¿El pueblo o “la cocina”?

¿El pueblo o “la cocina”?

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El más peligroso argumento no es aquel que es enteramente falso, sino el que contiene, también, una dosis de verdad. En el decir de Nicanor Parra, una “verdumnia”: mitad verdad, mitad calumnia.

En el sistema presidencial la elección del jefe de Estado es directa, y en el parlamentario, indirecta, pues lo designa el Congreso. Hasta ahí la verdad. Pero es cuestionable que la primera forma conduzca a una relación más estrecha y personal con los electores, y una “calumnia”, sostener que la elección del Primer Ministro, en el sistema parlamentario, sea una “cocina”, calificando al elegido de “hijo de la cocina parlamentaria”, insulto que alcanzaría a notables “vástagos del fogón” como Churchill, Adenauer, Felipe González y centenares de políticos respetados.

Es falso que la personalización de la política sea un rasgo exclusivo del presidencialismo. Tal vez lo fue en un pasado lejano, pero no hoy. La campaña del régimen parlamentarista es muy similar a la campaña de uno presidencialista (Fontaine). En el parlamentarismo, cuando se vota por el diputado, se está votando, también, por Merkel, Johnson, Jacinda Ardern o el que sea, para llevarlo a la Jefatura del Estado. Esos líderes parlamentarios son los grandes actores en los foros, los medios y hacen campaña no solo en sus distritos, sino en todo el país.

En el presidencialismo hay más opacidad cuando los postulantes a la jefatura del Estado carecen de una trayectoria como líderes, no son identificados con un partido o con una ideología o programa y hay poca información sobre ellos mismos y las personas que podrían integrar su gobierno (Linz). Lo contrario ocurre con los líderes parlamentarios, que antes de postularse al cargo tienen un recorrido, han sido jefes de sus partidos en el gobierno o la oposición, los electores conocen quiénes serían sus eventuales equipos de gobierno y la prensa ha escudriñado por años sus contradicciones y sus vidas.

Además, contra el presidencialismo ha surgido una amenaza, que nace de las segundas vueltas (balotaje) en las presidenciales. Este mecanismo que surgió para resolver un problema real —forzar un respaldo mayoritario al jefe de Estado— ha empezado a ser objeto de una peligrosa manipulación. El balotaje alimenta una proliferación de candidatos, pues el objetivo de estos, más que ganar en la primera ronda, es superar el umbral que les permita pasar a la segunda vuelta.

Perú es ilustrativo. En 2021 hubo 18 candidatos y pasaron al balotaje Castillo y Fujimori. Los peruanos fueron sometidos a un dilema atroz: o votar por un populista de extrema izquierda, que en la primera ronda había alcanzado un 19% de los votos; o por una corrupta de extrema derecha que logró el 11%; otro caso es Guatemala, donde el cómico Jimmy Morales, en 2015, y Alejandro Giammathei, en 2019, que en la primera vuelta obtuvieron 24 y 14 por ciento, respectivamente, en el balotaje conquistaron la presidencia.

En Chile, estamos lejos de esos niveles, pero hay signos preocupantes. A partir de 2013 el número de candidatos saltó de cuatro a ocho. El umbral para pasar a la segunda vuelta se ha ubicado en 25 por ciento y con tendencia a la baja. Los riesgos de acercarnos a una situación similar a las de Perú o Guatemala, aunque distantes, no son descartables, especialmente cuando hace más de un mes, un candidato sin programa, sin pisar el territorio nacional, sin organizar un solo acto de campaña ni participar en foro alguno, sacó más votos que la candidata de la ex-Concertación y, también, que el abanderado de los partidos de derecha.

Grupos antisistema, aventureros y candidatos sin trayectoria (ni programas ni equipos conocidos) saben que nunca obtendrán una mayoría absoluta y, por tanto, apuestan a construir una segunda vuelta donde el voto que les permitirá obtener la presidencia no aspira a ser fruto de una adhesión racional, sino del miedo y el rechazo a una propuesta presentada como más nefasta.

La mejor forma de elegir al gobernante es un asunto debatible, pero reducirlo al dilema pueblo o “cocina” es panfletario. Tanto presidencialismo como parlamentarismo permiten la emergencia de líderes nacionales y la personalización de la política. En ambos sistemas el elector, directa o indirectamente, indica su preferencia para jefe de Estado. La elección directa del Presidente, en el caso de la manipulación de una segunda vuelta, importa amenazas a la democracia que en el parlamentarismo no existen. (El Mercurio)

Genaro Arriagada

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