El pozo sin fondo

El pozo sin fondo

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La serie de entrevistas y reportajes sobre el conflicto entre dos fiscales de Rancagua, parece una historia sin fin, donde a la opinión pública le cuesta saber quién es el héroe y quién juega de villano. En general, en los asuntos públicos suelen predominar los tonos grises, pero no así en el Ministerio Público, que desde sus inicios apostó comunicacionalmente a convertir a sus fiscales en verdaderos semidioses en investigar al “Poder”, como lo dijo el Fiscal Arias en una entrevista televisiva.

Durante mucho tiempo, los fiscales, mediante cuidadosas filtraciones y zalamerías a periodistas judiciales construyeron una imagen donde aparecían como los únicos que se daban cuenta de las jugarretas sucias de la política, y que eran la garantía moral de un país que a diferencia de sus vecinos no llevó a nadie a la cárcel por el germen de corrupción asociado a la mezcla de dinero y política.
Este estilo mediático lo inauguró el fiscal Peña, que logró hacerse famoso por sus redadas a narcotraficantes, mientras las autoridades políticas se veían impotentes ante el explosivo crecimiento del microtráfico de drogas en la zona sur de Santiago. Las imágenes de televisión le quedaron gustando al fiscal, quien finalmente cruzó el charco hacia el resbaloso espacio de la política, donde se le perdió el rastro. Pero inauguró un estilo que lo tomaron quienes tuvieron en sus manos la seguidilla de casos que abrió la confesión vengativa del exgerente de Penta. Aunque los resultados fueron mucho menores a lo vaticinado en los medios, los fiscales lograron instalar que sus pobres resultados en relación a las expectativas, se debieron a una conspiración secreta del poder. En un espacio de sospecha contra las instituciones, dicha hipótesis hacía sentido completo.

Por esa misma instalación de recelos, la trifulca en la fiscalía de Rancagua es un problema mayor. La serie de filtraciones y acusaciones mutuas puede desangrar al Ministerio Público. Muchos fiscales han adquirido habilidades sorprendentes para operar en el espacio de los medios y construir buenas historias acerca de ellos. Un enfrentamiento de este tipo será la fiesta de los titulares y debilitará aún más a Abbott, que parece ser el zar Nicolai del Ministerio Público, sin que se sepa quien juega de Rasputín. La decisión del fiscal nacional al colocar a la cabeza de la investigación a un funcionario que en pocos días se pasará al Poder Legislativo, da más elementos de ignición a quienes sospechan que tras todo esto hay un intento de tapar grandes casos de corrupción, y en especial el caso Caval, donde hay manos sucias de ambos lados del espectro político.

Se suele comparar los casos brasileño y peruano para diferenciar como en esos casos los fiscales llegaron a las alturas, mientras que acá no hubo castigos mayores, como señaló Daniel Matamala en una columna de este diario. En dichos países el financiamiento ilegal vino de empresas brasileñas a diferencia de Chile. La legislación brasileña premia la delación y el silencio lo castiga con largos años de cárcel, y acá, quedarse callado sigue siendo un buen negocio. Por otro lado, pese a que da para pensar una entusiasta carta de personeros de izquierda defendiendo al líder del PT, no hay evidencia que las grandes coaliciones políticas accedieron a dinero de constructoras brasileñas para financiarse. Y si aparece algún caso de ese tipo, la propia pugna interna en el Ministerio Público les dañará su credibilidad para hacerse cargo de ello. (La Tercera)

Carlos Correa

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