Es de justicia- Juan Antonio Coloma

Es de justicia- Juan Antonio Coloma

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Este 30 de abril, después de casi 37 años y con el pago de la última cuota de la deuda subordinada del Banco de Chile al Banco Central de Chile, nuestro país dejará oficialmente en el pasado el último vestigio de una grave crisis financiera que se remonta al virulento 1982.

A efectos de tener una idea de aquella dramática situación y del contexto internacional en que se dio, basta recordar que en ese entonces se enfrentó un alza de la tasa de interés mundial desde el 7,4% al 14%; EE.UU. entró en caída libre; el precio de la libra de cobre bajó de US$ 2,23 a US$ 1,35, y se cerró el acceso a financiamiento internacional, lo que causó graves dificultades a gran número de instituciones financieras de Chile y a empresas que se declararon en cesación de pagos, a todo lo cual podemos agregar que Chile se hundió en una recesión con caída del -11% del PIB y que el costo fiscal que trajo consigo esta crisis fue del 42% del producto.

En este escenario, a todas luces de extraordinaria dificultad y que trajo profundos efectos en el desempleo, el Gobierno encargó a un grupo muy notable de profesionales, sobre todo economistas, entre los que destaca Hernán Büchi, asumir el titánico esfuerzo de enfrentar esta crisis de la deuda, ideándose a partir de ahí en adelante un audaz e inteligente plan que permitiera la subsistencia del sistema financiero, el pago de los depósitos de miles de ahorrantes que veían con angustia la pérdida de todos sus esfuerzos de vida, la modificación total de las reglas de funcionamiento de las instituciones bancarias y la recuperación de las confianzas en instituciones que permitieran hacer crecer y desarrollar al país.

Fue así como el Banco Central asumió la compra a su valor par a los bancos de su cartera vencida e incobrable, con el compromiso de estos últimos de recomprar esas carteras en la medida que se comenzaran a generar utilidades, naciendo así la deuda subordinada con un interés real del 5% anual; los bancos intervenidos y que podían subsistir, se capitalizaron extraordinariamente, particularmente con el concepto de capitalismo popular y que hizo que decenas de miles de chilenos que confiaron en el nuevo esquema pusieran parte de ese capital y fueran socios reales en ese esfuerzo; se pagaron las deudas de los ahorrantes y se establecieron en el mercado financiero requisitos de solvencia e integridad para el otorgamiento de nuevas licencias, normas inéditas de clasificación de carteras, provisiones exigentes según riesgo de créditos, separación tajante entre los negocios financieros y los no financieros a través de la limitación de los créditos relacionados, entre muchas, muchas otras cosas.

Mirando con la invaluable perspectiva que solo el tiempo da a las decisiones, podemos a estas alturas concordar en el extraordinario éxito de esta tarea, que permitió al país no solo salir de esta gran crisis —e incluso servir de ejemplo en otras latitudes por dramas similares—, al Banco Central recuperar sus millonarios aportes premiados con un atractivo 5% de interés real por un largo período, sino que, además, el país pudo sentar las bases de un inédito ciclo económico basado en el crecimiento que ha cambiado Chile, y a la vez, sembrar las semillas de un sólido sistema financiero, que demuestra a cabalidad que las serias lecciones de 1982 están bien aprendidas.

Por eso, a pocos días de este emblemático 30 de abril, me parece justo recordar estos hechos, reflexionar sobre sus lecciones y —aunque no sea muy típico de nosotros los chilenos— agradecer a quienes tuvieron el coraje, talento y visión del futuro para liderar este proceso que pudo haber tenido efectos letales para Chile, pero que terminó construyendo un círculo virtuoso para nuestro país. (El Mercurio)

Juan Antonio Coloma

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