pesimista tenga razón. (El Mercurio)

Sergio Urzúa

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