La mesa de cuatro patas

La mesa de cuatro patas

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Orden público, agenda social, nueva Constitución y reactivación económica. De eso estamos hablando: de una mesa de cuatro patas.

Esa es la realidad que emerge, en una perspectiva de futuro, a partir del estallido social del 18/10.

Cualquiera de esos elementos que falte o que se debilite significa que estamos ante una mesa coja. Salir de la crisis social, que es a la vez una crisis política, supone actuar simultáneamente en esos cuatro planos.

Hay quienes asumen un análisis monocausal y enfatizan casi exclusivamente el tema de la violencia, la que reducen a un tema de orden público. Hay otros sectores que cometen el mismo error, pero ahora referido al tema de la agenda social. Esta sería la variable fundamental. De ello dependería todo lo demás.

Ambos sectores están equivocados.

¿Significa que los avances en materia de agenda social tienen una relación directa con el tema de la violencia? Por supuesto que no. Son dos variables independientes entre sí. A los que practican la violencia de todos los días en la forma de barricadas, saqueos y destrucción de la propiedad pública y privada (anarquistas, narcos, lumpen, simples delincuentes según la opinión de expertos) les interesan un comino los avances en materia de agenda social o de proceso constituyente.

¿Significa que los avances en materia de control de la violencia y orden público —escenario que está muy lejos de poder alcanzarse— van a devolverle al país la paz social? Por supuesto que no. Si no nos damos cuenta de que en el trasfondo de todo lo sucedido está el tema del malestar social y de una protesta dirigida contra los abusos y privilegios de la élite dirigente y las desigualdades existentes, significa que no hemos entendido nada de lo que ha ocurrido.

Es interesante lo que sucede con el “Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución” del 15/11: el hecho político más sólido y esperanzador de los últimos cuatro meses. Un logro de la política.

El PC y algunos sectores de la izquierda dura se restaron de dicho acuerdo y votaron en contra (al igual que el Partido Republicano de José Antonio Kast) de la reforma constitucional que gatilló el proceso constituyente en el que nos encontramos. Por su parte, tras su apoyo inicial, la casi totalidad de la UDI, la mayoría de RN y un sector de Evópoli pasaron a apoyar la opción del “rechazo”. Los que votaron en contra pasaron a apoyar el “apruebo” y los que votaron a favor pasaron a apoyar el “rechazo”.

Estos últimos aducen que no existirían las condiciones para un proceso constituyente. ¿Habrá existido una condición más adversa para la realización de un plebiscito como la de octubre de 1988, en plena dictadura? No es que estén dadas (o no lo estén) las condiciones para un proceso constituyente. Al igual que ayer, hay que crearlas.

Ninguno de los cuatro elementos individualmente considerados es capaz de resolver la crisis a la que estamos enfrentados.

El Estado es el monopolio de la fuerza y no puede permitir la privatización de la violencia. Hay aquí —como lo hemos analizado anteriormente en esta misma página— una falla geológica del Estado (que en el extremo conduce a un Estado fallido). Restablecer el orden público es una tarea principalmente del gobierno. Solo el gobierno tiene el mando sobre las policías.

Los avances en la agenda social son los que permiten un progresivo aislamiento social y político de la violencia, junto con ir removiendo algunas de las causas del malestar social. Esta es una tarea compartida entre gobierno y oposición.

El proceso constituyente es lo que permite arribar a una Constitución dotada de una legitimidad suficiente (con tener una legitimidad formal, la Constitución de 1980 reformada nunca ha alcanzado una legitimidad suficiente) que nos permita avanzar hacia la Constitución entendida como la Casa Común, en primera persona plural, como perteneciente a la nación toda y no a tal o cual sector.

Finalmente, después de seis años de crecimiento mediocre (esa es la principal razón por la que la señora Juanita no puede llegar a fin de mes), la claridad en torno a las reglas del juego debiera permitir ir despejando el horizonte de mediano y largo plazo para que fluyan las inversiones, retomando el crecimiento y todo lo que ello implica.

Se necesita actuar simultáneamente en las cuatro dimensiones que hemos mencionado. Esta es la hora de la política y de la buena política. En esa cancha se juegan los verdaderos liderazgos políticos. De una crisis política solo se sale con una solución política, con el trasfondo de una crisis social. Chile tiene toda una historia de cómo la política (y las instituciones) es capaz de canalizar (y resolver) las demandas sociales. Esta no debiera ser la excepción. (El Mercurio)

Ignacio Walker

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