Intuiciones morales y política-Álvaro Fischer

Intuiciones morales y política-Álvaro Fischer

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Para comprender mejor los fenómenos humanos, a veces resulta necesario abordarlos desde ángulos distintos a los tradicionales, por ejemplo, si queremos entender las motivaciones que están tras la aprobación o desaprobación de las políticas públicas.

Cientistas sociales han mostrado que las propuestas que concitan la aprobación ciudadana se fundan en intuiciones morales fuertemente arraigadas en nuestra psiquis. Muchas de ellas son las mismas que guiaron la brújula moral de generaciones anteriores, y surgieron en el pasado remoto de nuestros antepasados cazadores recolectores.

En efecto, quienes salían a cazar a veces tenían éxito, pero muchas veces no. Para una actividad con esa variabilidad de resultados compartir hacía sentido, pues permitía que todos se alimentaran, independientemente del éxito o fracaso individual. Pero para la recolección de frutos silvestres la situación era distinta. Como estos eran abundantes, todos podían recolectarlos exitosamente. Compartir en esos casos inducía a que algunos más holgazanes se aprovecharan de los más trabajadores. Pero, en todos los casos, si alguno de ellos no podía ir a recolectar o cazar porque estaba enfermo o tenía algún otro inconveniente, la intuición era ayudarlo si era cierto o castigarlo si fingía.

A esas intuiciones —apoyar lo que es justo, castigar a quienes hacen trampa— los cientistas sociales las denominan “heurísticas morales”: reglas simples que sirvieron a nuestros antepasados de guía moral para vivir. No responden a un razonamiento, sino que son reacciones emocionales instintivas, casi automáticas, incorporadas a nuestra psiquis evolucionada porque sirvieron a quienes las seguían para sobrevivir de mejor manera. Funcionaban bien en el ambiente ancestral de pequeñas bandas, en las que todos se conocían y podían calibrar las conductas del resto.

Esas intuiciones son las mismas que están en el origen de las instituciones modernas del subsidio, la recolección de impuestos para ayudar a los vulnerables, los regímenes de reparto para la vejez, entre muchos otros. Ellas no se han modificado, porque nuestra arquitectura mental, encriptada en el genotipo de la especie, tampoco lo ha hecho. ¿Pero qué pasa con ellas en las sociedades modernas, en las que el entorno está constituido por millones de personas, interconectadas a través de un complejo entramado de relaciones, la mayoría de ellas anónimas, tan distinto a aquel en el que fueron moldeadas?

Las iniciativas legislativas actuales siguen estando motivadas por esas intuiciones, solo que ahora son traducidas a textos legales impersonales, aplicados por burocracias y fiscalizados por contralorías, para las cuales los beneficiarios no tienen un rostro conocido. Puede ocurrir que beneficien a quienes engañan al sistema o que no beneficien a quienes realmente lo necesitan, o puede que induzcan conductas que tienen efectos contrarios a los buscados. Por eso, al momento de redactar las leyes es necesario atender a las consecuencias de las medidas y no solo a su intención, para asegurarse de que efectivamente cumplan su cometido.

Los especialistas distinguen entre el valor “intrínseco” y el valor “instrumental” de la ley. El primero se refiere a alguna “concepción de derecho, justicia o moral social” que la ley codifique, como las heurísticas morales recién mencionadas. El segundo se refiere a si ella efectivamente logra modificar la conducta de los sujetos, de tal manera que la sociedad se acerque a aquella “concepción de derecho, justicia o moral social” que su redacción pretendía. Resulta crucial hacer esa distinción.

Nuestras intuiciones morales, apropiadas para moldear la conducta de las bandas de cazadores recolectores, no resultan suficientes para hacerlo en las sociedades modernas, pues el entorno es radicalmente distinto. Algo similar sucede con nuestra disposición a ingerir alimentos ricos en calorías —glúcidos o lípidos—, adaptativa en los ambientes ancestrales cuando esos alimentos eran escasos, pero que ahora, en cambio, cuando hay abundancia de ellos, nos guía en la dirección equivocada, dando lugar a las pandemias de obesidad y diabetes que caracterizan a las sociedades modernas.

El debate político de nuestro país se ha caracterizado por plantear iniciativas legislativas con alto valor intrínseco y muy bajo valor instrumental, es decir, que se fundan en intuiciones morales poderosas, pero que no moldean las conductas de las personas en direcciones que consigan el “derecho, justicia o moral social” al que apuntaban. Los ejemplos del retiro del 10% (44%) y el impuesto a los súper ricos caen en esa categoría. “El camino al infierno está plagado de buenas intenciones”. (El Mercurio)

Álvaro Fischer

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