La cancha

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Extraña la centralidad que ha dado el gobierno a reformas legislativas. Nadie lo eligió por reformista, al revés. La ciudadanía lo hizo Presidente, más bien hastiada del reformismo compulsivo y mal hecho del gobierno anterior. Quería volver a vivir tranquila, sin tanto imprevisto. Asegurarse de que gobernara alguien a quien le importara el crecimiento, el empleo y no viera mal su prosperidad. Para peor, el “reformismo” gubernamental lo lleva a priorizar la cancha del Parlamento como espacio donde se juega su éxito o fracaso. O sea, elige una cancha donde no tiene mayoría y es además la de mayor visibilidad para una oposición de predominancia obstructiva, voto azaroso y obsesión por escudar desnudeces pretextando pugnas entre regresión y revolución, que la anula como colegisladora. La ciudadanía tiene calada esta crisis de la política, con su presente autorreferido e individualista, que la aleja de los intereses ciudadanos y nacionales.

Por otra parte, pensar que el gobierno actual será juzgado por la reforma tributaria es un prejuicio elitista. Ella es ajena y hermética para una mayoría abrumadora. Más del 80% de los chilenos no paga impuestos personales. Y, para ese menos de 20% que los paga, no preveo resultados que lo emocionen. Salvo excepciones, como el trabajo propositivo del equipo técnico DC, la mediocridad de la discusión parlamentaria dificulta soñar con una buena reforma. Por eso aumentan los que preferirían dejar las cosas como están, temiendo engendros peores. Asimismo, la experiencia del interminable y tenso debate tributario, tampoco permite ilusionarse con el destino de otras reformas. Todo lo de gobierno, es y será un parto con fórceps en el Congreso.

En tanto, en realizaciones de envergadura, donde sintoniza con las razones ciudadanas por las que fue elegido, hasta ahora su obra parece de menor cuantía o invisibilizada por la pirotecnia reformista. Por ejemplo, en infraestructura el país está naufragando. Es difícil entusiasmar con un gobierno elegido para crecer y realizar, mientras se sufren calles y carreteras de congestión creciente y poco se hace en concesiones. El proyecto de tren Valparaíso-Santiago -como dijo la semana pasada un artículo de Bloomberg- está empantanado desde hace más de un año en la burocracia pública, mientras se degrada en caída libre su mayor beneficiario, el ex “puerto principal”. Casi toda la infraestructura ferroviaria es indecente y solo puede modernizarse con un programa de concesiones, como la que revolucionó nuestra infraestructura vial bajo la Concertación. Nuestra vital infraestructura portuaria quedó retrasada y el subdesarrollo logístico del país es incompatible con los alegatos sobre productividad que se oyen. 
La infraestructura no es tarea única; pero sirve para ejemplificar lo que afirmo. Es en canchas como esa donde se juega su popularidad el gobierno, no en la del Congreso. (La Tercera)

Oscar Guillermo Garretón

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