La democracia pactada

La democracia pactada

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Fue provechoso el debate en torno a los 45 años del golpe y los 30 del No. Aunque las pasiones emergieron de nuevo, lo que es comprensible, ha madurado el consenso sobre la necesidad de defender sin vacilaciones la cultura de los derechos humanos. Lo hizo presente el Presidente Piñera, al afirmar el 5 de octubre que “ningún contexto justifica ni justificará jamás las violaciones a los derechos humanos, que deben ser sagradamente respetados, en todo tiempo, en todo lugar, en toda circunstancia”.

Es hora también de hacer explícito un convencimiento mayoritario: debemos hacer todo lo posible para impedir que surja otra dictadura en Chile y, al mismo tiempo, todo lo que esté a nuestro alcance para evitar la reedición de un gobierno como el de la Unidad Popular. Fueron experiencias de diversa naturaleza, pero es imposible seguir cerrando los ojos ante sus nexos profundos. Allí se concentran las lecciones claves de los últimos 50 años.

Ciertos representantes del pensamiento binario han descalificado la transición por haber sido “pactada”. O sea, le reprochan su virtud. Efectivamente, las reglas del plebiscito del 88, las reformas constitucionales del 89, las garantías para las primeras elecciones de Presidente y parlamentarios, el complejo traspaso del poder dePinochet a Aylwin, los acuerdos para asegurar el funcionamiento del Congreso, etc., fueron posibles gracias al acercamiento entre el régimen y las fuerzas antidictatoriales, lo que permitió avanzar hacia el reencuentro nacional.

¿Cómo habría sido una hipotética transición sin pactos? ¿La imposición por la fuerza de la visión y los intereses de un grupo? ¿Y cómo se habría materializado? Teóricamente, es posible imaginar una derrota de la dictadura a través de las armas, pero ¿habría surgido de allí un régimen democrático? La transición pactada fue la vía de la pacificación, el diálogo y la búsqueda de acuerdos eficaces. Había que evitar nuevos desgarramientos y comprometer a la mayoría del país, comprendidos los militares. Y así ocurrió.
Si el gobierno del Presidente Aylwin pudo restablecer las bases del estado de derecho e impulsar un proyecto de progreso económico y social fue porque alentó los grandes acuerdos y, porque hay que reconocerlo, en la derecha prevaleció una actitud de cooperación. Las reformas fundamentales impulsadas por los siete gobiernos elegidos desde 1990 -incluidas las de la Constitución- fueron el fruto de la voluntad de entendimiento. Fue un camino fructífero por donde se le mire: basta con comparar nuestro desarrollo institucional con el de cualquier país de América Latina.

No se trata de complacencia, sino de mínima objetividad sobre el camino recorrido. Debemos mejorar muchas cosas, pero necesitamos tener conciencia de lo que hemos construido, y entender que la democracia es, necesariamente, un pacto para convivir en la diversidad. (La Tercera)

Sergio Muñoz R.

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