La pregunta relevante-Jorge Quiroz

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El tema de la semana ha sido qué va a pasar bajo el gobierno de Boric. La discusión se ha centrado en la pregunta: ¿Es el Presidente electo un revolucionario o un reformista?

La pregunta es tan inconducente como irrelevante. Inconducente, porque no admite respuesta concluyente; “de lo que no se puede hablar es mejor callar”, habría acotado Wittgenstein. También irrelevante, porque tratándose de los políticos, y Boric es uno de tomo y lomo, lo que importa no es “cómo son”, sino cómo actúan, lo que a su turno tiene que ver con cálculos, más que con otra cosa: cálculos de poder —“correlación de fuerzas”, diría un comunista— y de riesgos. Así es que si de prospectar el futuro se trata, lo que toca examinar es cómo lucen los cálculos para el Presidente electo.

El primer dato a considerar es que Boric ha alcanzado la Presidencia, pero no el poder. El poder, rato ya que le ha sido arrebatado a la Presidencia por el parlamentarismo de facto con que viene actuando el Congreso. Dicho sea de paso, Boric fue parte de los paladines de aquel proceso; ahora deberá beber de su propia cicuta. A tomar en cuenta: la “nueva izquierda” tiene menos peso en el Congreso que el que tenía la Unidad Popular en tiempos de Allende.

El segundo dato es la coyuntura económica. La Ley de Presupuestos contempla reducir los gastos públicos en más de 20%. Dicha contracción, con la inversión también cayendo —ver último IPoM—, deja a la demanda agregada flirteando con el estancamiento. Agregue a ello las presiones inflacionarias y el asunto comienza a parecerse a una “estanflación”.

Ahora a los cálculos: junte el primer dato con el segundo. El primero apunta a que Boric tendrá que ampliar su base de apoyo en el Congreso. El segundo apunta a que el Congreso, a cambio del apoyo al Presidente, exigirá más gasto público, porque nunca ha sido buen negocio apoyar a un Presidente empeñado en ajustar las cuentas fiscales a costa de contracción económica. ¿Resultado? Un déficit en cuenta corriente bastante mayor al 3,5% proyectado por el Banco Central, que ya supone contracción severa del gasto público. ¿Consecuencia? Mayores devaluaciones y el peligro consiguiente de que el apoyo parlamentario así conquistado devenga efímero y traicionero.

El tercer dato aún no lo conocemos: concierne a la propuesta de Constitución que resulte de la Convención y, conocida esta, si se ratificará o no posteriormente. Ese es el más definitorio.

Veamos. Los países crecen con inversión y esta precisa de certezas. Si la nueva Constitución tiene tintes marcadamente refundacionales, como le gustaría a un revolucionario de veras, la incertidumbre sobreviniente mantendrá a la inversión en niveles absolutos muy bajos, incompatibles con un crecimiento coherente con las múltiples aspiraciones sociales que el propio Boric dice representar. En dicho contexto, será imposible recuperar la estabilidad fiscal, así se intente aumentar la carga tributaria. El cóctel será propio de países que enfrentan crisis financieras: bajo crecimiento combinado con desequilibrio fiscal estructural. Como los mercados suelen adelantarse a los eventos, la crisis podría proceder con extrema rapidez una vez ratificada una Constitución “refundacional”. De ahí a un “corralito” a la chilena habrá un paso.

Lo anterior no es “campaña del terror”: está escrito en las paredes. Basta observar el cross border risk que comenzó a emerger en Chile después de la elección de convencionales en mayo de este año, tema tratado en este espacio hace dos meses.

Ante este cuadro, el cálculo político abre cuatro combinaciones posibles para Boric:

1) Actúa como revolucionario, promoviendo con los convencionales más radicales una propuesta refundacional y esta se ratifica. Resultado: aplausos el día uno y crisis financiera al día siguiente, de aquellas que luego son “Estudios de Caso” en universidades reputadas.

2) Actúa como reformista, maniobrando al interior de la Convención para promover una opción moderada y esta se ratifica. Resultado: evita una crisis financiera, pero a costa de diluir su ya exigua base política de apoyo, donde habitan no pocos revolucionarios de veras; termina entonces gobernando con coaliciones que no son la suya. Como la izquierda dura no perdona, esta regresa a la protesta callejera y ahí a Boric le toca beber también de su otra cicuta: la juvenil.

3) Actúa como revolucionario, pero el votante chileno, que es tan refundacional como consumista, no ratifica la propuesta refundacional de Constitución. Resultado: “Dead Man Walking”. Sin comentarios.

4) Actúa como reformista, maniobrando por una propuesta moderada, pero esta se rechaza. Resultado: pierde “pan y pedazo”.

Así las cosas, la pregunta relevante no es si Boric es “revolucionario” o “reformista”. La pregunta, más bien, es si ha calculado o no el lío en que se acaba de meter. (El Mercurio)

Jorge Quiroz

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