El síntoma Lavín

El síntoma Lavín

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Joaquín Lavín abandonó su carrera por la alcaldía de Santiago. ¿La razón? Las encuestas habían dado un empate con Felipe Alessandri, su rival en la coalición de derecha.

Felipe Alessandri no había mostrado hasta ahora, exceptuado su apellido, ningún atributo que lo hiciera capaz de poner en peligro electoral a alguien como Lavín. Fuera de fugaces apariciones televisivas -en las que con raro mutismo levantaba simultáneamente las cejas y una pancarta contra las marchas estudiantiles-, Felipe Alessandri no parecía capaz de amenazar electoralmente a nadie.

¿Cómo pudo ocurrir entonces que desplazara a una figura nacional como Lavín, quien, hace apenas una década y media, puso en peligro el triunfo presidencial nada menos que de Ricardo Lagos? ¿Cómo pudo ocurrir que ese concejal silente -consciente sin embargo de lo que busca, puesto que posa deliberadamente en las fotos- pudiera ganarle a él, ya alcalde alguna vez, y una de las reservas morales de la UDI?

Cada cierto tiempo las sociedades experimentan cambios subterráneos, relativamente silenciosos, que se manifiestan en incidentes de apariencia insignificante, pero que a poco andar revelan que se trataba de un cambio de sensibilidad en la opinión pública. La democracia, se suele olvidar, es el gobierno de la opinión pública, de las expectativas, prejuicios, puntos de vista y razones que van sedimentando poco a poco en esa media de ciudadanos que discuten en los almuerzos dominicales, murmuran cuando ven la televisión, leen la prensa e intercambian puntos de vista hasta alcanzar, sin que ninguno de ellos individualmente conduzca el proceso, un equilibrio. Por eso el poder depende casi siempre de la opinión pública y del esfuerzo que se haga por ganársela o por construirla. Hasta quien pretenda gobernar con la calle -si no que lo diga la Presidenta Bachelet- depende de la opinión de quienes andan por esta y de la que tengan sobre estos los demás habitantes.

La derrota de Lavín -su pérdida de prestigio en la opinión pública- puede ser, entonces, el resultado de un cambio de opinión más general hacia los liderazgos que han conducido el país desde 1989. La opinión pública ha cambiado y ya no se reconoce en quienes configuraron el Chile de las dos últimas décadas. Y apetece otros liderazgos, y como no sabe muy bien cuáles, prefiere, por lo pronto, los nuevos, siguiendo el prejuicio moderno más estable de todos: lo nuevo, por ser nuevo, es mejor.

Piñera seguramente oirá ese cambio en la opinión pública, atenderá al síntoma Lavín y, acostumbrado a las exigencias camaleónicas del mercado, y fiel a su trayectoria en que ninguna identidad parece estable, procurará acomodarse plásticamente a ese nuevo murmullo creciente que eligió a Alessandri. Alejará poco a poco de él a Lavín (¿por qué no, si este último ya lo hizo alguna vez con él?) y procurará rodearse de figuras que confieran una estructura de plausibilidad al cambio que deberá aparentar.

¿Ocurrirá en la izquierda lo que el síntoma Lavín acusó en la derecha?

Ya está ocurriendo.

Los ejemplos de DJ Méndez y A. Guillier -¿quién habría imaginado al primero derrotando a un gobernador y al segundo en los primeros lugares de las encuestas?- muestran que Alessandri no es un caso único.

Y no es que DJ Méndez, Guillier y Alessandri hayan mostrado talento o reflexión: simplemente es que están despegados de los liderazgos de las tres últimas décadas.

La única pregunta entonces es si, en medio de ese panorama alérgico a los éxitos del pasado, Ricardo Lagos tiene alguna oportunidad.

Lagos tiene, en principio, pocas oportunidades. Y no porque lo hizo mal, es por lo contrario: lo hizo tan bien que las expectativas de los chilenos y chilenas se movieron lejos de su alcance. Solo tendrá una oportunidad si el gobierno de Bachelet se desordena y fantasea más aún. Ahí la gente pensará que el orden racional y contenido de Lagos es superior a cualquier entusiasmo transformador.

Es una de las paradojas de la política: Lagos tendrá futuro si Bachelet fracasa.

Pero si no fuera candidato el ex Presidente no debiera entristecer.

Y es que los políticos como él, que logran cambiar la cultura, se apagan a consecuencia de su éxito, “igual que el zángano afortunado después del vuelo nupcial”.

 

El Mercurio/El Mercurioi

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