La nueva hoguera del error

La nueva hoguera del error

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Lo que voy a describir tiene dos dimensiones. La primera se refiere a la difamación que una persona puede sufrir en las redes sociales por mensajes amenazantes, llenos de odio, en su mayoría anónimos. La segunda, a la instalación de una suerte de control policial del lenguaje (“the language police”) que permite, prohíbe, alaba, condena y establece lo que es legítimo decir y qué palabras deben ser objeto de persecución. Y con ello, dicta los términos permitidos del debate y la discusión.

Los guardianes del “lenguaje correcto” parten del supuesto maniqueo de que todos los malos están en un lado del espectro político y todos los buenos en el otro, del cual ellos, por cierto, forman parte y son, en consecuencia, los depositarios de la ética, la virtud y la verdad. Eso les permite impartir justicia y dictar sentencias. El factor discriminador puede ser el uso de una sola palabra, considerada ofensiva, o inhumana. ¿Es posible no recordar la infame historia del Santo Oficio, cuando un solo concepto teológico estimado herético conducía a la hoguera de la Inquisición?

Había oído del bullying en Twitter, pero no lo había experimentado. Por el contrario, muy ingenuamente, siempre me había sentido apreciada, salvo contadas excepciones, por moros y cristianos. Por disposición mental, nunca he podido concebir el odio contra personas que piensan diferente y me vanaglorio de haber podido mantener amistades ideológicamente contrapuestas, incluso en los momentos más álgidos.

Hace unos días, antes de exponer en un seminario, fui interceptada por una radio, supuestamente para hablar del tema que nos convocaba. En vez de ello me vi envuelta en una discusión del todo extemporánea, y a mi juicio estéril, entre dos periodistas, acerca de si Pinochet había sido un dictador o un tirano. Me incliné por decir que había sido más bien un dictador y agregué que, a mi juicio, había una diferencia entre las tiranías de Stalin, Hitler o Pol Pot, con sus millones de asesinados, y la dictadura de Pinochet. En un punto aparte afirmé, para mis pecados, que Pinochet “había cometido muchos errores”.

La bomba se detonó con un ominoso tweet que decía: “Sra. Lucía, HORRORES, no ERRORES”. Y listo, ya. Eso quería decir que yo minimizaba, relativizaba las violaciones a los derechos humanos y caía en la categoría de “negacionista”. Había utilizado la palabra prohibida y debía ser apedreada sin compasión en la plaza pública. Y se desencadenó una avalancha de insultos que no habrían sido más ofensivos si yo, con mis propias manos, hubiera matado o torturado. Sostengo que error y horror no son antónimos ni mutuamente excluyentes y que por cierto hay errores que son criminales. Creo, y no solo ahora, que la muerte o la tortura de un solo ser humano a manos del Estado es aberrante. Sin embargo, igualmente pienso que la cantidad de víctimas sí introduce un cambio que es cualitativo y que, precisamente porque cada vida cuenta, es siempre infinitamente peor mil muertos que cien y un millón mucho más infame que mil. Antes del régimen militar hubo torturados por la Policía de Investigaciones; no obstante, ¿puede alguien afirmar que esa realidad es comparable con los miles de torturados bajo la dictadura? ¿No es acaso necesario hacer esa distinción?

Entiendo que estos ataques pretenden intimidar y acallar a su víctima. Y, por cierto, dan ganas, al igual que Panglos en Candide de Voltaire, de concluir que “todo está bien en el mejor de todos los mundos” y retirarse a cultivar el jardín. Pero todo no está bien en el mejor de todos los mundos y habrá que seguir intentando, con una modesta semilla, derrotar el odio, el prejuicio y la mentira. Y, sobre todo, hacer valer que la libertad de expresión no es simplemente un derecho más, porque ella es parte constitutiva esencial de la deliberación pública en toda democracia.

 

El Mercurio

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