Los Fernández, los populismos y la idea de un Presidente testimonial

Los Fernández, los populismos y la idea de un Presidente testimonial

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Un experimento al filo de la cornisa vive Argentina. Primarias que parecen primera vuelta y un vencedor testimonial. Sin embargo -y aún cuando su llegada a la Casa Rosada no está asegurada- no es la primera vez que la política latinoamericana vaya a entregar ejemplos de jefes de Estado nominales. La historia de la región muestra azarosos ejemplos de cuán imaginativa puede ser la mente humana -especialmente la de los populistas- cuando se huele el poder. Alberto Fernández, un abogado bonaerense de 60 años con fama de astuto y estrecho amigo del fallecido Nestor Kirchner, es el protagonista de este nuevo y curioso capítulo.

“Yo, si fuera presidente, escucharía al presidente electo, porque por algo lo han elegido”, dijo crípticamente Alberto Fernández la noche en que arrasó con el 47% de los votos en las PASO, representando al poder real, Cristina Fernández, la viuda de su amigo del alma. ¿Aceptó Alberto Fernandez la candidatura a sabiendas que es visto como marioneta? Es posible.

Aunque no se puede ver con claridad qué ocurre tras las bambalinas kirchneristas, la biografía de Alberto Fernandez muestra una vida zigzagueante que no augura tranquilidad. En sus inicios, tuvo cargos públicos con los radicales, luego con Menem y enseguida una corta militancia en el grupo que apoyaba al polémico ministro de Economía, José Domingo Cavallo. En 2003 se transformó en el cerebro que llevó a la Presidencia a Néstor Kirchner y luego en su mano derecha como jefe de Gabinete de Ministros en su gobierno. Hoy pocos recuerdan que posteriormente hizo cortocircuito con su viuda, al punto que el kirchnerismo lo calificó de “traidor”. Optó entonces por un repliegue táctico y en 2010 fundó el Partido del Trabajo y la Equidad (PARTE). Una aventura sin éxito que lo llevó a decir: “El kirchnerismo original se murió y se convirtió en una iglesia del cristianismo”. Ahora, inesperadamente, ha revivido de la mano de la viuda, en medio de un tsunami por lo imprevisible de lo que se avecina.

La política argentina, y especialmente el peronismo, ya han mostrado su predilección por figuras de complemento y por extraños manejos desde los polos magnéticos reales. El caso más patético fue de Héctor Cámpora (1973), quien no pudo controlar el caos desatado y renunció a los pocos meses para que el propio generalísimo J. D. Perón tomara el control del poder. Y éste protagonizó otra curiosidad al llevar de vicepresidenta a su tercera mujer (enviudó dos veces), la riojana Estela Martínez, quien asumió tras su muerte, siendo manejada por el brujo y ministro del Trabajo V. López Rega hasta la entrada en escena de los militares en 1976.

En tanto, en Brasil, Lula también tuvo una presidenta testimonial, Dilma Rousseff. El caos en que se sumió su administración la llevó a la insólita y extraña medida de llamar al gabinete al propio Lula (Ministro de la Casa Civil, 2016) como una forma de sortear la crisis. Poco le sirvió. Igual terminó siendo destituida.

Otros grandes líderes han hecho lo mismo. El presidente mexicano que dominó la escena en los años 20, Plutarco Elías Calles, nombró sucesivamente a tres presidentes testimoniales (Emilio Portes Gil, Pascual Rubio y Abelardo Rodríguez), reservándose un cargo imaginario, pero que no dejaba espacio a la duda, el de Jefe Máximo de la Revolución. El asunto terminó mal en 1934, cuando quiso imponer un cuarto presidente testimonial, Lázaro Cárdenas. Este no aceptó la sumisión.

Por su lado, el ecuatoriano Rafael Correa apostó a que si dejaba en el poder (momentáneamente) a Lenin Morenovolvería en gloria y majestad. Sin embargo, le falló el cálculo, pues Moreno, igual que el mexicano Cárdenas, no aceptó la sumisión y entregó los datos a la Justicia para que procese al otrora ideólogo del socialismo del siglo 21. Convenientemente, Correa reside en Bélgica, país que no tiene convenio de extradición con Ecuador.

El que hasta ahora permanece como presidente testimonial es el cubano Miguel Díaz-Canel, cuyo poder real se verá recién una vez que fallezca el jefe máximo, Raúl Castro.

En suma, las experiencias indican que estas aventuras suelen terminar mal y desatar ambientes tóxicos. Aún más, la agitada vida política y económica argentina no presagian precisamente que Alberto Fernández encabece una vuelta al poder en medio de luces y magnificencias.

Iván Witker/El Líbero

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