Existir o diluirse-Francisca Echeverría

Existir o diluirse-Francisca Echeverría

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¿Qué papel juega la identidad propia en la discusión pública en un mundo plural? Las recientes opiniones de Ignacio Walker han despertado un debate sobre la participación de los cristianos en política que da pie para aproximarse a esta cuestión. El exsenador describe su itinerario político en las últimas décadas y su apoyo a iniciativas como el divorcio o el aborto en tres causales y, aunque reconoce su discrepancia con la enseñanza explícita de la Iglesia en esas materias, utiliza selectivamente otros aspectos del magisterio eclesial ‒como la apertura al mundo‒ para justificar su propia biografía. Desde una perspectiva como la suya, la adhesión al mensaje cristiano en cuestiones controvertidas es un dogmatismo anacrónico que debe ser superado.

Lo anterior lleva a preguntarse si es legítimo mantener una identidad determinada ‒cristiana, socialista o ecológica‒ en el espacio público. ¿Son las visiones sustantivas sobre la vida humana y su expresión pública necesariamente un modo de imponerse a los demás? En otras palabras, ¿es posible combinar una identidad nítida con el diálogo respetuoso y abierto, o el solo hecho de entrar en la conversación común exige la renuncia a toda visión robusta de la vida y el mundo? Si fuera lo segundo, nuestra discusión pública estaría condenada a una pobreza embrutecedora, a aquella homogeneización del pensamiento que Tocqueville previó como uno de los potenciales efectos de la democracia. No es necesario hacer política ficción para comprender que la intuición del pensador francés estuvo lejos de ser equivocada: todos los días respiramos la suave tiranía de la corrección políticaExperimentar ese límite invisible a la libertad intelectual conduce, por contraste, a valorar el pensamiento auténtico en el debate político. Quien piensa con honestidad ‒contra la corriente dominante y contra sus propios intereses‒ oxigena la discusión pública. Su identidad no es mera expresión de preferencias subjetivas, sino que tiene un peso específico propio, la consistencia vital del que busca vivir en la verdad, de aquel que se arriesga a pensar hasta el final y a vivir en consecuencia.

¿Cuál habría de ser la identidad de un cristiano que actúa en la esfera pública? La doctrina social de la Iglesia, al tiempo que admite infinidad de concreciones posibles en los asuntos de política práctica ‒y, en ese sentido, nadie puede apropiarse de la solución “católica” a determinados problemas‒ reconoce algunos principios fundamentales, y por tanto no negociables. La igualdad radical de todos los seres humanos y su dignidad inalienable en cualquier circunstancia, o la exigencia de la justicia en materia económica, hasta el punto de considerar que toda propiedad posee una hipoteca social (el olvidado destino universal de los bienes) son ejemplos de esos pocos principios no transables en el pensamiento social cristiano. Vistos de cerca, éstos no constituyen imposición alguna sobre las conciencias. Se trata de cuestiones a las que se accede por la razón y sin las cuales la misma sociedad corre el riesgo de erosionarse. De este modo, la identidad del cristiano en política no es en absoluto monolítica (por ejemplo, caben diversas soluciones posibles al problema de las pensiones, de la educación o de la desigualdad), pero ha de estar configurada por esos mínimos comunes, que no son algo exterior aceptado forzadamente, sino cuestiones interiorizadas como esenciales para una auténtica convivencia humana.

La consistencia de la propia identidad supone abandonar el miedo a ser minoría. Los debates incómodos y contraculturales no eximen de manifestar ‒de modo razonado y alejado de todo fanatismo‒ aquello que se considera valioso. Diluir la propia identidad al entrar al espacio público no solo no es condición del diálogo democrático, sino que lo daña: el espacio público se vuelve un páramo. En el caso de los cristianos, evitar esa disolución de la identidad supone recordar que han sido llamados a ser luz, y que oscurecer el mensaje del que son portadores es terminar condenados a la irrelevancia. (El Líbero)

Francisca Echeverría

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